miércoles, 17 de septiembre de 2014

Sherlock Holmes Nuestro (2° parte).


Nota: Continuo aquí mi crítica acerca de la primera colección de cuentos sobre Sherlock Holmes.

7- El Carbunclo Azul.

    El Carbunclo Azul es una piedra preciosa muy valiosa que se ha perdido, siendo que lo más probable es que haya sido robada.  El azar ha hecho que dicho objeto llegara a manos de nada menos que de Holmes, quien una vez más usando toda su capacidad para descubrir la verdad velada, logra encontrar al responsable de lo acaecido, si bien para ello antes inicia una de las búsquedas más divertidas de este tomo (puesto que antes conoce a uno que otro sujeto curioso y que bien parecieran en un principio estar inmiscuidos directamente en este hecho).
     Uno de los aspectos más llamativos de esta ya clásica historia, es la curiosa forma en la cual el diamante llega a desaparecer y la cual no está exenta de cierto humor que a ratos se puede apreciar en la narración, tal como en otros cuentos de este libro.  Pero al humor se le opone el dramatismo que tiene que ver con la personalidad del culpable de todo esto, quien en su actitud una vez que lo descubren, demuestra que no todos los “criminales” son desalmados.  Es en este sentido que las palabras finales de Sherlock Holmes, no dejan lugar a dudas su hondo sentido de la existencia de una justicia de corte divina (y por ende, de su propio sentimiento de religiosidad):

    “Entonces, naturalmente, lo comprendí todo, y corrí a toda la velocidad de mis piernas en busca de ese Breckinridge; pero ya había vendido todo el lote y se negó a decirme a quién. Ya le han oído ustedes esta noche. Pues todas las veces ha sido igual. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo también lo creo. Y ahora... ahora soy un ladrón, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por la que vendí mi buena fama. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!
     Estalló en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos.
     Se produjo un largo silencio, roto tan sólo por su agitada respiración y por el rítmico tamborileo de los dedos de Sherlock Holmes sobre el borde de la mesa. Por fin, mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.
     –– ¡Váyase! ––dijo.
     –– ¿Cómo, señor? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!
     ––Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí!
     Y no hicieron falta más palabras. Hubo una carrera precipitada, un pataleo en la escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corrían en la calle.
     ––Al fin y al cabo, Watson ––dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de arcilla ––, la policía no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro, sería diferente, pero este individuo no declarará contra él, y el proceso no seguirá adelante. Supongo que estoy indultando a un delincuente, pero también es posible que esté salvando un alma. Este tipo no volverá a descarriarse. Está demasiado asustado. Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además, estamos en época de perdonar. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo más curioso y extravagante, y su solución es recompensa suficiente. Si tiene usted la amabilidad de tirar de la campanilla, doctor, iniciaremos otra investigación, cuyo tema principal será también un ave de corral”.

    El cuento a su vez describe costumbres tan hogareñas y conocidas, gracias a otras historias clásicas, como las navideñas y popularizadas por tantos películas emitidas en televisión por estas fechas.  A su vez una vez más es posible identificar el papel de la prensa escrita ya en aquellos tiempos y que Holmes en más de una ocasión demuestra sacarle provecho (cabe recordar que el primer detective de la literatura de ficción, Augusto Duphin, creación de Edgar Allan Poe, resolvía sus casos casi puro leyendo los diarios que hacían referencia directa o indirecta a los misterios que le tocaba investigar):

