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sábado, 27 de junio de 2020

Pecados de Omisión. NOVENA PARTE.


1. La Profecía.

    De niño una de las películas que más me impactó fue The Omen (La Profecía), que vi en la tele toda cortada; luego de  esta emitieron las 2 siguientes, creo que a razón de una por semana y ya grandecito, cuando estaba por terminar mi enseñanza media, me vi en el cine la peli IV y que fue originalmente fue hecha para el cable, tengo entendido.
     Ya me encontraba en la universidad, cuando salió una colección de libros de distintas temáticas a la venta por un precio bastante económico y que en librerías se exhibían en una linda cajita, la cual ponían sobre un mesón destacado.  Tontamente nunca compré los dos títulos que me interesaban de esta oferta y es que uno de ellos era nada menos que la novela La Profecía, que no sé si fue primero el filme o el texto literario.  Interesante de todo esto, viene a ser el hecho de que el escritor de la novela es el mismo guionista de la cinta, David Seltzer, quien ha estado a cargo de varios otros libretos cinematográficos e incluso dirigido, siendo que en la misma década de los setenta estuvo detrás del guión de otra joyita de horror hollywoodense, aunque poco conocida: The Prophechy (de la cual también existe la novela escrita por el mismo Seltzer), una historia de monstruos mutantes con un fuerte contenido ecológico.
    Supongo que que estas alturas, quienes lleguen a leer el presente post, conocen de qué va la historia.  Nace el llamado Anticristo y las fuerzas del bien representadas por hombres comunes, deben hacer lo posible que el retoño crezca y se cumpla la llamada profecía.
    Creo que más de dos décadas han pasado desde que tuve la oportunidad de gozar con ese volumen y no me avispé  al respecto, que ya nunca más lo pillé en alguna parte.


2. Fatherland.

    En la misma colección de las que les hablé arriba, venía este libro de nombre "raro" para mí, que nada me decía.  Su autor, Robert Harris, un tipo del cual no tenía idea sobre quién era y tampoco mis amigos ñoños (bueno, tal vez Leonardo Navarro, que ya leía inglés en aquellos tiempos y era lejos el más friki de mis conocidos por aquel entonces- y hoy en día- , que parece un día me la mencionó). Nunca supe de qué trataba, hasta que HBO estrenó una estupenda película hecha por su cadena, basada en la obra de las que le hablo.  Entonces me enteré de que correspondía a una novela de ciencia ficción y más encima de uno de mis subgéneros favoritos: la Ucronía, es decir, un mundo paralelo muy parecido al nuestro, aunque donde los acontecimientos históricos tomaron un rumbo diferente al nuestro y ello en un punto decisivo, que cambió de manera radical su devenir.
    Apenas estrenaron  por acá la producción en el cable, le pedí a un amigo me la grabara en VHS (¿O fue que José Varas me la prestó?) y me la vi, que me fascinó. Y es que en ella sus dos protagonistas estaban encarnados primero por uno de mis actores favoritos, Rutger Hauer (QPD) y Miranda Richardson. En este título, la trama nos muestra otra realidad donde  la Segunda Guerra Mundial la ganaron  los nazis, pero no tan distópicamente como en el caso de El Hombre en el Castillo de Phillip K. Dick.  Asimismo, USA mantiene su independencia, si bien fue derrotada por el enemigo durante el conflicto bélico. El argumento transcurre en los sesenta, cuando Alemania posee la hegemonía de Europa y en Gringolandia sigue gobernando Jhon Kennedy, quien acá nunca fue asesinado.  Es así que para conmemorar el cumpleaños del Führer, el mismísimo Adolf Hitler, invitan a una delegación norteamericana a asistir al evento, primer contacto directo entre ambos pueblos luego de décadas; aparte de Kennedy, va una delegación de civiles y entre ellos el personaje interpretado por la Richardson y quien se cruza con un complot, para sacar a la luz un espantoso secreto del Tercer Reich.
    El escritor del libro tiene varios títulos más, que por lo que leí en Wikipedia es bastante afamado y reconocido su talento. En la actualidad hay nuevas ediciones del libro suyo que hoy nos reúne, ahora traducido su nombre como Patria.
     Les cuento que el año pasado, estuve a punto de adquirir la versión de la que les hablé al principio, que vendía un tipo afuera de una estación de metro y al que ya antes le había comprado otros libros.  Lamentablemente no estaba el vendedor, dejando su puestecito (una lona en el suelo, con la "mercancía" a exposición de los posibles interesados) y yo de huevón no lo esperé, que tampoco estaba apurado.  El tomo estaba estropeado, sin embargo no dejaba de interesarme.  Unas pocas semanas después vino el llamado Estallido Social  (la revolución popular en contra del gobierno del PresiMIENTE Piñera), esa estación del metro fue cerrada para reparaciones por haber sido vandalizada y luego en marzo nos tocó la cuarentena con la pandemia del Covid-19, así que parece que si quiero leerlo de una vez en papel, tendré que encargarlo por Buscalibre.


