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lunes, 27 de febrero de 2017

Siguiendo la gran tradición literaria inglesa.


A mi querido amigo Mauricio Tapia (Astarajael), 
a quien le debo tantas gratas horas leyendo a Chesterton.

      La lengua de Shakespeare desde la creación de la literatura escrita, posee toda una gama de connotados ejemplos en cuanto a narrativa breve, siendo quizás su primera gran colección de este tipo de historia los clásicos Cuentos de Canterbury de  Geoffrey Chaucer y que datan de nada menos que de finales del siglo XIV.  Con posterioridad la cuentística en este idioma llegó a tales grados de evolución, que hoy en día es imposible dejar de lado entre algunos de los mejores narradores en ese formato, así como dentro de los escritos más célebres, a varios ejemplos de dicho origen.
      De igual modo al referirse a la narrativa en lengua inglesa, nos encontramos con una serie de obras que hablan de exclusivos grupos de personas reunidas bajo un nombre llamativo y que comparten uno que otro interés que los une y en parte separa del resto de sus congéneres.  Es así que podemos nombrar a Los papeles póstumos del Club Pickwick (mencionado en el libro en el cual hoy me detengo) de un “peso pesado” como lo es Charles Dickens; así como también de El Club de los Suicidas, de otro maestro en el arte de contar historias, Robert Louise Stevenson.  Cabe mencionar que estas dos obras mencionadas fueron realizadas en el transcurso del siglo XIX, de modo que se pueden considerar como antecedentes del Club de los Negocios Raros de G. K. Chesterton, la colección de seis cuentos interconectados a la que a continuación me referiré.  No obstante se puede agregar como continuadores de esta ya rancia tradición, al mismísimo “Buen Doctor” Isaac Asimov, con su Club de los Viudos Negros, sobre los que escribió un montón de cuentos detectivescos, recopilados en nada menos que en seis tomos; mientras que ya en el siglo XXI, otro amante de las tramas de suspenso, Matthew Pearl, escribió El Club Dante, que de seguro junto a los otros textos mencionados en esta lista, debe estar acompañado por más libros acerca de otros llamativos clubes (y recién me acabo de acordar de El Club de la Pelea de Chuck Palahniuk).
        Publicada en 1905, El Club de los Negocios Raros corresponde a una serie de relatos de suspenso que mantienen las vetas detectivesca, humorística e ingeniosa de su autor, quien en cada una de estas historias no deja de sorprendernos con los más imprevistos y divertidos casos, en los que dos amigos se cruzan con los aún más sorprendentes miembros de este club.  La agrupación en cuestión, se encuentra formada por personas cuyos oficios para ganar dinero (que para nada son criminales), superan lo convencional.
        Siendo Chesterton un autor “culto”, nos encontramos con un montón de referencias a colegas suyos que denotan su amor hacia la literatura, lo mismo que sus vastos conocimientos en otras disciplinas y en nada menos que el género humano (con respecto a esto último, loable viene a ser su intención de proporcionarnos a través de la sana entretención, un sinnúmero de caracterizaciones de nuestra humanidad, así como de reflexiones sobre el comportamiento, las pasiones y las costumbres de la sociedad en la que le tocó vivir).  No obstante pese a esta dimensión intelectual, de un hombre como nuestro autor, se lee con rapidez, aún por sobre su lenguaje educado, pues Chesterton nos lleva por los vericuetos de sus narraciones con una soltura que bien uno quisiera para otros fabuladores.  En todo esto ayudan los diálogos chispeantes, propios de sus personajes que en su mayoría poseen una inteligencia prodigiosa y que no obstante son personas sencillas y graciosas como su creador. De igual manera las descripciones tan sugerentes, entre poéticas e irónicas, hacen de la lectura de este libro y otros suyos de ficción, una verdadera delicia.  Todas estas virtudes no dejan de invitarnos a que nuestra imaginación se expanda.
        A la hora de adentrarse en los elementos comunes a todos los cuentos que componen este tomo, se puede decir que pese a las ideas intelectuales que hayamos en sus páginas, el artista antepone por sobre todo la diversión a través de la creación de cuentos de suspenso, que tiende a rematar de una manera tal que rompe con los esquemas del policial.  Pues estas narraciones no tratan acerca de la maldad humana (salvo en un caso muy particular, como ya veremos), si no que de su inteligencia y capacidad para superar los baches de lo fortuito, usando justamente dicha cualidad y que evidencia lo bien que podemos hacer, del uso de este órgano que se nos ha concedido.
      