    “––Exactamente, el 22 de diciembre, hace cinco días. John Horner, fontanero, fue acusado de haberla sustraído del joyero de la señora. Las pruebas en su contra eran tan sólidas que el caso ha pasado ya a los tribunales. Creo que tengo por aquí un informe –– rebuscó entre los periódicos, consultando las fechas, hasta que seleccionó uno, lo dobló y leyó el siguiente párrafo:
     «Robo de joyas en el hotel Cosmopolitan. John Horner, de 26 años, fontanero, ha sido detenido bajo la acusación de haber sustraído, el 22 del corriente, del joyero de la condesa de Morcar, la valiosa piedra conocida como "el carbunclo azul". James Ryder, jefe de servicio del hotel, declaró que el día del robo había conducido a Horner al gabinete de la condesa de Morcar, para que soldara el segundo barrote de la rejilla de la chimenea, que estaba suelto. Permaneció un rato junto a Horner, pero al cabo de algún tiempo tuvo que ausentarse. Al regresar comprobó que Horner había desaparecido, que el escritorio había sido forzado y que el cofrecillo de tafilete en el que, según se supo luego, la condesa acostumbraba a guardar la joya, estaba tirado, vacío, sobre el tocador. Ryder dio la alarma al instante, y Horner fue detenido esa misma noche, pero no se pudo encontrar la piedra en su poder ni en su domicilio. Catherine Cusack, doncella de la condesa, declaró haber oído el grito de angustia que profirió Ryder al descubrir el robo, y haber corrido a la habitación, donde se encontró con la situación ya descrita por el anterior testigo. El inspector Bradstreet, de la División B, confirmó la detención de Horner, que se resistió violentamente y declaró su inocencia en los términos más enérgicos. Al existir constancia de que el detenido había sufrido una condena anterior por robo, el magistrado se negó a tratar sumariamente el caso, remitiéndolo a un tribunal superior. Horner, que dio muestras de intensa emoción durante las diligencias, se desmayó al oír la decisión y tuvo que ser sacado de la sala.»
     –– ¡Hum! Hasta aquí, el informe de la policía ––dijo Holmes, pensativo––. Ahora, la cuestión es dilucidar la cadena de acontecimientos que van desde un joyero desvalijado, en un extremo, al buche de un ganso en Tottenham Court Road, en el otro. Como ve, Watson, nuestras pequeñas deducciones han adquirido de pronto un aspecto mucho más importante y menos inocente. Aquí está la piedra; la piedra vino del ganso y el ganso vino del señor Henry Baker, el caballero del sombrero raído y todas las demás características con las que le he estado aburriendo. Así que tendremos que ponernos muy en serio a la tarea de localizar a este caballero y determinar el papel que ha desempeñado en este pequeño misterio. Y para eso, empezaremos por el método más sencillo, que sin duda consiste en poner un anuncio en todos los periódicos de la tarde. Si esto falla, recurriremos a otros métodos”.

El Carbunclo Azul según un artista de la época.
     Volviendo a la figura del culpable de este relato y a la actitud de Holmes hacia el desenlace del mismo, la forma en cómo se dan los acontecimientos, escapa por completo de la idea de una justicia ciega e imparcial; esto porque en el proceder del infalible detective, se aprecia su capacidad para perdonar y dar otra oportunidad, algo más propio de una visión redentora de la aplicación de la ley y que bien es posible encontrarlo más en las narraciones policiales del también escritor inglés C. K. Chesterton.  De este modo la justicia por la que acá opta Holmes, tiene que ver con el concepto de que no todo infractor de la ley es irrecuperable en su desliz y que basta con apoyarlo y comprenderlo, además de que éste mismo reconozca su error y quiera enmendarlo, como para que el entuerto se solucione sin mayores contratiempos.

8- La Banda de Lunares.

      Otro de los relatos famosos del personaje, siendo que además aborda uno de los temas más recurrentes en este tipo de literatura: el enigma del crimen de sangre realizado en un cuarto cerrado.  De este modo el cuento en sí responde a la interrogante de cómo es posible que una persona muera a manos de otra, si no hay modo de que alguien ingrese al lugar en el que se encuentra y que se supone se haya inaccesible para otros.
    En esta ocasión es una dama de unos treinta años y de aspecto desgraciado, quien llega hasta Holmes para pedirle que desentrañe las raras circunstancias en las que su hermana gemela ha fallecido.  Es entonces que le cuenta sobre su triste existencia, sometida a un padrastro indolente, quien tiene costumbres poco ortodoxas.  Holmes y Watson llegan hasta la propia casa de la desdichada y allí conocen al padrastro, el cual es descrito y se muestra como el seguro culpable de un crimen de modus operandi impensable. 

    “Lo que había provocado semejante exclamación de mi compañero fue el hecho de que nuestra puerta se abriera de golpe y un hombre gigantesco apareciera en el marco. Sus ropas eran una curiosa mezcla de lo profesional y lo agrícola: llevaba un sombrero negro de copa, una levita con faldones largos y un par de polainas altas, y hacía oscilar en la mano un látigo de caza. Era tan alto que su sombrero rozaba el montante de la puerta, y tan ancho que la llenaba de lado a lado. Su rostro amplio, surcado por mil arrugas, tostado por el sol hasta adquirir un matiz amarillento y marcado por todas las malas pasiones, se volvía alternativamente de uno a otro de nosotros, mientras sus ojos, hundidos y biliosos, y su nariz alta y huesuda, le daban cierto parecido grotesco con un ave de presa, vieja y feroz”.