3. Los Hijos de Anansi.

    Justo cuando estoy leyendo una colección de cuentos de Neil Gaiman, Material Sensible, me acuerdo de que tengo pendiente un Pecado de Omisión con él.  
     El mismo día en que me compré Stardust de este autor, mi "caserito" favorito del Persa Bío-Bío (lugar del cual he hablado en anteriores ocasiones), don Julio (a quien creo que ya le he dedicado unas cuantas palabras en estos recuerdos), me ofreció también a un buen precio la edición en bolsillo de esta novela; yo hace hartos años atrás me la había leído y eso fue gracias a mi amigo Iván Piñeyro (otro que se ha aparecido por acá en estos recuerdos literarios), que a estas alturas no tengo claro si fue este o no el primer libro que leí del creador de Sandman o fue Dioses Americanos.  Bueno, resumiendo, de puro tonto no me llevé conmigo este título, pensando que para qué, si ya me conocía la historia del famoso dios africano araña y su progenie; poco lógico mi razonamiento, que si a uno le gusta tanto un artista, la idea es tener todos sus trabajos y eso a menos de que no te satisfaga algunas de esas obras y en mi caso, sí que me agradó Los Hijos de Anansi.

4. El Caso Neruda.

     Tanto que me gusta cómo escribe mi compatriota Roberto Ampuero y en especial cuando lo hace para su personaje Cayetano Brulé, gracias al cual conocí a este importante escritor nacional actual y cuando pude conseguirme con poco dinero la precuela que escribió sobre este personaje tan querido, su famoso y querible detective privado cubano residente en Chile, no lo hice; es más, tuve a lo menos dos ocasiones para llevarme conmigo esta obra y no era la versión de bolsillo, sino que la más grande cuando la sacan apenas sale al mercado, aunque no en tapa dura.  Además, tal como dice su nombre, en la ficción interviene nada menos que nuestro poeta más relevante, el cual posee justo el carisma suficiente como para que se cuenten una y otra historias con él involucrado.  Esta torpeza mía ocurrió durante el año pasado, que me encontré con dicho libro en el puesto que está justo al lado del mencionado Don Julio, en el mismo Persa Bío-Bío, de modo que a la fecha aún no soy dueño del ejemplar que cuenta de manera retrospectiva, el primer caso que tuvo este investigador aficionado al buen café.

domingo, 18 de octubre de 2015

Un caso más de Cayetano Brulé para disfrutar.