       De igual manera caro a estas narraciones viene a ser el tema de la fraternidad, ya que sus personajes son individuos cuyas aventuras justamente transcurren acompañados  por sus amigos, siendo esta la relación interpersonal que más destaca en ellos.  Sin embargo hay que hacer notar que cuando Chesterton escribe sobre todo esto, lo hace con respecto al compañerismo entre hombres y para nada entre personas de distinto sexo; pues en lo que concierne a las mujeres, apenas (lamentablemente) tienen importancia en al menos estos escritos y se constituyen en meras comparsas las pocas veces en que aparecen.  Algo que en todo caso era muy propio de su cultura y más todavía por tratarse de un escritor varón, pese a que estuviéramos haciendo referencia a alguien tan considerado por su sabiduría como Chesterton.
       Los dos personajes principales y/o que están presentes en estos seis cuentos, son los dos amigos Charlie Swinburne y Basil Grant.  Del primero no sabemos mucho y la verdad es que se trata de un tipo que cumple la labor de ser una proyección del mismísimo autor, ya que oficia de narrador de estas historias, en las que a veces interviene de manera más directa en unas más que en otras.  En cambio respecto al segundo, este sin duda viene a ser el mejor personaje de todos los que aparecen en el libro, porque en su personalidad estrambótica corresponde sin dudas a un hombre extraordinario, quien le aporta con sus intervenciones a los cuentos algunos de sus mejores momentos.  Este último corresponde a alguien que sobrepasa los cincuenta, de apariencia enclenque y que supuestamente está loco…No obstante Basilio es toda una caja de sorpresas y es debido a ello que se convierte en el único que logra ver más allá de lo evidente, resolviendo con excelentes resultados los misterios que se les cruzan a ambos.
      A continuación mis comentarios de rigor sobre cada uno de los títulos que comprenden este libro.

1- Las extraordinarias aventuras del comandante Brown.

      La primera historia acerca de este curioso grupo de hombres, que se dedican a las actividades lucrativas más inusuales, ayuda tanto a introducirnos  a sus personajes que sirven como nexos y testigos de estas seis historias extraordinarias, como a definir a este mismo club; de igual manera nos deja claro, que como lectores debemos esperar lo más inusual que pueda salir de sus páginas.
     No puede dejarse de lado el apellido de quien acá se ve envuelto en contra de sus deseos, en una de estas “raras” aventuras, el mismo que comparte con el más famoso personaje de Chesterton: el padre Brown, bonachón sacerdote católico que dedica sus tiempos libres a hacer de detective aficionado y de paso salvar una que otra alma condenada a la miseria, debido a los mismos crímenes en los que se ven envueltos los sujetos con los que se cruza. No obstante la familiaridad que estos dos poseen, resulta ser solo un alcance de apellido y el hecho mismo de ser frutos del ingenio de un mismo autor… ¿O tal vez también a ambos los une esta exposición a lo casual y que aun así logran salir bien parados de tales circunstancias?
      El cuento nos muestra a este mismo comandante, un hombre con una personalidad de lo más singular (y sin embargo tan verosímil, si tomamos en cuenta la gente que uno puede llegar a conocer en la vida real), quien cree estar amenazado de muerte, al encontrarse con unos cuantos sujetos de dudosa calaña.  Es así que dos amigos suyos, los mismos individuos que se repiten a través de todo este libro, se involucran en sus supuestas cuitas y lo ayudan a desentrañar el misterio bajo el que se haya metido.  Cabe mencionar que todo acaba de la manera más inesperada y pese a ello grata, con lo cual queda de manifiesto que no es por completo malo enfrentarse a la aventura, pues mucho de positivo se puede sacar de ello.
       Veamos algunas palabras dedicadas al coprotagonista de esta historia:

       “En su afición por la jardinería  había algo del tipo del holandés meticuloso, y acaso se inclinara también a tratar a sus flores como si fueran soldados. Era uno de esos hombres que son capaces de poner cuatro paraguas en el paragüero, en lugar de tres, con el objeto de que haya dos a cada lado. Para él la vida parecía ajustarse a un patrón inmutable.”

       Teniendo en cuenta la vasta cultura de su escritor y las constantes referencias literarias que en estas páginas encontramos, el nombre de este relato continúa con la vieja tendencia a la que Chesterton desea homenajear y mantener, en atención a otros narradores que respeta como el mismo Poe (Narraciones Extraordinarias y Las Aventuras de Arthur Gordon Pym), su compatriota Arthur Conan Doyle (Las Aventuras de Sherlock Holmes) y varios más artistas de la ficción, que un hombre como él no deja de tenerlos en cuenta.  De hecho, nombres como estos para cuentos y novelas eran habituales en el pasado y hoy en día se siguen usando estas nomenclaturas.

2- El lamentable fin de una reputación.

       Puede ser que no sea tan divertido como el anterior, sin embargo no carece de la intriga y el final sorprendente, en el que se revela un nuevo oficio único, de a los que se dedican estos peculiares sujetos.   Por otro lado, su autor quizás de manera más profunda que en el caso anterior, se dedica a profundizar en sus reflexiones acerca de la naturaleza del bien y del mal, que encontramos en nuestra misma especie.  Las para nada despreciables palabras de Chesterton (quien tanto como filósofo, teólogo y artista se dedicó desde tres puntos de vista a analizar a la humanidad), se presentan de una manera bastante curiosa, a través de la conversación entre sus dos “héroes” que protagonizan sus historias y quienes se permiten inteligentes juicios acerca de sus congéneres.   Respecto a este amable diálogo entre ambos, cabe notar que cuando depositan su mirada hacia la muchedumbre, lo hacen mirando desde arriba, cual sujetos por sobre las circunstancias (como si de ángeles se tratara).  Por lo tanto, no cabe duda de que el uno y el otro, aún en sus rarezas, representan en el mejor sentido de la palabra la curiosidad y la capacidad de asombro (el narrador) y el sentido común como también la templanza su compañero (el antiguo juez).
 