Otro bello grabado de antaño, esta vez
dedicado a este cuento.
     Hay varios puntos interesantes a la hora de evaluar esta narración: en primer lugar se encuentra la presencia del ya mencionado padrastro, quien desde su aparición en el texto queda consignado como culpable de la atrocidad cometida. El sujeto es sin dudas de mala clase y su misma condición de padrastro, como todo lo que corresponde a la forma en que se le describe, tiene relación con el estereotipo propio del villano en la literatura tradicional; padrastros malvados (y madrastras malvadas) abundan en las historias clásicas y en este caso en concreto el particular diálogo entre Holmes con dicho hombre, resulta ser toda una clave.  Por otro lado se encuentra la imagen que se entrega del pueblo gitano en el cuento y al que si bien no se le dedican muchas líneas, el lenguaje empleado en la narración es un claro ejemplo de los prejuicios sociales y raciales de la época y la sociedad victoriana en la cual fue escrito este título; de este modo en tales palabras, es posible identificar otros rasgos del contexto de producción de la obra de Conan Doyle.  Asimismo antes de que se logra desentrañar el asesinato, se incorporan una serie de elementos que le otorgan a la trama un confuso clima cuasi sobrenatural y que al lector bien le hace creer de que se trata de un  caso rayano en lo fantástico; no obstante éste es un recurso que ocupa el autor para engañarlo y además mostrar mejor la incertidumbre de la víctima. Por último el increíble final de este entretenidísimo y recomendable cuento, representa una justicia que está por encima de las mismas capacidades de Holmes y el resto de los mortales; por tanto posee ciertos rasgos providenciales y de castigo divino, atendiendo sin vacilaciones al dicho bíblico de “Quien a hierro mata a hierro muere”.  

9- El Dedo Pulgar del Ingeniero.

    Sin lugar a dudas uno de los cuentos más intrigantes del volumen, siendo que durante gran parte de él la narración se centra en la confesión de la víctima; como éste ignora gran parte de la información sobre el horrible suceso que le toca vivir, mantiene al mismo lector en igual suspenso, hasta que sucede el rápido desenlace gracias a la intervención de Holmes.   El personaje inicia un viaje que no puede ser más atemorizante, ya que lo realiza en lo profundo de la noche, hacia un lugar que no conoce y más encima en el cual se encuentra con personas cuya presencia no ayudan a tranquilizarlo.  Holmes, Watson (el cuento está ambientado antes de que Watson se casara y cambiara de casa) y el lector se enteran de todo esto una vez que este hombre ya ha pasado por su espantosa experiencia; es así que su percance lo ha llevado hasta el hogar que por entonces compartían el detective y el buen doctor, para hacer de paciente de éste último, ya que salió libre de su infortunio, aunque con una “pequeña” secuela para su salud.  Gran parte de un relato intenso como éste, transcurre en tan sólo una cuantas horas, a lo más un día y por esa misma razón es que su clímax llega a ser tan fulminante.
    Considerando la infortunada experiencia del ingeniero protagonista, en ella se puede encontrar la presencia de la verdadera maldad humana y la que hasta el momento en lo que va del libro, apenas se ha vislumbrado en 3 de los otros cuentos.  Esta falta de vileza absoluta o de villanos en cada uno de los textos sobre Sherlock, se debe a que no todos los casos abordados por Holmes tratan acerca de “crímenes de odio” o son motivados por la más absoluta codicia, si no que tratan más bien sobre la presentación de un misterio y que de algún modo despierta el deseo por resolverlo (como muchas veces viene a ser el gusto intelectual por parte del detective, de confrontar su propia inteligencia a la ignorancia frente a lo desconocido y que corresponde a un propósito mucho más sublime que la simple curiosidad o la pretensión de cumplir con el encargo de un nuevo cliente).   Pero no sólo el lado oscuro del corazón llega a conocer la víctima de esta narración, si no que también se encuentra con la manifestación de la compasión y de la solidaridad en medio de sus vicisitudes, si bien antes confunde la buena voluntad con la locura (en un mundo convulsionado, pareciera a veces que quienes desean hacer el bien son los anómalos o bizarros, por ir en contra de la generalidad que prefiere vivir en la indiferencia para no complicarse y es por esa razón que el ingeniero bien puede haber dudado de las verdaderas intenciones de su salvadora).
Más arte de los años de Conan Doyle
sobre su obra.
    El coprotagonista de este relato realiza su propio descenso a los infiernos, cuando un extraño hombre le ofrece un trabajo que por unas pocas horas le dará una magnífica retribución monetaria y que sólo en sueños podría conseguir.  La labor que se le pide es que ayude a reparar una máquina, la cual es descrita luego de tal forma, que bien pareciera sacada de una obra de ciencia ficción como las que también escribía Conan Doyle; se entregan pocos datos sobre este objeto, de modo que es fácil que el lector se imagine cualquier cosa, pero una vez que se “destapa la olla” y se resuelve el caso, es posible saber en qué consistía en realidad dicho aparato. 
    En cierto sentido lo que lleva al “nuevo” cliente del detective a tener su desventura. es la misma tentación por obtener un bien material de forma fácil, tal como le sucedió al personaje de otro cuento de esta colección ya comentado: La Liga de los Pelirrojos.  Es al respecto sobre estas dos historias, que se puede observar un tinte moralista que o bien el autor lo hace a propósito o bien simplemente se presenta como un efecto seguro (un mal rato como mínimo), a una causa que viene a ser el hecho de aventurarse por la propia cuenta de uno en aguas tormentosas.  Como no se ve de forma tan explícita una mirada de tipo pedagógica en el escritor, lo más probable es que situaciones como ésta, no posean mayor carga ideológica por parte suya.
    No se puede dejar de lado que de todos los cuentos que hasta el momento han llegado a formar parte de este precioso volumen, éste es el que a su vez posee una mayor dosis de acción física y aventura, por cuanto viene a ser una lectura ideal para entrar en el fascinante mundo de Sherlock Holmes (en especial si se es joven y se está empezando a disfrutar del placer de la narrativa).