      La cuarta novela del escritor chileno Roberto Ampuero dedicada a su ya célebre detective privado Cayetano Brulé, recibe el nombre de Cita en el Azul Profundo, siendo publicada en el año de 2002.   Su evocador nombre bien atiende a los siguientes tres aspectos:
·         En primer lugar porque la aventura en la que se ve envuelto acá su protagonista, parte en un restaurante llamado justamente Azul Profundo.  Es en este sitio en el cual el cubano residente ya hace años en Chile, debe vérselas con un nuevo cliente y donde un evento inesperado, lleva a Brulé a embarcarse en otra de sus investigaciones llenas de emoción.
·         En segundo lugar la labor que debe cometer el personaje principal, lo hace viajar a más de un lugar, periplo en el cual el mar cumple un papel significativo (de ahí la referencia poética a este Azul Profundo), ya que sus aventuras lo hacen desplazarse por las aguas de tres países diferentes, con el propósito de descubrir la verdad que se esconde detrás del misterio al que ahora se enfrenta.
·         En tercer y último lugar, corresponde a una referencia indirecta a la ya clásica película del francés Luc Besson Le Grande Bleu (1988)  y titulada en estos lares como Azul Profundo.
      ¿Y de qué trata esta obra? Pues en ella Cayetano Brulé es citado por un hombre al que no conoce para que le preste sus servicios, cuyo encuentro jamás llega a realizarse y a lo cual el detective por razones de honor, se aplica a desentrañar las razones de por qué todo se complicó más de la cuenta, puesto que más encima se le ha implicado en una muerte de la cual es por supuesto inocente; de este modo tanto para evitar caer preso, como para mantenerse vivo, a la par de que va tras la pista de una ominosa frase en latín que dice Delenta est Austrolopitecus, este singular investigador se convierte en un prófugo de la ley.  Entre medio conoce a dos bellas damas por las que se siente atraído, cada una de ellas relevante en el proceso de revelar la verdad, también entra en conocimiento del destino de muchos de quienes antaño estuvieron en la lucha armada contra la dictadura de Pinochet, descubre además un complot de carácter mundial y se entera de que en Chile existe una secreta rama del poder gubernamental, que vela por los intereses del país de la manera más maquiavélica, si la ocasión lo amerita.

    “Cayetano hizo girar el taburete y fijó la atención en una pared amarilla con retratos de escritores. Bajo los rostros de Whitman, Hemingway y Coloane cenaba tranquilamente una pareja con aspecto de diplomáticos. Más allá varias mujeres saboreaban un curanto acompañado de vino blanco, mientras en un rincón cuatro hombres, al parecer ejecutivos, reían alrededor de unas copas de champán y una fuente de picorocos. Justo cuando Coleman Hawkins comenzaba a interpretar «La Rosita», la mirada del detective tropezó con la única mesa vacía. Estaba junto a la ventana abierta que daba a la calle.      
     Tuvo la certeza de que había sido reservada por el hombre a quien esperaba. Bajó del taburete y, vaso en mano, se aproximó a la mesa. Una tarjeta apoyada contra una copa decía «Sr. Sami» y debajo, en números, veintidós horas. Miró a través de los barrotes hacia los automóviles estacionados en la calle y luego consultó su Poljot adquirido en La Habana, una reliquia que podría vender a buen precio en el Persa si la necesidad era mucha. Faltaban dos minutos para las diez. Regresó a la barra imaginando que pronto descifraría aquel misterio.       
     A la hora en punto emergió en el umbral un hombre de aspecto distinguido y ojos vivaces, que vestía chaqueta de lino negro, camisa de cuello abierto y pantalón claro, y cargaba un maletín ataché. Constituía una presencia singular, por lo que durante algunos instantes cautivó la atención de las mujeres.
     Sonriendo amable, la mesera negra lo guió hasta la mesa junto a la ventana. El hombre colocó el ataché sobre una silla, ocupó la de enfrente y ordenó algo de beber. Desde allí, con la calle a su izquierda, contempló con disimulo el local y por una fracción de segundo sus ojos se cruzaron con los de Cayetano, que lo observaba a su vez acodado en la barra. Le calculó treinta y cinco años, registró sus facciones finas y su aire deportivo, mas permaneció inmóvil, a la expectativa, tal como la voz le había indicado por teléfono.     
     Y fue mientras el barman agitaba la coctelera que las circunstancias se precipitaron con una celeridad tan pasmosa como indescriptible: una moto con dos ocupantes de casco con mirilla se detuvo junto a la ventana, uno de ellos desenfundó una pistola con silenciador y disparó varias veces contra Sami. Luego, antes de que la víctima se desplomara sobre la mesa con estruendo de copas y platos, cogió el maletín por entre los barrotes y el vehículo se dio a la fuga sin que nadie, excepto Cayetano y el barman, pudiera percatarse de lo ocurrido.         
     En cuanto comenzó a escurrir la sangre sobre las tablas del piso, estallaron los gritos, las carreras y el pánico. Cayetano Brulé aprovechó la confusión para abandonar discretamente el Azul Profundo”.