    “-Pero no debe usted pasar por alto -me dijo Grant con su eterno aire de abstracción cuando le hube manifestado este parecer- que la misma ruindad de la vida en estos parajes plebeyos atestigua el triunfo del alma humana. Estoy de acuerdo con usted. Reconozco que estas gentes tienen que vivir sumidas en algo peor que la barbarie, tienen que vivir en una civilización de cuarta categoría, pero estoy completamente seguro de que la mayoría de estos seres son buenos. Y ser bueno es una empresa mucho más ardua y azarosa que dar la vuelta al Mundo en un barco de vela.”

     La trama puede resultar un poco enredosa, pese a que en cuanto a acontecimientos varios posee menos que el cuento que le antecedió.  Los dos amigos siguen a un sujeto de ambigua moral hasta una tertulia y allí se encuentran con varias personas que disfrutan de las reuniones sociales, tan habituales en este tipo de literatura (y en la vida real entre amantes de las charlas avispadas).  En este lugar son testigos de un acto de humillación a un congénere, que apenas logran soportan y de ese modo evidencian sus viejas impresiones sobre el hombre que individualizaron entre la multitud.  No obstante, tal y como viene a ser una marca de los relatos que comprenden este magnífico librito, nada es lo que parece.
     Esta narración juega, tal como puede encontrarse en el género del misterio, con los efectos del arte del engaño y otorga de ese modo al lector, representado a través de los protagonistas, la frescura que nos da la idea de que en la vida aún existen las sorpresas y que le pueden dar a uno más de un buen momento.  La inocencia y la perspicacia son dones bastante relacionados, pese a que en una primera instancia están en planos opuestos, pues tal como queda demostrado en este cuento y el resto de los que en este volumen se hayan, se requieren entre sí para que el efecto de la novedad sea mayor.

3- La verdadera causa de la visita del vicario.

      La manera de cómo se desarrolla esta historia y de su muy graciosa solución, nos da claras señales del talento de su escritor para realizar pequeñas piezas literarias, que son la perfecta armonía entre la virtud estética y el divertimento (sazonado todo con ese buen humor suyo, que tanto llegamos a amar quienes ya lo conocemos). 
      Esta vez la narración transcurre y es contada de forma algo distinta al resto, ya que  ahora a nuestro par de amigos, les toca ser las “víctimas” de otro miembro del llamado Club de los Negocios Raros.  Por otro lado, la gran aventura que es recurrente encontrar en las páginas de cada cuento, en esta ocasión es contada por un tercero y en la cual en nada intervienen los dos protagonistas.
      Todo comienza cuando hasta donde Charlie Swinburne llega un atribulado anciano, quien solicita su ayuda y para ello le cuenta los hechos que lo llevaron hasta su casa.  La narración que este le hace, viene a ser sin dudas la más singular de las que hasta el momento hemos conocido por medio del volumen.  El humor se acrecienta en este relato, que juega más que nunca con la credulidad del lector y de quien escucha de boca del vicario sus vicisitudes, dándonos sorpresa sobre sorpresa.
       Como ya debería quedar claro con respecto a la prosa de Chesterton, a cada momento de la lectura uno puede encontrarse con verdaderas perlas, a la hora de usar el lenguaje estilísticamente, como esta descripción de un personaje que resulta ser todo un manjar

     “Todo en él aleteaba: la bufanda a cuadros que llevaba en el brazo derecho, los patéticos guantes negros que tenía en la mano, en fin, toda su indumentaria. Creo poder decir sin exageración que hasta aleteaban sus párpados al tiempo que se ponía en pie. Era un viejo clérigo de los más gesticulantes que se puedan dar, calvo por arriba, con pelo blanco a los lados y patillas blancas.”

4- La singular especificación del agente de fincas.

      El cuarto cuento aumenta el sentido de maravilla con esta historia, que al medio se torna como una obra típica del género policial, ya que trata supuestamente sobre un crimen que debe ser resuelto y a ello se le agrega la presencia del hermano menor de Basilio, el detective.
      Como encontraremos en esta serie de ficciones interconectadas, se nos presenta otro sujeto bastante llamativo, un personaje nuevo entre tantos otros que son la generalidad de un mundo “realista”, cuyos habitantes no pertenecen a los estereotipos del hombre común.  Este individuo resulta ser una especie de viajero y aventurero que a muchos despierta recelos y que sin embargo posee el aprecio de alguien tan magnífico como el antiguo juez.  Cuando es involucrado en cierto incidente, el detective que ya desde antes lo había tomado por alguien reprobable de inmediato lo acusa de ser culpable.  Es cuando se debe comprobar quién está en lo correcto de los dos hermanos: aquel que ostenta una suspicacia mayor o el otro que en sus excentricidades, nos ha demostrado poseer la virtud de conocer mejor el alma de sus prójimos y leer entre líneas.  
      De este modo la narración nos lleva al campo de la reflexión acerca de los prejuicios y cómo estos al determinar nuestros acciones y pensamientos, entorpecen nuestros razonamientos.  La mayor dedicación que se le da a Rupert Grant, contrasta sin dudas dos personalidades, dejando claro la predilección del autor por una mente imaginativa, por sobre otra más racional (si no, basta con recordar a ese otro estupendo personaje suyo, que viene a ser el Padre Brown).
      Por otro lado, la misma caracterización del detective, así como la del propio compañero caído en desgracia, nos adentra en la amplia capacidad del escritor para describir nuestra heterogénea humanidad, ya sea en lo que concierne a las extravagancias, como a las virtudes y defectos que encontramos en los demás (como también en nosotros mismos).

