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domingo, 8 de abril de 2018

El mundo del anime está de luto.


     En el transcurso de esta semana que ya se acaba, el jueves 5 de abril, falleció a la longeva edad de 82 años el director y productor de animación japonesa Isao Takahata.  Tras su muerte muchos no podemos dejar de recordar esas obras, entre series de televisión y películas, que hace rato ya forman parte de algunos de los mejores recuerdos de nuestra vida.  Es así que en mi caso particular (y de mucha gente que conozco), desde mi más tierna infancia Takahata consiguió en más de una ocasión emocionarme con la belleza de sus creaciones, siendo una de las personas que logró encantarme para siempre con las historias y con el tipo de arte del cual sin dudas este fue uno de sus maestros.
     Más de una vez me han preguntado de dónde viene mi amor hacia la literatura o cómo fue que me interesé por la lectura, siendo que además provengo de una familia en la que generalmente salvo mi abuelito Daniel y mi tía Elsa maternos, no tenía quienes estimularan mi atracción al respecto…Aunque suene paradójico, fue la llamada “cajita tonta” la que me llevó a acercarme a los grandes narradores y sus obras, gracias a las producciones que vi desde muy pequeño en su pantalla y luego enterarme de que estaban basadas en libros.  Dos de esas ficciones en particular me impactaron demasiado, tanto por la belleza de su puesta en escena, como por el dramatismo que poseían y que para una mente sensible como la que tenía en aquel tiempo, se quedaron para siempre en mi memoria y corazón: las versiones en anime de dos clásicos infantiles de la literatura europea, Heidi (de 1974) sobre la novela homónima de Juana Spyri y Marco (de 1975) sobre el cuento De los Apeninos a los Andes contenido en el libro Corazón de Edmondo de Amecis.  Estas fueron los dos grandes shows que dirigidos en un principio al público menor edad, consiguieron demostrarme el verdadero poder de una historia potente, para llevarnos a través de la imaginación a otras realidades y, de paso, enseñarnos a conocer la vastedad de nuestra propia humanidad.
Me quedo con estas dos
grandes obras suyas.
     Ambos programas de más de 50 episodios cada uno fueron realizados por Isao Takahata, quien  los dirigió, participando junto a su amigo Hayao Miyasaki y luego socio con quien con posterioridad fundó el famoso estudio Ghibli en 1985.  Mis coetáneos o que ya tienen más de tres décadas (o cuatro)  en este mundo, bien saben de qué tratan Heidi y Marco.  La primera de ellas nos cuenta las vivencias de una dulce niña huérfana, cuya tutora, su única tía consanguínea, la deja junto al otro familiar vivo que le queda, su abuelo, viviendo en los Alpes suizos.  La mujer que no tiene mayor apego por la pequeña ha tomado esta decisión, porque es la única manera que tiene para acceder a una buena oportunidad de trabajo; sin dudarlo en la práctica abandona a la chiquilla, con un hombre que ni siquiera la conocía, pues este era famoso por ser un cascarrabias y casi un ermitaño, habiendo perdido relación con su hijo, el padre muerto de Heidi.  El viejo no tiene elección y la acepta a regañadientes, siendo que en contra de su voluntad el amor de la niña comienza a convertirlo en una mejor persona, volviéndose ambos una verdadera familia feliz.  No obstante el drama llega hasta ellos, cuando la tía Dette regresa para llevarse consigo a Heidi, ya que según ella ahora  puede darle una buena educación y comodidades en la ciudad; pero la verdad de todo es que quiere que su parienta acompañe a Clara, una niña inválida de una familia pudiente para la que esta trabaje.  Pese a todo Clara posee de igual manera un corazón noble y las muchachas se hacen amigas, aunque viven bajo la sombra de la amargada y estricta institutriz señorita Rottenmeier, quien les hace pasar varias penurias.  Mucho pasa en esta historia llena de personajes inolvidables y que a más de un niño y adulto en su momento (como en el presente), les partió el corazón hasta las lágrimas.
     Marco es la historia de otro chico, esta vez de un italiano nacido en el seno de una familia cariñosa, aunque con serios problemas económicos; es así que sus padres toman la determinación de que la madre acepte un trabajo, puertas adentro, nada menos que en Argentina, viajando hasta tan lejano lugar para ellos.  Los que se han quedado sin la matriarca aprenden a vivir sin ella, quien al menos les envía cartas de manera regular, hasta que un día estas dejan de llegar y entonces el temor de haberla perdido para siempre se cierne sobre ellos; es así que el voluntarioso Marco decide emprender un peligroso viaje para ir en pos de su madre, en la práctica sin dinero y nada más que su valor y el enorme amor que siente hacia su progenitora.  En el camino se encuentra con un montón de personajes increíbles, entre nuevos amigos que le ayudan en su odisea y otros para nada de fiar.
      De niño me gustaba cantar (y dicen que lo hacía bien), habiéndome aprendido la hermosa canción de los créditos de apertura de Marco, que realizó la compañía encargada del doblaje al español para Latinoamérica.  Formaba parte de mi repertorio junto con los temas de Candy, Candy y las canciones del grupo de música infantil Mazapán, que interpretaba para las visitas que venían a casa, así como cuando participé en un concurso de canto en uno de los colegios en que estudié en la enseñanza básica (¿Les conté esa historia ya?). Aún me la sé y a veces la canto (ya no con la voz angelical de ille tempore) cuando me llega la nostalgia.


