jueves, 23 de julio de 2026

Sam, mi querido Sam...


    Conocí a Sam Neill siendo un niño.  Eran los años ochenta y en la tele, en esos "estrenos" nocturnos bastante atrasados de las noches dominicales (no se si es Grandes Eventos o Best Sellers, uno del canal del Gobierno y otro de la Universidad Católica), dieron por primera vez La Profecía III: El Conflicto Final (1981).  En dicha cinta, el actor hacia de nada menos que del Anticristo, Damien Thorn y quien era un importante político en el país más poderoso del mundo.  Así fue cómo se cruzaron nuestros destinos entre el actor y yo, al cual quiero homenajear hoy, pues no hace mucho nos dejó y vaya que me acompañó a lo largo de toda mi vida, en películas que han sido muy importantes para mí.
    Recuerdo que ya desde esa época encontré hermoso a Sam Neill, que desde entonces lo que me llamaba la atención en otro hombre eran sus rasgos masculinos y ni siquiera sabía lo que era ser gay, que ya a esa edad me era muy natural encontrar a otra persona de mi género atractiva (dentro de ciertos parámetros, claro, que los de rasgos femeninos nunca me atrajeron, en cambio las mujeres femeninas sí).  Claro que me guardaba mis opiniones, pues en esa época, lamentablemente, uno no podía llegar y compartir tales impresiones, menos siendo tan pequeño (menos de 10 años en mi caso).
   Creo que la siguiente ocasión en la que nuestro llorado histrión, dejó huella en mí fue en Jurassic Park (1993), quizás su cinta más famosa.  En esa época yo era un adolescente y, pese a ello, ya sabía harto de cine.  Conocía de sobra a Steven Spielberg y entonces era mi director favorito (hoy en día es Shyamalan, aunque sigo adorando a su colega).  En dicha célebre historia sobre dinosaurios clonados, Sam hacía de un experto en tales animales y quien junto a sus compañeros de viaje, se ve enfrentado al caos cuando se liberan las peligrosas criaturas.  Con posterioridad, el actor repitió el papel en la segunda secuela y luego, mucho, mucho tiempo después, ya bastante maduro, regresó para la tercera cinta de Jurassic World Dominion (2022, que reunió a todos los artistas de la primera saga y de la segunda, todo un evento cinematográfico para gozar).  De esta última cinta recuerdo, que ya con su buena cantidad de años se veía bastante bien, que bien yo quisiera estar tan estupendo con más de setenta años a cuestas.  Es increíble, pero tengo un recuerdo falso de él en la primera Jurassic Park: Salía con pantalón corto, mostrando sus varoniles piernas peludas, lo que, como no, me provocaba bastante morbo; sin embargo, no es así, pues en ningún momento pasa eso y qué raro tenga esa idea en la cabeza tan arraigada, yo que me la he repetido varias veces.