    La novela posee varias aristas interesantes a la hora de abordarla de manera crítica.  Por un lado es posible encontrar en ella mayores elementos propios del género de la narrativa policial y de los cuales se apropia el autor con soltura.  Es así como la existencia de La Casa, secreta división de inteligencia apoyada por el gobierno de Chile, trae ecos de las hollywoodenses historias de espías, aunque ingeniosamente adaptado todo al contexto sociocultural criollo.  Es a su vez que la aparición constante de “espías” de un orden u otro, con los correspondientes enredos que implica la existencia de estos, le entrega una dosis de intriga al texto, que tal vez en esta ocasión se saborea más que nunca, si se recuerdan las anteriores entregas sobre este carismático detective; a ello se suman las identidades secretas, debido a los pasados ocultos de varios de sus personajes, así como también ante propósitos poco amistosos, todo esto tan  propio de las convenciones del género.  La existencia de una confabulación de “las tinieblas”, en la que los intereses de unos pocos atentan contra el destino de millones, con todo el corpus que le otorga Ampuero a estos desconocidos autores intelectuales de muchos de los males que asolan el mundo y que solo unos pocos saben de su verdadero origen, nos muestra a un escritor que ahora juega con las teorías conspirativas; de este modo el autor crea su propia versión de la llamada organización secreta y siniestra, haciéndolo todo tan verosímil, al armar el rompecabezas de la trama, con los eventos propios del Chile de la época en la cual escribió su obra.  Por último, en cuanto al mayor carácter de thriller de Cita en el Azul Profundo, destaca la inclusión de hasta un código igualmente secreto y que Cayetano debe descifrar para conseguir el éxito de su misión.   Por lo tanto, siendo el más “policial” de todos los títulos que comprenden esta saga hasta el momento de editada, abundan acá los hombres y mujeres de pasados inconfesables, las damas de belleza exótica, persecuciones varias, asesinatos a sangre fría, los villanos de variada calaña y, no podían faltar, los valiosos aliados.
    De igual modo resultan ser atractivos los diferentes viajes que realiza el protagonista, desde su patria de acogida en Chile, con la descripción casi costumbrista de las ciudades de Valparaíso y Santiago, si bien vecinas, aunque tan distintas entre sí.   Por medio de todo esto, el narrador nos transporta a otros mundos y realidades, que Ampuero recrea hasta hacernos creer que sin duda nos encontramos junto a Cayetano en dichos parajes.   Es así como una vez que el detective llega a las frías tierras de Suecia, a las que dedica varias párrafos en contarnos cómo son, resulta imposible no sentir su gélida belleza y en especial cuando el investigador debe llegar hasta una de sus inhóspitas islas, en las que solo los más valientes resisten su polar clima.  Si bien México con una de sus preciosas playas de igual modo se hace presente, es la Cuba que tan bien llegó a conocer el novelista durante su juventud, el otro país (“extranjero”) que sobresale en el libro; siendo este un sitio al que Brulé regresa una y otra vez luego de su exilio, puesto que su corazón se encuentra tanto en el caribeño país, como en la última nación del mundo.  Es entonces que Cuba vuelve a cobrar vida en las páginas de una novela de Roberto Ampuero, con toda su magia, belleza y, por qué no, sus miserias.
     El libro también se presta para una crítica nada velada a cierto sector de la izquierda chilena, en el sentido de que siendo Roberto Ampuero un ex miembro de las juventudes comunistas y por ello un fiel creyente en sus ideales, hasta que se decepcionó de todo ello, se refiere en novela a lo que sucedió con otro grupo de sus compañeros tras el regreso a la democracia (o sea, luego de finalizar el régimen dictatorial de Pinochet).   Pues si bien el propio escritor llegó a “darse vuelta la chaqueta”, como muchos de sus detractores ideológicos le achacan, ya que de ser un izquierdista llegó a apoyar públicamente el gobierno de derecha del presidente Piñera, otros según lo expuesto en su novela, a través de varios de sus personajes, se dedicaron a traicionar a sus antiguos compañeros que no se aliaron al nuevo régimen de izquierda, tras la finalización del gobierno militar (esto es considerándolos ahora terroristas y una amenaza latente, de ahí la aparición de La Casa en el argumento, que cumpliría esta función de desarticular con violencia a tales grupos de la otrora resistencia a Pinochet).   Por otro lado, la novela hace mención a otros izquierdistas que tras este actual gobierno, se aprovecharon de las circunstancias, haciéndose ricos, o sea aburguesándose por completo, y olvidándose de sus ideales de utopía social en beneficio propio.  Sin embargo en contraposición a estos sujetos, el escritor muestra también a unos cuantos que todavía siguen abrazando sus creencias, ya sea con humildad o con cierta soberbia, pero que no por ello se han dejado seducir por los caminos más facilistas de la democracia.
     Ligado a lo expuesto en el párrafo de arriba, es que el tema del pasado como algo que llevamos a cuesta con nosotros, define a varios de los personajes del libro, incluyendo al propio Cayetano Brulé.  Es así como para algunos su historial resulta algo que los define y lleva a mantenerse dignos, mientras que para otros el peso de la culpa y/o de la vergüenza, los convierte en personas acomplejadas, que han optado por una nueva vida y en la cual dichos años supuestamente no existen.
     Dentro de otro terreno, se evidencia un malestar hacia la llamada “literatura seria” o hacia aquellos que la defienden y en desmedro de la considerada como “literatura de evasión” (dentro de la cual supuestamente estaría enmarcada la producción de Roberto Ampuero).   Todo esto gracias a interesantes charlas de Brulé con una experta en literatura y sus propias reflexiones al respecto, donde queda clara la crítica hacia quienes creen que el arte debe ser algo elitista y hermético, por lo que mientras más difícil sea entenderlo (y más aburrido, tal vez) tendría mayor peso estético.
    Por último, no deja de ser interesante el juego con la realidad y la ficción que hace el artista, cuando hace que su protagonista se cuestione su propia existencia y llegando a pensar que es un ser salido de una novela policial y sujeto por ello a la caprichosa imaginación de su autor.  Este especial guiño que llega a la autoparodia y sigue la tradición de clásicos como la segunda parte de El Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes y de Niebla de Miguel de Unamuno, llega a su punto máximo cuando Cayetano Brulé observa desde su posición a un escritor de este tipo de obras, quien se dedica a la diplomacia y acostumbra a plasmar en sus textos hechos reales que ficciona sin tapujos (clara alusión a sí mismo).  