      “En cuanto el teniente Drummond Keith abandonó la sala, la conversación acerca de su persona estalló como una tormenta. Esto se debía a múltiples y diversas características singulares. Era un hombre ligero y airoso que se vestía con ropas airosas y ligeras, blancas por lo general, como si estuviera en los trópicos. Era enjuto y agraciado como una pantera, y tenía los ojos negros, de expresión inquieta.
        Vivía en la mayor estrechez y tenía uno de los hábitos de los pobres en tan desmedido e inconmensurable grado que podría eclipsar al más miserable de los parias: me refiero a la costumbre de cambiar continuamente de vivienda. Existen dentro de Londres lugares donde, en el corazón mismo de la civilización artificial, la Humanidad ha vuelto una vez más a la vida nómada. Sin embargo, en estos inquietos lugares, no había un vagabundo más inquieto que el elegante oficial de los airosos trajes blancos. A juzgar por su conversación, este hombre había cazado en sus tiempos innumerables cosas, desde perdices hasta elefantes, pero sus escépticas amistades opinaban que «la Luna» no se había hallado pocas veces entre las víctimas de su victorioso rifle. La frase era acertadísima, y sugería una mística y fabulosa caza nocturna.”

5- La pintoresca conducta del profesor Chadd.

      Otro de los extravagantes amigos de Basilio, corresponde a un intelectual que desde la pluma del autor, no puede ser mejor reflejo de los mismos hombres de su estirpe.  Las palabras para este no pueden ser más precisas, aún en su poética prosa:

      “-Con todo respeto y condolencia, debo confesar que no pienso lo mismo -dije yo-. ¿Es tan extraordinario y complicado que un viejo sonámbulo que ha andado siempre rondando los límites de lo inconcebible se haya vuelto loco de la emoción producida por una gran alegría? ¿Es tan extraordinario que un hombre que tiene un rábano por cabeza y una telaraña por alma no tenga suficientes energías para resistir un inesperado cambio de fortuna? ¿Es, en fin, tan extraordinario que James Chadd haya perdido el juicio por la emoción?”

       El humorismo ahora se torna absurdo, cuando nos encontramos con el supuesto acceso del profesor Chadd, en cuya ayuda acuden Basilio y su compañero de andanzas, desentrañando luego la verdad detrás de tantas equivocaciones.
             Uno de los puntos más interesantes de esta historia, viene a ser que dentro de lo que va del libro, es la que mayor papel le da a un personaje femenino.  Ello no deja de presentar en su caracterización, la imagen convencional de las mujeres que se tenía en la sociedad británica a la que pertenecía Chesterton y quien pese a su brillantez, parecía mantener una imagen sexista al respecto.

      “Es cierto que las mujeres sensatas tienen por locos a los hombres estudiosos. Bien miradas las cosas, es cierto que todas las mujeres, de cualquier clase que sean, tienen por locos a todo género de hombres.”

      Por otro lado, cabe mencionar que pese al final inesperado de este título, tal como aquellos de los que le precedieron, al parecer nada tiene que ver con el Club de los Negocios Raros, si bien la revelación final hacia su desenlace, se enmarca en lo que concierne al ingenio humano como atributo.  

6- La extraña reclusión de la anciana señora.

      Charles y Rupert llegan de la manera más imprevista hasta una casa, en la que se encuentra una mujer mayor, que al parecer se encuentra encerrada contra su voluntad.  Como es de suponer entre estos dos varones (cabe mencionar que la caballerosidad y la gallardía son dos principios destacables en estas obras), ante esta situación deciden a toda costa liberarla de sus captores. Para ello acuden nada menos que a Basil, quien los acompaña hasta el lugar del supuesto siniestro y ante esto ocurre tal vez el más divertido encuentro entre los héroes de la historia y quienes al parecer tienen prisionera a la damisela.
      De entre todas las narraciones que forman parte de este libro y que a las alturas del post que le he dedicado, ya debería quedar claro que se trata de una lectura bastante recomendable,  viene a ser junto al primero de la serie, en poseer episodios llenos de acción física; no obstante en esta ocasión, Chesterton se supera y nos obsequia con verdaderas peleas o batallas entre los contrincantes.

       “Y antes de que pudiera darme cuenta de dónde me encontraba, me hallaba luchando a brazo partido con el hombre de la chaqueta púrpura. Este hombre parecía de alambre, y se doblaba y saltaba como un resorte, pero yo era más fuerte y le había cogido desprevenido. Le levanté del suelo unos dos pies, y después de tambalearse un momento sobre la otra pierna, rodó conmigo por el suelo con estrépito, entre una lluvia de periódicos, quedando yo encima.”