                                           Uno de sus momentos icónicos en Jusrassic Park

    Estaba aún en el colegio, cuando llegaron al cine dos cintas suyas dentro de las que puedo rememorar: Una era Terror a Bordo (1989), un thriller donde hacía de esposo de Nicol Kidman (como que se mantenía tan bien o, tal vez, envejecía lento, pese a no ser un "hombre de acción", era habitual darle una pareja femenina mucho más joven que él).  En esta cinta, que solo la aprecié una vez y tengo pendiente repetírmela, ambos deben vérselas con un apuesto psicópata que rescatan en pleno mar, sin saber sobre este.  La confrontación entre dos machos Alfas es notable (que el villano es interpretado por Billy Zane, otro hombre bello, claro que lejos me decanto por Sam).  Solo la pude ver ya de adulto, cuando la descargué en digital, gracias a mis primeros Torrent.
     Luego tenemos Un Grito en la Oscuridad (1988), otra joyita que solo contemplé en una pura ocasión y que recuerdo con cariño, que como trabajaba junto a Meryl Streep, a quien desde adolescente amé, le tenía muchas ganas.  Corresponde a un drama basado en un caso de la vida real, de connotaciones policiales, sobre un matrimonio mormón qué pierde a su bebé y lo culpan de pertenecer a una secta.  Una historia desgarradora, que tuve que arrendar en VHS para disfrutar.  Recuerdo que eran vacaciones de verano, yo estaba aún en el colegio y me juntaba con amigos a ver pelis, que las teníamos con nosotros todo el fin de semana tras ser arrendadas.
    Ahora les hablaré de mi primer año en la universidad, el comienzo de lo que yo llamo mi Edad Dorada.  Por aquella época, hacía lo posible por seguir la carrera por el Oscar y dedicaba harto tiempo al llamado cine-arte (el cual hoy en día no me interesa mucho, la verdad, que casi no veo filmes dramáticos actuales).  Y entre sus títulos más comentados llegó La Lección de Piano (1993). Conocía a todos sus artistas y entre ellos estaba nuestro querido Sam.  Se trata de un filme de época bellísimo, uno que está entre mis favoritos.  Amo su música, compuesta por Michael Nyman y que me transporta como pocas a lugares de ensueño, aunque no la escucho hace años.  En esta pieza el actor hace de un hombre que contrae matrimonio con una mujer a la que ni conoce, pues la contactó pie cartas, quien se va a vivir con él a Nueva Zelanda junto a su hija.  El tipo es un torpe con las mujeres o al menos en el terreno romántico y sexual no sabe cómo manejarse; de situación económica acomodada, vive en medio de un precioso ambiente natural, aunque agreste y le toca recibir a una mujer que no solo es muda, sino que posee el espíritu indómito y sensible del que él carece; no es alguien malvado, pero sí ignorante y pese a que aparte de él había otro sujeto de características similares, este otro contrastaba con el terratenientes, pues sí poseía el carácter más sensual que le faltaba al personaje de Neill, a la hora de brindarle a su cónyuge las atenciones que necesitaba (carnales y emocionales).  Llena de tremendas actuaciones, la del australiano fue conmovedora a su manera y prestándose incluso para una escena de erotismo tan sutil, que desde la primera vez que la vi, no ha abandonado mi memoria y manteniendo en mí la idea de Sam Neill como objeto de deseo (no se las contaré, que seguro quienes han visto esta cinta, saben a cuál me refiero y es que en ella, como pocas veces en el cine, apreciamos a un hombre maduro, sometido al control de una mujer y, más encima, debido a la incapacidad de este por dar rienda suelta a su propio lado salvaje).


                                           Varios momentos suyos en La Lección de Piano

   Independientemente de que me atrajera mucho como hombre quien hoy honro y de que fuera un gran actor, mi principal razón para adorarlo viene a ser por su cercanía y predilección por el cine fantástico, de ciencia ficción y de terror.  Justamente respecto a este último género, mi favorito, es que en los noventa filmó dos de los títulos que más adoro y ambos con interpretaciones muy distintas entre sí.  La primera de la que debo contarles es Event Horizon (1997, la cual llegó acá con el poco original nombre de La Nave de la Muerte) y la otra es In the Mouth of Madness (1994, cuyo nombre en español era más cercano al original: Al Borde de la Locura).  Las he visto y disfrutado un montón de veces, la primera de ellas junto a mi sobrinito regalón el año pasado, aunque la última la tengo pendiente desde hace un buen rato.  Imposible no sentir nostalgia cuando pienso en ellas, pese a que ha pasado tanto tiempo desde mi primera ocasión con ellas y durante mi Edad Dorada, de la que ya les hablé.  Y es que ambos largometrajes los vi junto a César, un amor ya perdido hace mucho y que me marcó para siempre (mucho de lo quien soy ahora se lo debo a él y pese al dolor que me significó perderlo, le estoy agradecido por los bellos momentos juntos y por su aporte a mi educación sentimental).  Pero mejor les cuento, ya, cómo Sam Neill terminó por volverse tan valioso para mí, por medio de las mentadas cintas:
    César trabajaba en un cine en Maipú, Showcase se llamaba la cadena, la cual ya no está en Chile.  Me dejaba entrar a las salas gratis, a veces junto a amigas en común y era costumbre que los sábados por la noche me fuera al cine y nos veíamos juntos alguna producción, a veces en la función de la medianoche.  Luego me iba a quedar a su casa.  Ese panorama me hacía muy feliz en todo su conjunto.  Así fue cómo nos encontramos con la historia de un genio de la ingeniería o similar, que diseña una nave espacial capaz de abrir agujeros de gusano, la cual en su primer viaje junto a su tripulación original se pierde y años después regresa sin su gente, todo en extrañas circunstancias.  Es entonces que mandan a su creador, junto a un grupo de expertos a recuperarlas y al llegar se desata un horror de proporciones dantescas.  Una joyita por donde se mire, en la cual Sam pasa por un periplo físico, emocional y espiritual inolvidable.  Cuando la catástrofe llega a su cenit, el histrión nos demuestra con creces por qué era un maestro del género.   Por supuesto que les estoy hablando de Event Horizon.
    Luego tenemos In the Mouth of Madness, la cual disfruté en compañía de ya saben quién un viernes en el desaparecido cine Gran Palace, un gigantesco teatro qué era el mejor en su tipo, cuando el centro de Santiago estaba lleno de salas antes de la llegada de las transnacionales.  Muchos lindos recuerdos tengo de ese lugar, que luego se volvió multisala y era uno de mis lugares favoritos.  En esa época los estrenos eran los viernes y con César íbamos casi todas las semanas a cumplir con ese rito, antes y después de su paso en el Showcase.  Dirigida por John Carpenter, está considerada entre sus mejores filmes, más, aterradores y con mejores efectos especiales.  En esta perla cinematográfica, Sam hace de un investigador que es contratado para encontrar a un escritor desaparecido, el autor vivo más popular, investigación que lo lleva a descubrir un espanto de dimensione colosales, en todo un homenaje a Lovecraft y a su novelette At the Mountains of Madness (En las Montañas de la Locura), que se leen/suenan parecidas y siendo ambas de horror cósmico.  Es así que en esta ocasión vemos a Neill, en otro registro actoral suyo de antología.