martes, 17 de junio de 2014

La Novela Policial Chilena Cosmopolita en “Boleros en la Habana” de Roberto Ampuero.


I- Sobre el autor.

    Roberto Ampuero (nacido en la ciudad de Valparaíso de Chile el 20 de febrero de 1953) es hoy en día uno de los escritores chilenos más leídos en el mundo, teniendo a su haber más de 10 libros, los que han sido traducidos a casi 10 lenguas diferentes (entre las que se encuentran el croata, el chino y el sueco, entre las más “exóticas”).  Su enorme talento y éxito de crítica, como entre su público, le han otorgado varios premios, como reconocimientos honoríficos. 
Roberto Ampuero.
    Su literatura en general se mueve entre la novela policial (con la cual cobró fama y fortuna) y una narrativa centrada en las relaciones de las parejas heterosexuales contemporáneas y sus conflictos, además de unos cuantos cuentos y otros géneros.  En  su infancia y adolescencia estudió en un colegio alemán, donde le tocó convivir junto a gente de varios lugares del mundo; luego como adulto radicó en numerosos países, algunos bastantes distintos entre sí…Todo ello llevó a que su narrativa se encontrara llena de los paisajes y culturas que llegó a conocer, al igual que de la gente con la cual compartió.  De este modo, las miles de páginas que ha escrito reflejan su paso por las dos Alemanias durante la existencia del Muro de Berlín, Cuba, México, Suecia y Estados Unidos.  Sus primeros viajes que lo convirtieron en ciudadano del mundo, fueron motivados tanto por su juventud, como por su militancia de izquierda, una vez que decidió autoexiliarse luego de que la dictadura de Pinochet se asentó en su país.  No obstante ya más adulto, desencantado de la ideología comunista, convertido en un profesional y flirteando con el pensamiento de derecha que heredó de su familia, vivió radicado en otros lugares; también regresó en más de una ocasión a su tierra natal, tras la vuelta de la democracia a Chile.