                                                    La inolvidable intro latina de Marco.

     Otras series que realizó Takahata fueron Lupin III (1971) que nunca vi, pero que sí tuve el agrado de conocer a su protagonista gracias al filme de Hayao Miysaki El Castillo de Cagliostro (1979).  De igual manera suyo es otra adaptación a este formato de Ana de las tejas verdes, también sobre una obra literaria infantil europea, aunque lamentablemente todavía pendiente para mí.
      Amparado por el legendario estudio de animación nipón de Toei, en 1969 estuvo al mando de su primera película, Las aventuras de Hols: Príncipe del Sol.  Su argumento gira en torno a un chico cercano a la preadolescencia, que consigue una espada mágica, tras quitársela a un gigante de piedra que la tenía clavada como si se tratara de una espina en su tremendo cuerpo.  Esta arma de carácter místico le permite enfrentarse a los enemigos de su pueblo aislado de la civilización, en un mundo propio de la fantasía épica de ambientación más o menos europea.  El filme lo vi hace años, en el cual más encima también participó Miyasaki, y me gustó mucho por su tono clásico, con esa animación de antaño que aún en aquellos tiempos era tan cuidada.  Ya es tiempo de que la vuelva a ver y ahora la disfrute junto a mi sobrinito Amilcar.
      Las aventuras de Panda y sus amigos (1972) y Goshu, el violoncelista (1982) aún no las he visto, siendo que la segunda de ellas hace rato que la tengo.  Como ambas son de carácter familiar, supongo son ideales para seguir mostrándole a mi regalón buen cine de este tipo, que no todo son superhéroes ¿Cierto?
      5 en total fueron las cintas que hizo Takahata para Ghibli, siendo lejos la más famosa (que no sé si la mejor), la primera de ellas: La tumba de las luciérnagas (1988).  Basada en la novela de un compatriota suyo, pese a tener de protagonista a dos hermanitos, un niño (el mayor) y una niña (la menor), para nada es una obra como para ver con los más pequeños ¿Por qué razón? Pues debido a que pese a lo hermoso de su factura y el tremendo guión que posee, es un terrible drama sobre estos, en medio de un Japón devastado por la Segunda Guerra Mundial.  Desde un principio sabemos al comenzar este largometraje, que lo contado en ella nos estremecerá, ya que tras encontrarnos con uno de sus dos protagonistas sumido en la miseria y la soledad, la narración se remonta a su pasado y que primero se presenta como una efímera Edad Dorada para este y su familia.  Los horrores del conflicto bélico, en el que los niños son las víctimas de los errores de los grandes, los convierten en unos de los tantos huérfanos de la guerra.  Sin embargo se tienen a ambos para superar todo y pareciera que el amor entre ellos puede derrotar la desgracia del medio en que viven; no obstante, como se trata de una obra que pretende retratar de manera descarnada este momento del orgulloso Japón, pese a toda su poesía visual y a cierto elemento sobrenatural, no basta con ello y los niños poco a poco van cayendo en el pozo que los adultos han ido construyendo con sus egoísmos.  Bajo estos hermanitos se haya presente el símbolo de la esperanza de las nuevas generaciones de su país que, tal como la de otros pueblos que han sufrido la guerra, estuvo a punto de perderse.  Sin dudas que cicatrices así quedan para siempre en la piel de un pueblo y su gente.  Creo que es imposible no sobrecogerse con esta película, que está considera entre lo más sublime del séptimo arte japonés.  Por otro lado, todo es más doloroso, porque los niños que protagonizan esta historia están caracterizados de tal manera, que en efecto uno haya en ellos la delicadeza, inocencia, felicidad y desamparo que solo en ellos podemos hallar. Por último, su música es igualmente de conmovedora.