       Cuando aparece la mencionada señora en apuros y tiene sus diálogos con sus “salvadores”, nos encontramos con los que bien podrían considerarse como los momentos más emotivos y sublimes del tomo.  Con posterioridad en la especie de epílogo que cierra el libro, el autor vuelve a apelar a la sublimidad, cuando el mismísimo Basil hace su gran confesión.
      Teniendo en cuenta la sapiencia de alguien como Chesterton, un hombre claramente preocupado por los grandes temas de su tiempo y tierra, se permite en el desarrollo de este cuento, invitarnos a una muy grata discusión filosófica.  Esto denota a lo mejor por vez primera en la colección, una mirada a su espiritualidad cristiana y que en otras obras suyas, como El Hombre que fue Jueves, se encuentra mucho más potenciada.  Pues este grato debate entre el darwinismo (ideología científica tan en boga durante los años en que fue escrita esta obra), que se refiere a la supremacía y sobrevivencia de los más fuerte, en contraposición a los ideales de corte cristiano, pone de manifiesto una vez más al gran hombre que nos legó textos como este.
        No se puede olvidar el hermoso epílogo ya mencionado, en el cual aún con mucho más fuerza, queda de manifiesto el amor hacia Dios y sus criaturas, declarando con palabras muy hermosas que la verdadera justica no corresponde a la de las leyes de la sociedad sino que a la que existe en el corazón de los hombres y mujeres.
        Como palabras finales, debo decir que ante el enorme atractivo de estos cuentos, ya sea en cuanto a sus personajes como a lo que significa el propio Club de los Negocios Raros, uno podría querer leer más de sus historias…Y es que sin lugar a dudas las premisas de estas ficciones, pueden dar para muchas otras, tal como ya ha pasado con varios clásicos más y que tras ser escritos por sus autores originales, dieron pie a que sus admiradores los honraran con nuevas narraciones ¿Acaso existirán otros escritos al respecto y más encima publicados? Quien sepa espero me cuento acerca de ello.
        Asimismo debe saberse que la nada despreciable cinta de David Fincher El Juego (The Game, 1997), está basada ligeramente en Las extraordinarias aventuras del comandante Brown; no obstante para no caer en los despreciables spoilers, no contaré por qué razón y que sin embargo tiene que ver con su desenlace (algo que por supuesto se pueden dar cuenta, quienes hayan leído el relato y visto la película).

jueves, 6 de febrero de 2014

La Persistencia de Poe


El gran Edgar Allan Poe.

I- La Inspiración.