II- La novela “Boleros en la Habana”.

     Corresponde a la segunda obra de su ciclo dedicado al detective privado Cayetano Brulé, editándose en 1994 y siendo la segunda entrega tras su debut con ¿Quién Mató a Cristián Kustermann? de tan sólo el año anterior.  A la fecha, son 6 los libros del autor que giran en torno a las andanzas policiales de su particular protagonista. 
     Sin dar mayores detalles, que pudieran quitarle a un eventual nuevo lector el gusto de la sorpresa, su trama consiste en lo siguiente: Un cantante de boleros contacta a Cayetano Brulé para que resuelva el misterio de una maleta con muchísimo dinero que llegó a sus manos y cuyo origen el artista ignora por completo.  Ante los hechos increíbles que se van dando de forma rápida, una vez que el cantante comienza a despertar la inquietud de los involucrados, Brulé le recomienda esconderse nada menos que en Cuba, su país de origen, cambiando eso sí de identidad; por otro lado el detective cubano avecindado en Chile se dedica a investigar, hasta que descubre una serie de acciones criminales que llegan a involucrar nada menos que a un importante político nacional.  Sin decir más al respecto, su desenlace involucra más de una sorpresa, que a más de un lector le maravillarán.
     Al tratarse de una obra policial, en el libro aparecen varios arquetipos, temas y patrones propios del género.  En primer lugar se encuentra la inmensa carga de la crítica social y con la cual se denuncia en este caso la existencia de corrupción incluso en las más altas esferas.  Este elemento le otorga al texto, el carácter de ser un oscuro retrato de los primeros años del regreso a la democracia en Chile, tras el lapsus en el que estuvo sometido a los vejámenes del gobierno pinochetista; es así cómo en la novela es posible identificar sujetos de moral sospechosa o meramente turbios y que sin embargo viven amparados por cierta amnistía de parte del nuevo gobierno y que en algunos casos hace la vista gorda frente a una que otra irregularidad (dentro de esto destaca la figura de un agente de carabineros o de investigaciones, quien durante el régimen dictatorial realizó torturas a los opositores y que pese a todo sigue trabajando en lo suyo, cuando se supone que alguien de su calaña ya hace rato que debería haber sido ajusticiado).   Por otro lado en los capítulos que transcurren en Cuba, es posible identificar la ambigüedad del régimen de Castro, siendo sus ciudadanos comunes y corrientes los que pasan las penurias de su injusticia social, que supuestamente su marxismo ha abolido y al que en más de una ocasión un ex partidario como el mismísimo Ampuero ha denunciado en sus obras (si no, basta con leer su entretenidísima novela semiautobiográfica Nuestros Años Verde Olivo, color que remite al traje que usan los militantes del “presidente” caribeño).
   