10- El Aristócrata Solterón.

     A su manera este igualmente entretenido cuento, es la “versión masculina” de otro texto del libro como bien es Un Caso de Identidad; ello puesto que en este caso, es un varón quien pide a Holmes que le ayude a saber del paradero de quien justo cuando se iba a casar con él, desaparece de un modo inquietante.  En este caso el despechado resulta ser un miembro de la nobleza venido a menos y quien sin embargo mantiene su aire altivo, petulancia a la que tanto Watson como narrador y Sherlock como personaje principal e irónico, reconocen con un humor que deja claro el desprecio por parte de Sir Conan Doyle por este tipo de sujetos:

     “––El señor Robert St. Simon ––anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par, para dejar entrar a un caballero de rostro agradable y expresión inteligente, altivo y pálido, quizás con algo de petulancia en el gesto de la boca, y con la mirada firme y abierta de quien ha tenido la suerte de nacer para mandar y ser obedecido. Aunque sus movimientos eran vivos, su aspecto general daba una errónea impresión de edad, porque iba ligeramente encorvado y se le doblaban un poco las rodillas al andar. Además, al quitarse el sombrero de ala ondulada, vimos que sus cabellos tenían las puntas grises y empezaban a clarear en la coronilla. En cuanto a su atuendo, era perfecto hasta rayar con la afectación: cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes amarillos, zapatos de charol y polainas de color claro. Entró despacio en la habitación, girando la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en la mano derecha el cordón del que colgaban sus gafas con montura de oro.
     ––Buenos días, lord St. Simon ––dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia –. Por favor, siéntese en la butaca de mimbre. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Watson. Acérquese un poco al fuego y hablaremos del asunto.
     ––Un asunto sumamente doloroso para mí, como podrá usted imaginar, señor Holmes. Me ha herido en lo más hondo. Tengo entendido, señor, que usted ya ha intervenido en varios casos delicados, parecidos a éste, aunque supongo que no afectarían a personas de la misma clase social.
     ––En efecto, voy descendiendo.
     –– ¿Cómo dice?
     ––Mi último cliente de este tipo fue un rey.
     –– ¡Caramba! No tenía idea. ¿Y qué rey?
     ––El rey de Escandinavia.
    –– ¿Cómo? ¿También desapareció su esposa?
    ––Como usted comprenderá ––dijo Holmes suavemente ––, aplico a los asuntos de mis otros clientes la misma reserva que le prometo aplicar a los suyos.
    –– ¡Naturalmente! ¡Tiene razón, mucha razón! Le pido mil perdones. En cuanto a mi caso, estoy dispuesto a proporcionarle cualquier información que pueda ayudarle a formarse una opinión”.

     En contraposición a la actitud demasiado pretenciosa y empaquetada de este personaje, se encuentran las maneras más espontáneas de otros dos relacionados con éste mismo y que en vez de representar un esquema ya añejo de la realeza británica, son ejemplos de otra sangre, la de la por entonces joven nación de los Estados Unidos y de la cual pareciera que no sólo Holmes siente simpatía, si no que el mismísimo escritor; cabe recordar que tras la novela con la que inicia la saga de Sherlock Holmes, Retrato en Escarlata, y el cuento ya abordado en la primera entrega dedicada a este libro, Cinco Pepitas de Naranja, se hace referencia directa a la historia de dicho país, siendo que una vez más Conan Doyle demuestra saber bastante acerca de tal nación: en este caso acerca de la llamada “fiebre del oro”.  En parte de las palabras finales de esta narración es posible identificar el pensamiento del artista acerca del destino de su tradicional patria y el de la más joven nación a la que una vez más le dedica un espacio en sus escritos:

     “––Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía ––dijo Sherlock Holmes ––. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hijos sean algún día ciudadanos de una única nación que abarcará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los colores de la Union Jack con las Barras y Estrellas”.