     Si se va a hablar de escritores estadounidenses que han dejado una huella imborrable no sólo en la literatura, si no que también dentro de la cultura en general, como también en la mediática (léase “popular”), Edgar Allan Poe llega a ser sin duda un nombre que no puede dejar de ser tenido en cuenta.  Considerado como uno de los padres de la narrativa gringa, este cuentista por excelencia vivió su atormentada vida allá por la primera mitad del siglo XIX, entre los años de 1809 y 1849 (¡Vivió solo 40 años y qué gran legado nos dejó!). 
     De personalidad complicada, que lo hizo someterse al alcohol, siendo un fiel exponente del llamado Romanticismo (cuyos hombres y mujeres no dejaban de demostrar su gran emotividad y sensibilidad), vivió casi en la pobreza y aunque disfrutó algo de la fama en vida, tal como sus colegas Howard Phillips Lovecraft y Robert Howard, recién vino a ser reconocido en gloria y majestad una vez muerto.  Además de textos en prosa breves y potentes, fue autor de una preciosa poesía de corte narrativa, siendo de estos su poema El Cuervo el más famoso; igualmente incursionó en el ensayo y la crítica literaria.  Si bien mucha de su obra la publicó por separado en diversos impresos como diarios y revistas, luego compilados en uno que otro tomo, hoy en día su obra completa recibe el nombre genérico de Narraciones Extraordinarias; dentro de estas se incluyen también su lírica y su única novela Las Aventuras de Arthur Gordon Pym (la que inspiró nada menos a gente como Julio Verne a escribir una continuación en La Esfinge de los Hielos y a Lovecraft homenajearla sobremanera con su novela corta En las Montañas de la Locura).
     Su trabajo en narrativa se caracteriza por la creación de personajes atormentados, muchas veces rayanos en la locura (claramente símiles de sí mismo), que se ven en medio de una situación inesperada y terrorífica.  En estos casos, se observa la presencia del mal, aunque por lo general esto proviene del propio ser humano, si bien en ocasiones se manifiesta como algo de carácter sobrenatural.  Sus temas recurrentes son la locura, la venganza y la muerte en sí, entre otros, siendo a su vez sus textos narrados en primera persona, a manera de testimonio fidedigno del horror por el que han pasado; todos sus protagonistas son hombres y como en la obra de Lovecraft (quien fue claro admirador suyo), las mujeres apenas tienen relevancia (no obstante no demostraba como éste cierta misantropía, aunque sí compartía la personalidad errática y el gusto por la truculencia).  Hombre culto, en la práctica un autodidacta, es considerado el padre de la literatura de terror gringa, centrando en todo caso el elemento terrífico dentro del terreno de lo real la mayor parte de las veces (en cuentos donde se habla de asesinatos y otros actos de violencia como la tortura y todo lo propio de sujetos desesperados, al punto de perder cualquier tipo de inhibición, una vez expuestos a las situaciones límites que les toca vivir).  Por ende son Narraciones Extraordinarias, porque la naturaleza de lo que cuentan escapa a lo que pasaría en la mayor parte de los casos (reales); de este modo el lector se sorprende ante la aparición de lo inesperado, que en estos cuentos es además algo que provoca rechazo debido a su propia naturaleza ominosa.
    Gran parte de su labor literaria, se haya inserta dentro de una agobiante atmósfera de suspenso, que en muchos casos implica la aventura, como en el caso de su única novela ya citada (dejó inconclusa una titulada El Faro, la cual terminó nada menos que Robert Bloch, el escritor de Psicosis y de tantos textos recomendables de horror).  En este sentido, Poe viene a ser además el creador del género policial, adelantándose en casi medio siglo a Arthur Conan Doyle con sus relatos de Sherlock Holmes.  Si bien para cuando Poe escribió sus célebres cuentos de El Escarabajo de Oro y su llamada Trilogía de Dupin (compuesta por Los Crímenes de la Rue Morgue, El Misterio de Marie Roget y La Carta Robada) aún no se acuñaba el término de “relato policial”; de este modo su personaje de August Dupin, con su inteligencia y dotes detectivescas, fue el primero en utilizar sus capacidades deductivas para a través de una previa investigación, encontrar la verdad en torno a un misterio hasta el momento no resuelto.
     Dedicado al periodismo y también al trabajo como editor de revistas y otras publicaciones, Edgar Allan Poe murió en circunstancias extrañas en una de las calles de su Baltimore natal.  Su vida ajetreada y arte que lo encumbró por sobre su propia miseria personal, hizo que fuese traducido de inmediato a otras lenguas una vez fallecido, teniendo otros grandes artistas como responsables de llevar a otras culturas su legado: en Francia contó con el apoyo del poeta Charles Baudelaire, quien se encargó de trasladar a su idioma sus febriles escritos; mientras que tuvo a Dostoievsky  para ser traducido al ruso y a Julio Cortázar para el español.
    Autores tales como Ray Bradbury, Stephen King, Robert McCammon y Clive Barker le han rendido tributo a través de sus cuentos y novelas de forma directa o indirecta.  Bradbury en su cuento Usher II, el cual forma parte de su volumen Las Crónicas Marcianas; Stephen King a través de su genial novela Misery y sus cuentos Sala de Autopsia Número 4 y Un Lugar muy Estrecho homenajeó un cuento tan recordado como lo es El Entierro Prematuro, llevando a sus protagonistas a bizarras variantes del relato original de Poe; en cuanto a Robert McCammon, éste fue mucho más osado y se atrevió a escribir una gruesa novela a manera de continuación de otros de sus cuentos más famosos, La Caída de Usher.  En cuanto a Barker, éste escribió una secuela de su inolvidable Los Crímenes de la Rue Morgue, llamada Más Crímenes de la Rue Morgue, uno de los tantos cuentos que componen sus tomos compilatorios Libros de Sangre; aunque en su caso, el inglés le otorgó su típico erotismo fetichista y/o morboso a su trabajo.
    Llevado al cine en innumerables ocasiones, ha sido inmortalizado en el celuloide por gente como Roger Corman, en su alabada serie de cintas protagonizadas por Vincent Price y dentro de las que se pueden mencionar sus versiones de La Caída de Usher, La Máscara de la Muerte Roja y El Pozo y el Péndulo.  Otros grandes artistas que lo han inmortalizado en el séptimo arte, son los europeos Louis Malle, Federico Fellini y Roger Vadim (en una excelente y estilizada cinta donde cada uno de los tres adapta un cuento diferente).  Luego tenemos al italiano Dario Argento y al estadounidense George Romero (más genial dupla de cultores del terror no puede haber) en su cinta en conjunto Los Ojos del Diablo y por último, a Stuart Gordon, con su propia visión de El Pozo y el Péndulo y su precioso homenaje a Poe en El Gato Negro para Maestros del Horror en su segunda temporada.  Existen muchas otras películas que se basan en su obra, por lo que el listado sería larguísimo, pero por último se puede mencionar la película El Cuervo de hace un par de años atrás y donde John Cusack hace de nada menos que de Edgar Allan Poe (The Raven en inglés original y no confundir con The Crow, la cinta de culto con Brandon Lee, basada en el cómic homónimo y que se supone está inspirado en el poema de Poe); no obstante la cinta que prometía bastante, al mostrarnos cómo el escritor ayudaba a la policía a resolver una serie de crímenes inspirados en sus propios escritos, resulta bastante decepcionante para el apasionado del género y del maestro Poe.

2- El Inspirado y lo Inspirado.