Ilustración que representa al carismático protagonista.
Considerando todo lo anterior, en este título el escritor retrata la sociedad chilena de principios de los noventa, como por igual describe con lujo de detalles una cultura por completo diferente a ella, tal cual es la cubana; de este modo en el libro en cuestión es posible hacerse una imagen pintoresca y crítica sobre cómo ambas naciones y sociedades viven su día a día a finales del siglo XX.  Por otro lado, cabe fijarse en el hecho de que la idiosincrasia e historia de ambos pueblos hermanos si bien son tan diferentes, a la vez conservan uno que otro rasgo en común, como bien lo pueden ser sus personajes pintorescos, tan representativos de sus respectivas naciones (amén de las desigualdades sociales propias de estos países tercermundistas).
    Siguiendo en la misma línea de las convenciones propias del género policial, de las que se apropia a su manera el autor, sobresale la existencia de la femme fatale, que en el texto corresponde a una mujer que necesariamente sin ser malvada, con su presencia gatilla varias subtramas y tragedias entre más de un enamorado suyo; la fémina a su vez se convierte en un fiel reflejo de una que otra pauta de comportamiento habitual entre la gente de su cultura (como bien resulta ser el deseo inmenso de sobrevivencia, a toda costa en un mundo difícil).   También existe en Boleros en la Habana la habitual violencia en este tipo de obras, la que en todo caso no llega a ser tan explícita y gore como sucede entre otros cultores del género; no obstante, ésta no deja de otorgarle su impronta de peligro a los vericuetos por los que pasan los protagonistas (cuota esencial en toda obra policial que se precie de atenerse a sus reglas), así como de brindarle su aire de salvajismo a los protagonistas de la novela.  Por otro lado, el misterio y las vueltas de tuerca abundan en la trama, a tal punto que vez en que se desenreda un argumento o conflicto, aparece otro que lo complica todo.
    La novela cuenta además con la presencia de un sano humor, que le otorga a la lectura un plus más a la hora de evaluarla de forma positiva, con personajes llamativos y hasta entrañables (tal como resultan ser el mismo protagonista, Cayetano Brulé y su fiel ayudante, de quienes se hablará más adelante, además del cantante de boleros y los secundarios que van apareciendo a medida que el libro se desarrolla).  Dentro de lo que respecta a los entes de ficción que pululan a través de sus páginas, es posible evidenciar en ellos a muchos de los personajes populares y anónimos, que abundan por las calles de las ciudades en las que transcurre la obra (en especial la Habana en Cuba y Valparaíso en Chile). Todos ellos son gente común y corriente que pese a su aparente monotonía, poseen uno que otro rasgo en su personalidad que les otorga atractivo y que por eso tanto el narrador como el detective se detienen en dedicarles su tiempo.  Es así como se encuentran en el texto oficinistas, agentes de la policía, dueñas de casa, vecinos, artistas, obreros y muchos más que configuran el especial mundo narrativo de la novela.
    Otro aspecto a destacar, es la prosa con la que se encuentra escrita esta narración y que resulta ser bastante barroca en varios momentos, quizás como una técnica estilística usada a propósito por el escritor, para emular a sus colegas más clásicos.

III- Los personajes:

  • Cayetano Brulé: El más celebrado detective de las letras criollas es de origen cubano, si bien se vino a vivir a principios de los setenta en Chile, radicándose en la ciudad de Valparaíso y donde tiene tanto su vivienda, como su modesta oficina.  Es un hombre que durante los eventos de este libro está por sobre los cuarenta años de edad, de estatura baja y con serios problemas de sobrepeso, que además usa bigotes y hace rato se está quedando calvo.  Como buen cubano gusta mucho del mejor café y del tabaco, los que en un país como Chile no siempre puede obtener de la mejor calidad y más aún considerando sus constantes apuros económicos.  Quizás como una ironía de su propio autor (tan dado a crear en esta serie de novelas a personajes llamativos, que en algunos casos caen en lo esperpéntico), Cayetano Brulé consiguió su identidad de detective privado gracias a un curso por correspondencia y que “dictaba” una institución de dudosa reputación; es por esta misma razón que a diferencia de muchos de sus más sofisticados colegas de oficio, el cubano no sea poseedor de la postura gallarda de quienes le han precedido en este tipo de historias; no obstante sí comparte con ellos el ingenio y la personalidad chispeante, además de la valentía, características que resultan ser requisito para sobrevivir en su medio.  A su vez como ya lleva años en el último país del mundo, codeándose con su gente de la forma más íntima posible, ocupa como todo un nativo de la región su lenguaje al revés y al derecho, así como también conoce y maneja todas sus más mínimas costumbres.  Mantiene una relación amorosa libre, con la dueña de un particular prostíbulo.
  • Bernardo Susuki: Hijo de un marinero japonés y una chilena, en las novelas de la saga cumple el papel convencional del fiel ayudante y confidente del detective privado de turno.  A su vez es un hombre sencillo, quien profesa un gran respeto por su jefe, al que trata de “usted”, quien lo llama afectuosamente “chino” (término usado en Chile para designar a cualquier persona de origen oriental y/o con ojos rasgados, indistintamente de su nacionalidad).  Posee un amorío con la dueña de un servicio de empleadas domésticas; esta relación le sirve a su jefe para averiguar secretos importantes, de quienes usan los servicios de dicha oficina de colocación.
  • Plácido del Rosal: En apariencia es un insignificante hombrecito quien contrata a Cayetano, no obstante guarda para sí más de una sorpresa.  A su vez este sujeto de voz angelical, ha recorrido gran parte del continente gracias a su labor artística.  Su papel sirve además para mostrar al lector un mundo para muchos desconocido y que no deja de hacerse atractivo en la novela, el de los cantantes itinerantes de pequeños espectáculos musicales (labor que el escritor realiza con eficacia, a la hora de describirlo todo con gran viveza).
  • Paloma Matamoros: Exótica bailarina del exclusivo Tropicana, centro de eventos cubano al que sólo los extranjeros pueden acceder en el país (si bien sus empleados son lugareños que trabajan para el gobierno de Fidel).  Es una mujer de belleza increíble, que ha roto más de un corazón entre los hombres.  Oficia también de prostituta, situación que el autor no deja de ilustrar y que es tan típica en la isla, en especial entre quienes explotan sus encantos para conseguir los medios que escasean para el ciudadano común o en el mejor de los casos, conseguir que un extranjero se los lleve a otra parte (a su vez el personaje permite desarrollar el drama de los balseros, lo que corresponde a los disidentes cubanos que arriesgan su vida escapando a aguas internacionales y usando embarcaciones endebles de producción casera).  Siendo menor de edad se enamoró con locura de un militar ruso, a quien le entregó su virginidad y le dio un hijo, quien en todo caso no llegó a conocerlo, ya que no volvió de nuevo al país una vez que terminó su periodo allá.  Cuando conoce a Plácido, quien engancha de inmediato con ella, aprovecha la oportunidad de poder irse por fin de Cuba (lo que en todo caso no será tan fácil como ella cree).  Su nombre y apellido, que bien pueden corresponder a su pseudónimo artístico para despertar mayores pasiones entre su público masculino, no puede ser más simbólico en su configuración: puesto que nombre y apellido corresponden a cierta antítesis entre sí, al poner en una misma persona la candidez del ave que le da nombre, junto a la idea de la “devoradora” de hombres y/o “asesina” de pasiones.
  • Suizo: Atractivo y varonil hombre que contrasta por completo con la figura desgarbada de Plácido y el pachacho Brulé.  Trabaja para la gente que perdió el dinero que encontró el cantante y que lo envía en su búsqueda para recuperarlo.  Si bien  trabaja fuera de la ley, no es un hombre por completo violento y acostumbra a usar el diálogo antes de ocupar la fuerza bruta.  Su destino se cruza de la forma más sorprendente con la ninfa Paloma Matamoros.
  • Moshé Dayan: Su nombre es un claro ejemplo de intertextualidad y/u homenaje por parte del autor, ya que Ampuero lo sacó de un personaje público israelí, quien era tuerto como su símil literario.  En la novela corresponde a un lustrabotas callejero que sirve a Cayetano de informante, respecto a varias actividades ilegales o de difícil acceso, gracias a sus bien ubicados contactos.  El detective le paga por estos datos a este hombre tuerto de serias convicciones racistas y que aparece en varias de las novelas del ciclo de Brulé (otro elemento irónico en el libro, si se considera que el protagonista es de origen cubano, quien mantiene esta estrecha relación de servicios con el lustrabotas).[1]
 
Lustrabotas chileno (para que se hagan una mejor idea los
lectores extranjeros, acerca de estos populares personajes de mi país).


[1] En Chile corresponde este oficio a sujetos que en plena vía pública lustran el calzado de los transeúntes, usando un banquito donde se sientan sus clientes y a quienes por lo general ofrecen periódicos, además de amena conversación, para que se entretengan mientras le realizan su servicio y el que realizan de una forma verdaderamente profesional.
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