    
Viejo cómic dedicado al más grande
detective literario.
En este cuento reaparece un “viejo” personaje secundario de las andanzas de Sherlock Holmes, el agente de policía Lestrade.  Éste tuvo su debut tal como los mismos Holmes y Watson en la novela recientemente mencionada y desde el principio tuvo una relación tensa con el detective; ella centrada en gran parte en los celos profesionales de Lestrade, quien al ser incapaz de conseguir con sus métodos más ortodoxos y falta de ingenio la obtención de la verdad en sus casos policiales, no desaprovecha oportunidad para tratar de irritar a quien considera su contrincante y a lo más un principiante (La verdad duele ¿No?).  En todo caso Holmes lo tolera y a su manera no deja de tratarlo con sarcasmo, aunque como se notará en historias posteriores, no lo desprecia y reconoce en él otras virtudes; asimismo el propio Lestrade llega a tomarle aprecio a Holmes más adelante.   A Lestrade se le pudo ver también en el relato El Misterio de Boscombe Valley. Se podría decir que a través de este personaje de mente estrecha, el autor deja una clara mirada crítica a las fuerzas del orden de su sociedad o al menos a un sector de ella que, como algunos de sus aristócratas tal cual el ya mencionado cliente de esta historia, se toman demasiado en serio y se niegan al cambio. 

    “–– ¿Qué le trae por aquí? –– preguntó Holmes con un brillo malicioso en los ojos ––. Parece usted descontento.
     ––Y estoy descontento. Es este caso infernal de la boda de St. Simon. No le encuentro ni pies ni cabeza al asunto.
     –– ¿De verdad? Me sorprende usted.
     –– ¿Cuándo se ha visto un asunto tan lioso? Todas las pistas se me escurren entre los dedos. He estado todo el día trabajando en ello.
     ––Y parece que ha salido mojadísimo del empeño ––dijo Holmes, tocándole la manga de la chaqueta marinera.
     ––Sí, es que he estado dragando el Serpentine.
     –– ¿Y para qué, en nombre de todos los santos?
     ––En busca del cuerpo de lady St. Simon.
     Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y rompió en carcajadas.
     –– ¿Y no se le ha ocurrido dragar la pila de la fuente de Trafalgar Square?
     –– ¿Por qué? ¿Qué quiere decir?
     ––Pues que tiene usted tantas posibilidades de encontrar a la dama en un sitio como en otro.
     Lestrade le dirigió a mi compañero una mirada de furia.
     ––Supongo que usted ya lo sabe todo ––se burló.
     ––Bueno, acabo de enterarme de los hechos, pero ya he llegado a una conclusión.
     –– ¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine intervenga para nada en el asunto.
     ––Lo considero muy improbable.
     ––Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicar cómo es que encontramos esto en él ––y diciendo esto, abrió la bolsa y volcó en el suelo su contenido; un vestido de novia de seda tornasolada, un par de zapatos de raso blanco, una guirnalda y un velo de novia, todo ello descolorido y empapado. Encima del montón colocó un anillo de boda nuevo ––. Aquí tiene, maestro Holmes. A ver cómo casca usted esta nuez.
     ––Vaya, vaya ––dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azulado ––. ¿Ha encontrado usted todo eso al dragar el Serpentine?
    ––No, lo encontró un guarda del parque, flotando cerca de la orilla. Han sido identificadas como las prendas que vestía la novia, y me pareció que si la ropa estaba allí, el cuerpo no se encontraría muy lejos.
     ––Según ese brillante razonamiento, todos los cadáveres deben encontrarse cerca de un armario ropero. Y dígame, por favor, ¿qué esperaba obtener con todo esto?
     ––Alguna prueba que complicara a Flora Millar en la desaparición.
     ––Me temo que le va a resultar difícil”.

11- La Corona de Berilos.