                                                   Tráiler de La tumba de las luciérnagas.

     En 1991 se lanzó Recuerdos del Ayer, que aborda el viaje físico y espiritual, este último a través de la memoria, por parte de una veinteañera, a su pueblo natal para tomarse unas vacaciones.  El contraste entre el Japón de la ciudad y moderno, con el del lugar que vio nacer a la protagonista, aún anclado a muchas de las tradiciones del país, presenta un tema caro a las películas de Isao Takahata en sus trabajos para Ghibli: la valorización de la vida sencilla, bucólica o de fuertes lazos familiares entre sus personajes, que ya en La tumba de las luciérnagas encontramos.
     Mucho más conocida y valorada entre sus seguidores y cinéfilos amantes del anime, viene a ser Pompoko (1994), filme que en sus elementos panteístas y/o sintoístas (o ecologistas, si queremos usar un término más sencillo y conocido por todo el mundo), recuerda bastante al de su compañero Miyasaki.  Es así que tomando conceptos propios de la mitología japonesa y su folclor, tiene como protagonistas a un clan de mapaches, que para sobrevivir a los avances del mundo de los humanos, que están arrasando con su ecosistema, deben hacerse pasar por hombres e involucrarse en una guerra contra estos, con el propósito de defender su tierra.  Entremedio se encuentros los más astutos zorros, con poderes parecidos a ellos, pero que han optado por vivir con la humanidad camuflados (hasta cierto punto renegando de su naturaleza animal).  No puede ignorarse el discurso de defensa de aldea y menosprecio de ciudad, que además haya su reflejo en tantos casos parecidos, donde pueblos autóctonos y culturas nativas, han sufrido por los adelantos de la modernidad.
     De 1999 data Mis vecinos los Yamada, una obra que se supone en un principio una comedia acerca de una familia tradicional moderna japonesa, realizada en base a pequeños gags y que tienen a distintos de sus miembros como protagonistas, así como usando una animación más básica y caricaturesca que otros trabajos del estudio.  Bien puede ser considerada como el título menos logrado de su director, como también de Ghibli, aunque no por ello deja de provocar más de una risa y llevarnos a una que otra reflexión; por otro lado, no es despreciable su carácter satírico sobre cómo era la sociedad nipona en aquellos tiempos y que pese a su carácter costumbrista, puede reflejar lo que pasa incluso en familias de otras culturas.
      Alrededor de una hora no más me terminé de ver El cuento de la princesa Kaguya (2013), la despedida de nuestro sensei cuando ya sobrepasaba los setenta años de edad.  Basada en una historia tradicional de su nación, es una cinta en verdad preciosa y de más de dos horas de duración, que regresa a Takahata a las temáticas fantásticas, aunque sin dejar de lado su interés por el apego al costumbrismo japonés.  Tuve el gusto de verla con Amilcar, que me la descargué en HD en un excelente doblaje hecho en México, para que mi niño la pudiese apreciar sin problemas y pese a que en determinados momentos su ritmo pausado a ratos lo sobrepasó, no dejó de acaparar su atención (así como la de este mismo servidor).


                                              Tráiler de El cuento de la princesa Kaguya.