     Matthew Pearl es un escritor estadounidense que en la actualidad está por llegar a los 40 años (nació en 1975).  Con sólo 4 libros a su haber, es todo un superventas, siendo su primer título El Club Dante, con el cual sentó el precedente  del resto en lo que va su obra hasta la fecha: novelas de suspenso de carácter policial ambientadas en el siglo XIX y llenas de intertextualidad relacionada con la literatura misma y sus grandes representantes y/o la historia real.  Sus cuatro trabajos a la fecha, demuestran una gran erudición acerca del mundo que describe y los personajes históricos a los que se refiere, así como de los textos reales y clásicos que menciona (como bien sucede con La Divina Comedia de Dante en su primer best seller).  Por ende para la realización de sus libros, queda claro que efectúa una investigación exhaustiva a la hora de preparar la trama de estos y aprovechar todo tipo de datos fidedignos con los cuales hacer verosímil la narración.
Matthew Paerl.
       Su propia cercanía con Poe, a quien le dedicó el libro que hoy critico, llegó a tal punto de que se encargó de editar una edición en conjunto de la llamada Trilogía de Dupín (tal y cómo tituló este volumen), compuesta de los tres cuentos originales de Poe donde aparece Aguste Dupin, antecedidos por un prólogo suyo donde analiza estas obras.  Algo similar hizo con anterioridad en una versión de El Infierno de Dante, siendo este capítulo de La Divina Comedia, de gran relevancia para la trama de su ópera prima.
        La Sombra de Poe es su segunda novela, una obra que gira en torno a la misteriosa muerte de Edgar Allan Poe, de la cual algunos especialistas han sostenido que no fue debido al deliriums tremens del que sufría por su exacerbado alcoholismo, si no que fue porque lo asesinaron envenenándolo.  De este modo el protagonista, un joven y prometedor abogado miembro del grupo más acomodado de su comunidad, se dedica a investigar para dilucidad acerca de la muerte de su autor favorito y con quien se estuvo carteando hasta poco antes de su fallecimiento; por otro lado, a su vez aprovecha de limpiar el nombre de su ídolo, el cual ha quedado por los suelos para la opinión pública.  En determinado momento el personaje principal se entera de que Poe basó su famoso Dupin en alguien de la vida real, un francés como su referente literario; razón por la cual viaja a Francia para ir en su busca y pedirle ayuda a desentrañar el misterio que lo embarga.  Su decisión de dedicarse de lleno a encontrar la verdad acerca de las interrogantes que le quitan el sueño, le provocan una serie de conflictos con su prometida y familia, más otros ligados a gente inescrupulosa y de mala calaña con la que se encuentra.  Demás está decir que entre medio de tanta aventura e intriga, aparece el atractivo tema de las conspiraciones, en las cuales se ve involucrada la figura de Poe.  Por lo tanto el título de la novela hace referencia tanto al peso del nombre y a la memoria de Poe para el héroe del libro, como también al enigma que gira en torno a su deceso.
     En cuanto a Poe mismo, éste no aparece de forma directa en la novela, puesto que cuando la narración comienza, el autor hace poco que acaba de morir y no hay episodios a modo de flashbacks centrados en él.  Además el narrador del texto es el mismo joven abogado, quien al más puro estilo de la literatura de la época, escribe en primera persona sus memorias para dejar testimonio de su vida.  No obstante, pese a que Edgar Poe interactúa en los acontecimientos digamos de una forma indirecta, su presencia se haya en el libro con una fuerza tal, que su persona no deja de tener gran peso en la trama.  Esto porque constantemente el narrador protagonista nos está entregando una serie de datos (muchas veces sabrosos) con respecto a lo que ha sido la infortunada vida del difunto; por otro lado, no deja de aventurarse acerca de qué podría haber pasado en realidad con éste como para tener tal destino final (así es como también otros personajes, habiendo conocido varios de ellos a Poe, no dejan de hacer sus propios aportes para darle forma a la presencia de éste en el libro y todo gracias a sus palabras y recuerdos que lo rescatan del olvido).  El libro en si mismo destila un gran afecto y respeto por tan desgraciado, pero inmensamente talentoso artista.  Lo anterior puede bien quedar demostrado con el siguiente fragmento:

     El pescadero me hizo una seña de que lo siguiera de regreso al gran mercado. Había olvidado mi cuaderno de notas en su mostrador. Se secó las manos en su delantal de rayas y me lo tendió. Estaba envuelto en los inequívocos olores de su puesto, como si se hubiera perdido en el mar y luego recuperado.
     —No querrá usted olvidar su trabajo. Veo que ha escrito el nombre de Edgar Poe, señor Clark. Aquí, ¿lo ve? —dijo el pescadero señalando una página abierta.
     Devolví el cuaderno a mi cartera.
     —Sí, gracias, señor Wilson.
     —Ah, señor Clark, aquí hay algo. —Desenvolvió con impaciencia un paquete y apareció un pescado horrorosamente feo, amontonado sobre otros congéneres idénticos—. Lo encargaron especialmente del distrito Oeste para una cena. Algunos lo llaman pez perro, ¡pero también se lo conoce como «abogado del lago» por su aspecto feroz y sus hábitos voraces! —Rió entre dientes aunque sonoramente, y vio que yo no le imitaba—. No como usted, por descontado, señor Clark.
    —Quizá ése es el problema, amigo mío.
    —Sí —dijo en tono de duda, y carraspeó. Ahora se dedicaba a descabezar un pescado tras otro sin mirarse las manos ni tampoco reparar en las cabezas que aquéllas iban desprendiendo—. De todas formas, ese Poe debió de ser un pobre desgraciado. Oí que había muerto en el viejo y decrépito hospital Washington hace unas semanas. El marido de mi hermana conoce a una enfermera allí, que dice que, según otra enfermera que habló con un médico... (ya sabe, señor Clark, que esas mujeres son unas endemoniadas chismosas), dijo que Poe fue hasta el final un auténtico chiflado..., que mientras yacía allí pronunciaba un nombre una y otra vez...Bueno, hasta que... —su voz cambió para convertirse en un susurro, como para denotar gran sensibilidad—, hasta que graznó. Que Dios se apiade de los débiles.
     —¿Dice usted que pronunciaba un nombre, señor Wilson?
    El pescadero rebuscó la palabra adecuada. Se sentó en su taburete y empezó a sacar ostras no vendidas de un barril, abriéndolas cuidadosamente una por una y fisgando en busca de perlas, antes de desecharlas con filosófica contrariedad.
     La ostra representaba al típico nativo de Baltimore, no sólo porque daba lugar a una actividad empresarial y podía ser objeto de comercio, sino porque había la posibilidad de que ocultara en su interior un tesoro más valioso. De pronto el pescadero chasqueó la lengua, exultante.
     —¡Reynolds, eso es! ¡Eso mismo, «Reynolds»! Lo sé porque ella me lo dijo durante la cena, y eran los últimos cangrejos de caparazón blando de la temporada.
     Le pedí que lo pensara bien hasta estar seguro.
     —¡Reynolds, Reynolds, Reynolds! —repitió algo ofendido ante mi duda—. Eso es lo que estuvo diciendo toda la noche. Según la enfermera, ella misma no se lo pudo quitar de la cabeza después de haberlo escuchado. Decrépito, viejo hospital... Yo digo que habría que prenderle fuego. Conocí a un Reynolds en mi juventud, que cada vez que veía a un soldado de infantería le tiraba piedras... Tenía un carácter endemoniado, ya lo creo, señor Clark.
     —Pero ¿había mencionado Poe antes, alguna vez, a un Reynolds? —me pregunté en voz alta—. Un miembro de la familia o...
     Pareció que el pescadero dejaba de disfrutar de la situación, y me dirigió una mirada excesivamente amable.
     —¿Es que ese señor Poe era amigo suyo?
     —Un amigo mío —respondí— y un amigo de todos cuantos lo leen.
     Di unas apresuradas buenas tardes a mi cliente y le agradecí vivamente el notable servicio que me había prestado. Se me había permitido enterarme de las últimas palabras de Poe en esta tierra (o, en cualquier caso, casi las últimas), y con ellas alguna respuesta, alguna revelación, algún remedio a las críticas e invectivas de la prensa, a la espera de una rehabilitación del personaje. Aquélla era la única palabra a partir de la cual podría encontrarse algo, algún aspecto de la vida de Poe por descubrir.
     ¡Reynolds!
      Pasé incontables horas buscando en las cartas que Poe me había dirigido y en todos sus relatos y versos, para dar con alguna pista de Reynolds. Las entradas para exposiciones y conciertos quedaron sin utilizar. Si Jenny Lind, el Ruiseñor Sueco, hubiera cantado en la ciudad, yo habría continuado igualmente entre mis libros. Casi podía oír a mi padre ordenándome que dejara de lado aquella literatura y volviera a prestar atención a mis textos legales. Habría dicho (así lo imaginaba yo): «Los jóvenes como tú deberían observar que la Industria y la Empresa pueden hacer despacio todo cuanto el Genio hace con impaciencia... y muchas cosas que el Genio no puede hacer. El Genio necesita la Industria tanto como la Industria necesita al Genio.» De repente, cada vez que abría un nuevo documento de Poe, sentí como si mantuviera una disputa con mi padre, el cual trataba de arrebatarme los libros de las manos a medida que yo los tomaba del anaquel. No era un sentimiento plenamente negativo; de hecho, creo que en realidad me impulsaba en la misión que me había impuesto. Además, en mi condición de hombre de negocios, había prometido a Poe, un posible cliente, defenderlo. Quizá mi padre me hubiera alabado por ello”.

    Por  tratarse además de una obra perteneciente al género de la narrativa histórica, el libro en sí recrea una realidad pasada con tal viveza, que a ratos pareciera estar leyendo una novela escrita durante esa época.  Lo anterior gracias a una descripción detallada, que llega a mostrarnos en muchos aspecto cómo era el mundo en el que vivió Poe, con sus costumbres, personajes típicos, ideologías, vicios y prejuicios (en este sentido, el tema de la esclavitud negra, tan habitual en la sociedad norteamericana de antaño, es abordado en varias ocasiones, entregando una más que interesante visión al respecto); de este modo es que además aparecen en sus páginas personajes reales de la época (como algunos familiares de Napoleón) que le otorgan realismo a un texto que imita cierto estilo narrativo de antaño; por ende, resulta ser una ficción a la manera del periodo, por el que siente predilección su autor.  Dentro de esto, cabe destacar la personalidad misma del protagonista, quien piensa y actúa como un hombre de su mundo y época: un romántico en el sentido estricto de la palabra, siendo un sujeto culto, sensible, elocuente y apasionado, quien presenta grandes idealismos, tal cual los personajes clásicos de la literatura occidental de la primera mitad del siglo XIX; así es como además destaca la presencia del leiv motiv de la mujer ángel, en esta ocasión a través de la enamorada del joven abogado (entiéndase por ello a una mujer de gran belleza física e interior y que salva al héroe romántico de la desgracia por medio de su amor redentor); asimismo es posible evidenciar la importancia del honor en el libro, como el tema de la amistad, ambos elementos que no dejan de otorgarle una impronta romántica al texto, como también sucede con la presencia de criminales carismáticos, tan habituales en la literatura de este tiempo.
    Quizás lo único que se le puede encontrar como defecto a esta recomendable historia, es que nunca queda claro cómo fue que Poe, un estadounidense de escasos recursos económicos, pudo entrar en conocimiento de alguien real (y francés más encima, o sea, del otro lado del océano) como para crear a su Dupin literario. 

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