                                                 En Event Horizon doblegado por el mal
 
    También del género de miedo, forma parte de su extensa filmografía su paso por una poco conocida versión terrorífica del clásico cuento de Blanca Nieves.  Snow White: A Tale of Terror (1997) Solo una vez la tuve frente a mí, hace al menos dos décadas atrás, y me agradó.  No recuerdo si hacía del leñador o del rey.  Más encima, por lo general actuando junto a grandes actrices, incluso mayores estrellas que él: Esta vez le tocó compartir pantalla con su compatriota, la ídola Sigourney Weaver.  Hace poco me la descargué en digital, así que repetírmela de una vez, sería una buena manera de seguir haciéndole homenaje.
    Sé que muchas cintas hizo Sam Neill, que de seguro algunas muy buenas que ni en su momento se me escapan.  De hecho, solo repasando este texto antes de publicarlo, me acordé de un trabajo suyo para la televisión por cable que me gustó mucho: Les estoy hablando de la miniserie Merlín (1998), en la cual hizo del famoso mago.  Toda una preciosidad de producción, de cuando Hallmark hacia maravillas en este formato.  Más encima, siempre ligado a féminas de renombre, para esta ocasión le tocó compartir pantalla con Isabel la Rossellini, otra de mis predilectas.  Hace décadas que no vuelvo a disfrutar de esta pieza, que también poseo en digital para gozar cuando quiera y compartirla, que me encanta mostrarle a otros lo que me hace feliz.
    Casi una ironía, la penúltima película "nueva" que me vi suya fue Possesion (1981).  Mis amigos me habían hablado mucho de ella, pero ya con más de cuarenta años a cuestas, nunca la había disfrutado.  Hasta que una vez paseando por el Persa Bío-Bío, lugar de culto santiaguino y del cual les he hablado un montón de veces, donde puedes comprar de todo a buen precio (incluso encontrar verdaderas joyitas, que en el mercado tradicional no están ya a la mano), la pillé en blu-ray clonado; no dudé en adquirirla y al verla quedé impactado.  Si bien el peso de la actuación lo llevaba la preciosa y, además, muy talentosa Isabel Adjani, el trabajo de su compañero como el desafortunado amante de una mujer poseída, por una entidad que la somete a los peores vejámenes, no es para ignorar.  Por cierto, bien joven estaba entonces nuestro artista, demasiado delgado para mi gusto y lejos con la madurez se puso como el vino.
   Sam Neill abandonó este mundo el 13 de julio de este año en curso y tenía 78 años.  Su legado, como el de muchos, es algo para agradecerle de corazón.


                                       Mi actuación suya favorita: In the Mouth of Madness

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