     Es la historia de una niña encontrada por un anciano campesino de las montañas, en medio de una caña de bambú.  La muchachita vestida como una princesa tradicional cabe en las palmas de sus manos, pero luego se convierte en un bebé de tamaño normal y rápidamente comienza a crecer hasta llegar a la adolescencia.  En la montaña su vida es feliz junto a sus padres adoptivos (que no dejaron de acordarme hasta cierto punto a Pa y Ma Kent, de los cómics de Superman), llegando a formar parte de un grupo de amigos en el cual ella es la única chica y donde el líder es un chico mayor, lo que a todos nos hace creer que entre los dos habrá un romance.  Sin embargo, todo cambia cuando la introducción de nuevas maravillas provenientes del mismo bosque de bambú, de donde la niña apareció, hacen que ambos padres se vayan con ella a la ciudad para darle una vida de lujos y convertirla en la princesa que pensaban estaba destinada a ser.  Allí varios hombres poderosos pretenden su mano, aunque la protagonista nunca vuelve a ser dichosa como antes, con lo que comienza el drama.  Con posterioridad se revela el origen de Kaguya, que trae más penas que nunca.
     Ambientada en el Japón feudal más o menos, esta obra trae a colación varios temas interesantes a tener en cuenta, muchos de ellos ya trabajados por su autor como las nociones de la familia, el respeto hacia la naturaleza y el apego a la vida sencilla.  Pero también es grato encontrar en ella la noción acerca de la búsqueda de la felicidad, que en algunos personajes se encuentran en la libertad para ser uno mismo sin trabas (como bien sucede con la protagonista) o los bienes materiales (el padre adoptivo de Kaguya).  
      Asimismo, la recreación de las tradiciones y costumbres de un Japón antiguo tan exótico y atractivo a muchos ojos gaijin (extranjeros en lengua nipona), viene a ser otra de sus virtudes, tal como resulta ser valioso el acompañamiento musical, que esta vez estuvo a cargo del connotado compositor Jao Hisaishi (habitual colaborador de Hayao Miysaki); respecto a la banda sonora, acá encontramos además varias canciones tradicionales de su país, que ayudan a conocer mejor la enorme riqueza cultural del País del Son Naciente.
       Por último, el desenlace de este largometraje es sin dudas inesperado, bello y hecho con tal delicadeza, que junto a La tumba de las luciérnagas, cierra el círculo con lo mejor de Isao Takahata para su paso por Ghibli.

Precioso homenaje en cómic a Isao Takahata.

viernes, 27 de enero de 2017

Mis películas favoritas sobre fantasmas (primera parte): Sexto Sentido.


      1999 fue el año en el que el director M. Nigth Shyamalan apoyado por un gran equipo y en especial por sus excelentes actores, saltó a la fama y a todos nos hizo creer que sí existe vida después de la muerte; de paso nos aterró y nos emocionó (hasta las lágrimas a muchos, incluyéndome, claro), con una en verdad preciosa historia de terror  sobre un niño atormentado por su capacidad para ver fantasmas (sí, es posible esta mezcla de sustos y sensibilidad, si no recuerden a Frankenstein de Mary Shelley).
       Escrita por el mismo Shyamalan, como luego ha sucedido con el resto de su filmografía, se trata de una cinta que va más allá de la típica historia de miedo sobrenatural, en lo que viene a ser más bien su lado humano (desde el punto de vista de sus protagonistas) lo que la convierte sin dudas en todo un título, que merece ser visto con atención y para gozo de sus espectadores.
       Su trama gira en torno a dos personajes y la muy especial relación que llegan a entablar, un adulto y un niño, la que mantiene tanto rasgos de fraternidad como de una familiaridad entre padre e hijo, debido justamente a la soledad que ambos comparten.  El hombre es un prominente psicólogo infantil quien recientemente ha sido condecorado por la ciudad, debido a su ayuda a un montón de pequeños y sus familias.  Todo va bien junto a su hermosa esposa, hasta que irrumpe en su hogar un antiguo paciente suyo, ahora mayor, quien le recrimina su incompetencia, disparándole luego;  a raíz de esto se viene abajo su mundo y con ello su matrimonio, tras una crisis que implica la fe en sus propias capacidades como marido y como profesional.  Es entonces que llega hasta sus manos el caso de Cole, un pequeño inteligente y retraído,  con quien poco a poco comienza a interesarse más que en otras ocasiones, pues se da cuenta de que hay un nexo entre este chiquillo y aquel otro que no pudo ayudar.
     Por otro lado Cole vive junto a su madre, quienes solo se tienen a sí mismos, ya que el padre los ha abandonado.  El amor que se tienen estos dos es grande, no obstante la mujer que tiene dos trabajos para solventar la vida de ambos y esta exhausta, ve con preocupación cómo su hijo padece de bullying en el colegio, además de otros problemas que apenas sabe cómo enfrentarlos.  Es así que nos encontramos con dos adultos conectados al niño, pues los dos quieren lo mejor para él, saben que la está pasando mal y eso los aflige.  Luego a medida que se va desarrollando el argumento, vemos qué papel cumplen madre y psicólogo para que el niño realmente pueda ser dichoso.
      Tras ganarse la confianza de su paciente, el doctor Malcom se entera de boca de este sobre su gran secreto:

       «Veo gente muerta, caminando como gente normal. Ellos no saben que están muertos».