     Cuando se trata de evaluar cuál o cuáles son los mejores cuentos de este libro, cuesta bastante hacerse una idea lo más objetiva posible, puesto que cuestionar el talento artístico de su autor puede sonar ofensivo para muchos de sus seguidores; por ende, cualquier comentario acerca de cuál es mejor cuento que otro, resulta ser tan sólo una apreciación muy personal y que atiende no más a los gustos de uno, que varían en muchas ocasiones con las de los demás.  En mi caso particular, si me preguntaran cuál es uno de los relatos más entretenidos y atractivos de esta primera colección de Sherlock Holmes, pues por supuesto que este título lo pondría sin vacilaciones en dicho listado; no obstante para ser justos con un maestro como Conan Doyle, no hay narración en este volumen que no esté llena de emociones, personajes interesantes y tramas sorprendentes (además del hecho concreto de que un personaje como el detective más famoso de la literatura, en cada lectura que se hace de él, se hace más y más entrañable).
     En cuanto a la historia correspondiente al penúltimo relato de Las Aventuras de Sherlock Holmes, su argumento es el siguiente: un importante banquero llega completa mente desesperado hasta el hogar del protagonista, para que le ayude a recuperar las joyas de una corona que le habían entregado como prenda para un préstamo y que fueron robadas mientras las mantenía en su custodia.   Esta corona resulta ser uno los tesoros más importantes del país, razón por la cual su desaparición o cualquier daño provocado a ella, podría provocar un escándalo y en el cual la propia reputación de este hombre se encontraría en juego.  Holmes y Watson llegan hasta el hogar de su actual cliente y allí se encuentran con una serie de personajes que no pueden ser más sospechosos, al más puro estilo de los narradores del género posteriores a estas obras, si bien el propio Sherlock no deja de creer en la inocencia del que más pareciera ser el responsable del delito; de este modo más que nunca antes visto en esta antología, Sir Arthur Conan Doyle juega con el lector haciendo que lo impensable y la incertidumbre se posesionen sobre éste.
     El comienzo del cuento es de lo más intrigante: Watson observa desde una ventana a un hombre que parece un verdadero loco y éste último resulta llegar a la misma casa que por entonces aún compartían ambos amigos:

      “–– Holmes ––dije una mañana, mientras contemplaba la calle desde nuestro mirador ––, por ahí viene un loco. ¡Qué vergüenza que su familia le deje salir solo!
       Mi amigo se levantó perezosamente de su sillón y miró sobre mi hombro, con las manos metidas en los bolsillos de su bata. Era una mañana fresca y luminosa de febrero, y la nieve del día anterior aún permanecía acumulada sobre el suelo, en una espesa capa que brillaba bajo el sol invernal. En el centro de la calzada de Baker Street, el tráfico la había surcado formando una franja terrosa y parda, pero a ambos lados de la calzada y en los bordes de las aceras aún seguía tan blanca como cuando cayó. El pavimento gris estaba limpio y barrido, pero aún resultaba peligrosamente resbaladizo, por lo que se veían menos peatones que de costumbre. En realidad, por la parte que llevaba a la estación del Metro no venía nadie, a excepción del solitario caballero cuya excéntrica conducta me había llamado la atención”.

      Es así que la madeja del nuevo misterio al que se enfrentan los personajes, comienza a desenredarse y al final  esta narración se convierte en la oportunidad para entregarnos una reflexión acerca de la naturaleza de la confianza que depositamos en los demás, asimismo como el poder del afecto real entre las personas.

12- El Misterio de Copper Beeches.

     El principio de esta historia es una inesperada autoreferencia a los textos mismos sobre Holmes y que según la ficción misma de estos, corresponden al trabajo literario del doctor Watson, quien ha velado por documentar “artísticamente” las aventuras de su compañero, así como de publicarlas.  Es entonces que entre estos dos se da un diálogo que no viene a ser otra cosa que una crítica, velada o no, a la calidad estética de estas obras y a su vez a la contraposición entre realidad y ficción (con la correspondiente meditación sobre el valor que puedan llegar a tener este tipo de historias):

     “––El hombre que ama el arte por el arte ––comentó Sherlock Holmes, dejando a un lado la hoja de anuncios del Daily Telegraph–– suele encontrar los placeres más intensos en sus manifestaciones más humildes y menos importantes. Me complace advertir, Watson, que hasta ahora ha captado usted esa gran verdad, y que en esas pequeñas crónicas de nuestros casos que ha tenido la bondad de redactar, debo decir que, embelleciéndolas en algunos puntos, no ha dado preferencia a las numerosas causes célèbres y procesos sensacionales en los que he intervenido, sino más bien a incidentes que pueden haber sido triviales, pero que daban ocasión al empleo de las facultades de deducción y síntesis que he convertido en mi especialidad.
       ––Y, sin embargo ––dije yo, sonriendo ––, no me considero definitivamente absuelto de la acusación de sensacionalismo que se ha lanzado contra mis crónicas.
       ––Tal vez haya cometido un error ––apuntó él, tomando una brasa con las pinzas y encendiendo con ellas la larga pipa de cerezo que sustituía a la de arcilla cuando se sentía más dado a la polémica que a la reflexión ––. Quizá se haya equivocado al intentar añadir color y vida a sus descripciones, en lugar de limitarse a exponer los sesudos razonamientos de causa a efecto, que son en realidad lo único verdaderamente digno de mención del asunto”.

    Bien pudiera ser que dicho apartado dentro esta obra, tenga relación con una manera irónica del autor para responder a las opiniones medianamente corrosivas de su trabajo y que algunos pudieron hacer de sus textos en aquellos momentos; de este modo al insertar dicho diálogo, es posible identificar otros rasgos del escritor y el contexto en el que apareció su trabajo por primera vez (cabe recordar que muchas veces un artista no es valorado ni en su tiempo, ni en su tierra).  No obstante bien todo esto puede ser un mero recurso argumental para hacer más llamativo el comienzo del cuento; a su vez la dialéctica entre los dos personajes queda todavía más definida, al esclarecer las diferencias de personalidad entre los dos amigos y gracias al intercambio de opiniones e ideas que aquí se da.
     Teniendo en cuenta que la mayoría de los casos que le toca resolver en estos relatos a Holmes, más que de crímenes consisten en misterios que no colindan con la ilegalidad, esta historia con la que cierra el tomo resulta ser toda una sorpresa.  Puesto que parte como algo de lo más cotidiano y como una corroboración de las palabras del propio detective, quien molesto le dice a su confidente ante la falta de verdaderos hechos policiales para resolver:

      “––Psé. Querido amigo, ¿qué le importan al público, al gran público despistado, que sería incapaz de distinguir a un tejedor por sus dientes o a un cajista de imprenta por su pulgar izquierdo, los matices más delicados del análisis y la deducción? Aunque, la verdad, si es usted trivial no es por culpa suya, porque ya pasaron los tiempos de los grandes casos. El hombre, o por lo menos el criminal, ha perdido toda la iniciativa y la originalidad. Y mi humilde consultorio parece estar degenerando en una agencia para recuperar lápices extraviados y ofrecer consejo a señoritas de internado. Creo que por fin hemos tocado fondo”.

    Lo anterior lo afirma Holmes porque está por recibir la visita de una joven institutriz, quien desea su consejo sobre si le conviene o no aceptar un nuevo trabajo; entonces lo que parece algo de lo más pueril, resulta ser uno de los sucesos más escabrosos en los cuales le toca intervenir a Sherlock.  El agente primero tiene sus reticencias sobre si la muchacha debe partir hacia el hogar de la familia que requiere sus servicios, lo que implica una serie de raras exigencias, no obstante la dama accede a tomar el puesto y al poco tiempo después se comunica de nuevo con él para pedirle su ayuda.  Una vez que Holmes y Watson acuden hasta donde se encuentra la institutriz, se enteran de una historia familiar bastante anómala y que de seguro esconde más de un secreto.  Cuando se logra saber la verdad, esta resulta ser los suficientemente perversa como para sobresalir entre otras narraciones del ciclo y más de tipo familiar (incluso hay una breve, pero inesperada escena gore en el cuento).
     Dentro de los aspectos a destacar de este relato, se encuentra la presencia de su “villano” y quien corresponde al de tipo engañoso, quien aparenta algo que no es y se esconde por lo tanto en su imagen pública para no dar a conocer lo más siniestro de sí mismo; a su vez su propia familia resulta escabrosa, al más puro estilo de las viejas narraciones góticas, considerando la casa en que viven, el ambiente que los rodea y cada uno de los detalles terroríficos que se mencionan sobre el lugar donde ha ido a parar la joven.  Teniendo en cuenta toda esta atmósfera siniestra, el final, rápido y certero como muchos otros de los cuentos que forman parte de este libro, es posible encontrarse de nuevo con la utilización del viejo leiv motiv del castigo cuasi divino contra la maldad humana.

Otra vieja ilustración que representa el impactante clímax de
El Misterio de Copper Beeches.

8 comentarios:

  1. Está bien la idea de ir comentando cada relato y sus hechos diferenciales, para romper con la idea que mucha gente tiene sobre que las historias de Sherlock Holmes "son todas iguales".

    Sobre eso, comentar que "El carbunclo azul" es uno de mis relatos preferidos, por original y cómico, y por demostrar que se puede hacer una historia de intriga y misterio de forma incruenta. Creo que es inspirador de una forma de escribir historias de enredo, como los "Relatos de lo inesperado" de Roald Dahl.

    No había reparado en la frase "Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida." pero creo que indica una preocupación moral por parte de Conan Doyle, y una crítica del sistema penitenciario de la época y de su escasa utilidad para la rehabilitación de los reclusos.