      Le dice en una de las escenas más impactantes del filme (que en todo caso posee muchas) y de seguro una de las más famosas en la historia del cine mundial.  Nosotros como espectadores sabemos que la revelación es cierta, pues ya han desfilado en pantalla unos cuantos fantasmas, que si bien pueden ser aterradores, se nota que no son malignos, si no que acuden a Cole por algo.  Por supuesto que un hombre de ciencia como Malcom no se cree todo esto y piensa que su paciente padece de esquizofrenia, hasta que revisando sus archivos del mismo sujeto que luego lo violentó, descubre que en verdad sí existen estas entidades (nuevamente otro momento memorable de esta película).   Es cuando en un hermoso acto de humanidad, el hombre le enseña al chico que lo suyo no es una maldición, sino que un don que debe utilizar para ayudar a esas almas perdidas que por algo lo necesitan.  Pues como psicólogo que es, Malcom no solo sabe escuchar, también tiene la certeza de que la gente guarda para sí cosas que si no las comparte con otros se vuelven un verdadero infierno.  Es así que a partir de este punto, la vida de Cole comienza a cambiar para mejor y todo ello se inicia cuando Shyamalan nos regala otra escena de gran intensidad, con la primera intervención directa de este pequeño médium.

        A estas alturas, hace rato que uno sabe que el buen psicólogo (un buen hombre que lamentablemente no es feliz) tiene sus propios asuntos que resolver y es así que Cole, quien no deja de empatizar con su persona, le devuelve la mano a su manera, pues le da el empujón para que se dé cuenta de qué hay malo en él y pueda resolver sus cuitas.  Pues debe saberse que este largometraje nos engaña y cuando creíamos que la última conversación entre Cole y su adorable madre era sin dudas el clímax de todo (asumiendo el valiente muchacho frente a su madre su papel en el mundo), el punto más alto de la tensión en esta historia está dedicada a Malcom.  Y es que Sexto Sentido comienza y termina con él, de modo que el gran final está deparado para este y ello es sin lugar a dudas con el increíble desenlace de todo esto.
       Bruce Willis como el doctor Malcom en realidad que aquí hace uno de sus mejores papeles, alejándose de los sujetos duros de las cintas de acción que más divisas económicas le han dado (como en la saga de Duro de Matar).  En esta obra encarna a un sujeto sensible y brillante, alguien para quien lo que hace es lo más importante luego de su esposa (¿o es que acaso es al revés? ¿O tal vez se pueden compatibilizar ambas elementos en la vida de una persona?).  Es entonces que nos encontramos con el tema de la culpa, que viene a ser determinante en lo que hay en su corazón y lo mueve a actuar de forma tan comprometida con Cole.  También buena parte del drama radica en la figura de la madre, acá interpretada por Tony Collete (quien posteriormente a este rol ha hecho de otras figuras maternales, que aunque siempre distintas, siempre de manera memorable); es así que la artista no deja de conmover por la mezcla idónea de fortaleza y fragilidad que le confiere a su personaje, una de esas tantas madres heroicas que encontramos en la cotidianeidad, pese a que estamos frente a un ejemplo de cine fantástico.
       Y es cuando llegamos a la intervención de Haley Joel Osment, quien tenía alrededor de diez años de edad cuando hizo de Cole, si bien representa mucho menos en la cinta.  Difícil no detenerse en la cara de pena de este pequeño, un rostro angelical que hace que alguien desee sin duda protegerlo de lo que le está pasando y luego empatice más que nunca, cuando es puesto al descubierto el misterio que pende sobre él.  Ha habido un montón de niños excepcionales en el cine y este sin dudas fue uno de ellos.  Lástima que con el paso de los años su carrera no haya evolucionado, que talento le sobra al actor.  La fuerza de sus diálogos y los cambios de humor por los que pasa en el metraje, son fundamentales para otorgarle veracidad a la trama y si no hubiésemos contado en esta ocasión con una actuación infantil de tal nivel, esta película por mucho que los otros hayan hecho bien su labor, no sería la obra maestra que es considerada hoy en día.