    Por cierto, Lestrade es un habitual en la adaptación a anime de Miyazaki, donde tiene un papel cómico, pues se le representa como torpe e incompetente, encabezando desastrosas persecuciones policiales multitudinarias. Pero va en consonancia con el planteamiento general de la serie, pues el Profesor Moriarty y sus secuaces también son risibles, diseñando planes y artilugios ridículos y aparatosos que siempre fracasan, lejos de ser "El Napoleón del crimen" que planteó Conan Doyle.

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    1. Qué bueno te haya gustado este díptico dedicado a Holmes, que lo escribí descubriendo como nunca a este gran personaje y a su autor (hace años que tengo mucho de Conan Doyle, como de su detective y sólo he leído una minúscula parte de ello). Te recomiendo mucho sus cuentos de terror, que como bien debes saber dos de sus relatos de momias inspiraron a Anne Rice. Esto de dedicarle espacio a cada cuento de un libro, lo hago desde mis viejos tiempos de Insomnia y cuando escribí sobre las colecciones de cuentos de King; hace poco le dediqué este tipo de posts a una antología de Orson Scott Card. Tú también lo hiciste en su momento con "Twenthy Centhury Ghosts" (¿Lo escribí bien?) y lo hiciste muy bien. Ahora leo una colección de cuentos de terror de otro autor, que también te gusta harto, así que se viene su crítica, Qué lástima no poder charlar de nuestros temas favoritos cara a cara, sería muy gratificante. Gracias una vez más por pasarte por acá.

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  2. Una característica interesante de los relatos del ciclo de Holmes, es que no siempre los casos policiales se rematan con bien, y no siempre se tratan de asesinato. En el policial moderno, en cambio, y muy en particular en las series procedimentales, siempre el misterio es un asesinato y casi siempre el gran final es la captura o masacre a tiros del criminal. Para el lector moderno, que los relatos de Holmes no terminen todos de manera tan estereotipada es algo que les añade mucho interés y suspenso, creo yo.

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    1. Te cuento que para mí ha sido toda una revelación este redescubrimiento del Holmes original, ya que la verdad salvo la novela inicial y unos 6 cuentos de los que forman parte de esta primera colección de cuentos (¿Recuerdas la edición de la extinta editorial Andrés Bello de "5 Pepitas de Naranja", donde estaba se incluían sólo la mitad de este volumen de relatos cortos?), nada más había leído del personaje; así que admito con vergüenza que hasta hace poco mi ignorancia era mayor acerca de las geniales aventuras del "mejor detective del mundo" literario (porque bien sabes quién lo es en los cómics).

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  3. Interesante recorrido por el Canon Holmesiano. Servidor es un gran admirador del personaje y de hecho, aparte de Conan Doyle, tengo una notable bibliotecha de pastiches holmesianos firmados por autores como Nicholas Meyer, Ellery Queen, Rodolfo Martínez, Rafa Marín o Michael Chabon, entre otros, además de las continuaciones oficiales de Anthony Horowitz y las aventuras del joven Holmes escritas por Alan Arnold y Andrew Lane. Sin olvidarnos de las películas de Guy Ritchie, y el nuevo Holmes de la BBC, magistralmente interpretado por Benedict Cumberbatch. Aqui te dejo el enlace que sobre las mismas escribí para una web de cine. ¡Saludos!
    http://esenciacine.com/ver-articulo.php?recordID=356

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    1. Oh, entonces eres un experto en Holmes. Yo la verdad tengo pendientes sus otros textos originales y me encantaría leer lo que otros autores han escrito sobre él. ¿Te cuento algo mío que es vergonzoso y un verdadero pecado de omisión? Hace años en una feria del libro, tenían a bajo precio una colección de cuentos sobre el personaje ambientando sus historias en el universo de Lovecraft...¡Y teniendo el dinero no lo compré! Luego nunca más tuve la oportunidad de adquirirlo. Con gusto me pasaré por el link que me diste para leerte y comentar. Saludos desde Chile.

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  4. Me imagino que te refieres a "Sombras sobre Baker Street", aquí publicado por la Factoría de Ideas. Igualmente te recomendaría "Sherlock Holmes a través del tiempo y el espacio", de Isaac Asimov, aunque esta es más antigua y, por lo tanto, difícil de conseguir salvo en ferias del libro como la que tu mencionas, o en Internet. Gracias por lo de experto, más bien aficionado entusiasta, aunque si conozco algunos Holmesianos de pro que han escrito libros sobre el personaje o alguno de sus secundarios. ¡Feliz semana!

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    1. ¡Ese mismo libro hermoso fue el que dudé en comprar! Respecto al de Asimov, otro de mis favoritos, no tenía idea, pues nunca lo he visto por acá. Espero reencontrarme con Holmes de aquí a comienzos del año que viene. Que también tengas una muy buena semana.

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