       Tampoco se puede dejar de lado lo realizado por la preciosa Olivia Williams como la esposa de Malcom.  Acá vemos a una mujer que en muchos aspectos comparte con el papel de la madre varias características similares, pese a las apariencias que en un principio las separan (una sofisticada y la otra no, Anna pareciera ser fría, en cambio Lynn, la madre es cálida y dulce); pues ambas se sienten desprotegidas y tienen un gran dolor que las agobia.  Las escenas entre marido y mujer son claves para definir luego al mismo Malcom y en ello lo hecho por la Williams es primordial, no tanto por lo que dice, sino por el poder de su lenguaje corporal.
       En una sola escena aparece Donnie Wahlberg, como el esperpéntico ex paciente de Malcom, rol para el cual como todo un actor camaleónico se preparó físicamente para interpretarlo de manera convincente (de ser un tipo guapo y musculoso, adelgazó lo suficiente como para verse con aspecto enfermizo).  Teniendo en cuenta de que comenzó en el espectáculo como cantante del grupo infantil/juvenil New Kids on the Blocks, loable viene a ser su intervención que parte el filme de manera intensa y con un monólogo inolvidable.
       Se ha tildado al cine de Shyamalan de católico, no obstante por mi parte ignoro si en verdad este profesa tal religión.  No obstante no se puede negar la profunda espiritualidad de sus títulos, lo que sin dudas demuestra su interés (¿y compromiso?) con los temas espirituales y metafísicos, lo que tanto forman parte de la tradición hindú de la que proviene como originario de la India, como por igual comparten credos como los cristianos (y, por supuesto, muchos otros).  Pues acá nos encontramos con un filme que no niega la posibilidad de un mundo que supera nuestros débiles sentidos, uno en el que el alma o espíritu sí existe y de este modo tal como dijo el genial Goethe “La vida es la infancia de nuestra inmortalidad”.  Agregado al tema de la culpa que hay en varios personajes del filme (que en todo caso no se haya en Cole, debido a su misma inocencia), hayamos la idea de que cada uno de nosotros tenemos un papel que cumplir en la tierra y con ello está en juego nuestra propia felicidad. 
       El realizador filma con delicadeza esta historia, más todavía porque ha salido de su misma cabeza y de su propio corazón.  Por esta razón, el color rojo toma un carácter destacado en sus escenas, el cual tiene que ver con la carga emocional de sus personajes (en especial de Malcom) y que además nos da pistas para su propio memorable final.  La luz y las sombras que aquí encontramos recalcan, por otro lado, ese mundo sobrenatural tanto en la noche como en el día.
       Cuando nos referimos a la cinematografía de este director, imposible resulta apreciarlo sacando de sus muchas virtudes la colaboración del compositor James Newton Howard.  Pues como en el caso de muchos de sus colegas que acostumbran trabajar con un mismo músico fetiche (como Sergio Leone y Ennio Morricone, Brian de Palma y Pino Donaggio, Tim Burton y Danny Elfman o  Hayao Miyasaki y Jao Hisaishi, entre otros), a partir de esta película comienza su larga relación que nos ha dado un montón de muchas melodías preciosas.  La atmósfera de misterio y el propio drama de sus protagonistas, son reflejados acústicamente por este otro artista, quien nos enseña otra forma de la belleza.   


Trailer del filme.  Nota: El anciano que aquí vemos no sale en el filme, no obstante las emotivas dos escenas en las que sí aparece, se pueden apreciar completas en las escenas eliminadas que traen el DVD y el blu-ray.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Hayao Miyasaki y el Estudio Ghibli. Parte 10: El Viento se levanta


     La última cinta dirigida a la fecha por el sensei Hayao Miyasaki (y que al parecer sería su despedida, pues ya tiene 75 años de edad), data de 2013 y se llama justamente El Viento se levanta, la cual tal como El Castillo Ambulante se basa en una novela, aunque en este caso de un compatriota suyo (Tatsuo Hori); no obstante a diferencia del filme sobre el mago y ambientado en un país ficticio de características europeas, nos encontramos en este caso con otra historia suya transcurrida en Japón.  De hecho, la cinta viene a ser quizás su obra más comprometida a la hora de reflejar el espíritu de su nación, en especial por estar enmarcada dentro de un periodo concreto de su pasado y poseer además una severa crítica social a cierto pensamiento de su país, algo que solo había abordado de manera menos tajante en El Viaje de Chihiro.  Cabe mencionarse que antes de llevarla a la animación, Miyasaki probó primero suerte con una adaptación al cómic de la narración original.
     Esta cinta no se escapa de los temas que le interesan a su creador, como lo son el del crecimiento personal, la búsqueda de nuestro lugar en el mundo (con la correspondiente idea de la vocación, tal como en Kiki) y el romance.  No obstante se trata de un filme que en muchos aspectos se diferencia de su filmografía anterior y lo que se puede apreciar en un detalle tan significativo, como el hecho de que su argumento fue orquestado pensando en un público mayor de edad, o sea, de criterio formado.  Por lo tanto, por primera vez en sus trabajos hayamos una película que apenas posee humor, cuyo nivel de fantasía se escapa al que nos tiene acostumbrados, trabajando más bien lo onírico a lo anterior y otorgando pese a este detalle un carácter más bien realista al argumento. 
      Lo último tiene que ver además con su ambientación, que abarca varios años en la vida de su protagonista, desde su infancia tiempo antes de la Segunda Guerra Mundial y su adultez como ingeniero aeronáutico mientras Japón es aliado de Alemania, durante esta confrontación bélica; de este modo la sociedad nipona es reflejada con la minuciosidad y el lirismo propio de un artista como Miyasaki, quien acá desentraña las costumbres de su gente, su relación con el gobierno nazi y el verdadero impacto que significó para su pueblo la participación en un hecho tan importante como esta poco feliz confrontación (y que no solo otorgó malestares al país del Sol Naciente, sino que también ayudó a su modernización y desarrollo de una industria que antes no existía, tal como queda demostrado en su metraje). 
       Empero se trata de un trabajo de poca acción, lo mismo que escaso de aventura, desarrollándose todo de manera bastante lenta, de modo que para más de alguien puede ser un filme difícil de digerir y hasta aburrido; no obstante una cosa es que para muchos pueda ser no de su gusto (como en mi caso, si me permito ser sincero) y otra negarle sus muchas virtudes, que en todo caso estamos hablando un obra multipremiada, alabada por expertos y que más encima proviene de alguien de la talla del viejo maestro…
       La presencia de los aviones y su importancia para el argumento, como también la elección de contarnos a su manera esta historia por parte de su responsable, refleja una vez más su pasión por estos artefactos (tal como en Porco Rosso, si bien maquinarias de estas han salido en gran parte de su filmografía); pues ellos independientemente de su papel en la conflagración, son representados con gran belleza y al igual que sus constructores y pilotos, se les otorga una naturaleza que los encumbra por sobre el resto.
       Cabe mencionarse que su protagonista es un personaje real de la historia del Japón, Jirō Horikoshi, quien diseñó el más importante avión de la armada japonesa hasta aquellos años y con el cual esta participó en la Segunda Guerra Mundial en sus combates contra el enemigo, incluyendo el ataque a Pearl Harbor.   Pues tal como al menos es retratado en esta cinta, inspirado por el italiano Giovanni Caproni y sus aviones, siendo un niño se enamoró de estos aparatos y ello termina por llevarlo a convertirse en tan destacado hombre para su patria.  El italiano y Horikoshi nunca llegan a conocerse, no obstante en el mayor tono mágico de esta película, ambos logran conectarse a través de sus sueños y entablando a lo largo de los años, una amistad en la cual Caproni se convierte en uno de los maestros del protagonista; la mayor enseñanza que le deja el europeo al asiático, es que su talento no es algo para la guerra, sino que va más allá: la oportunidad para crear otro tipo de belleza, con máquinas que pueden otorgar al ser humano la oportunidad de volar (de este modo Miyasaki incorpora una vez más su discurso antibelicista, tal como antes lo pudimos ver en Nausicaä y La Princesa Mononoke y donde la guerra queda representada como algo atroz, que destruye tanto la naturaleza, como a nuestra humanidad).
         Siguiendo con la trama de esta obra, vemos además los problemas que tiene el joven ingeniero a la hora de llevar cabo su proyecto, ya sea en su propio país y con el estado militarista que había en aquel entonces, como en Alemania cuando se va a estudiar los avances en dicho campo por parte de los germanos.  Esta situación permite adentrarnos en lo que estaba pasando en aquel tiempo con ambos países, la crisis social, ideológica y espiritual de estas dos naciones que optaron en esa época por el belicismo y el imperialismo. Es así que en el caso de Japón, se muestra cómo al gobierno solo le interesa sacar provecho militar de los logros de Horikoshi y su equipo, algo que por supuesto para este no era de su gusto; en cambio con los alemanes se muestra su racismo incluso para con sus aliados, la paranoia que los embargaba y la oposición al régimen de Hitler, representada en la figura de un personaje bastante llamativo y de connotaciones casi sobrenaturales (destacables son los ojos con los que es dibujado, por completo distintos a los de los demás, con lo cual se acentúa su naturaleza especial).
        Pero no solo abarca  la vida profesional del protagonista este filme, sino que también la preciosa relación con su hermana pequeña, bastante estrecha y en particular su vida sentimental con la mujer a la que conoce en muy particulares circunstancias.  Tal como su fraternidad onírica con Caproni, el romance entre estos dos se extiende por años, en algo así como la idea del destino por cuanto ambos (ingeniero y amante), debían estar en la existencia de este para que se convirtiera en un hombre integral.  El amorío entre ambos comienza como algo casi idílico, aunque luego toma ribetes trágicos y que no obstante reafirma la nobleza de este y su calidad como persona extraordinaria.  Justamente algunos de los momentos más emotivos de la película, tienen que ver con la historia de amor entre Jirō y Naoko.
         La crítica que hace Miyasaki más que referirse de mala manera a sus conciudadanos y cómo se comportaron durante la Segunda Guerra Mundial (en especial el gobierno), es una invitación a la reflexión acerca de las oportunidades que tenemos para aprender de nuestros errores.  Pues queda patente el amor que tiene el director hacia su gente, lo que se puede observar cuando de manea tan visual se escenifica el terremoto de Kanto de 1923 y que pese al realismo con el que se representa, viene a dársele cierto cariz sobrenatural (dejaré a quienes no han visto el filme o no se hayan dado cuenta de ello, que reconozcan este detalle).   Teniendo en cuenta lo mencionado con anterioridad, luego de la catástrofe y sus devastadoras consecuencias, se presenta al pueblo japonés superando todo esto no solo con optimismo, sino que dando el ejemplo a la hora de seguir adelante.   Los japoneses en su mayoría son caracterizados como personas alegres, acostumbradas a apoyarse (a través del trabajo en equipo), respetuosas de los demás y laboriosos, todas ellas virtudes identificables a lo largo de esta película.

No es una fotografía, si no que una imagen de este filme en los momentos del terremoto.

        El papel del dolor (como una instancia para definir el carácter de las personas) y de la muerte, teniendo en cuenta la atmósfera más dramática de este título, toma también en este caso un papel destacado, algo que en otras cintas de Miyasaki apenas había sido esbozado.  En todo caso ello se representa de manera sutil, pues nunca se aleja del preciosismo propio de su autor, y dejando de lado lo melodramático, para contarnos una historia que si bien no es “infantil”, no pierde la estilización de los filmes del estudio Ghibli, que en general pretenden ser obras de corte familiar.
        Volviendo a los sueños de Horikoshi, tal como se mencionó más arriba, es durante sus escenas que podemos reconocer al Hayao Miyasaki maravilloso y que tantas imágenes hermosas nos ha regalado con sus otros trabajos.  Los simbolismos detrás de estos momentos, sus diálogos tan significativos y en especial el círculo que se abre con el primer sueño del protagonista y el último, nos devuelven a ese autor que pese a todo se echa de menos en el resto de esta obra.
         Jao Hisaishi, el colaborador musical habitual del director, vuelve a crear composiciones para su cine.  No obstante en esta ocasión pareciera no estar tan inspirado e incluso la canción de los créditos finales, tampoco resulta tan memorable como otros temas vocales para el cine de Miyasaki (bueno, quizás tendría que volver a ver la película o escuchar la banda sonora aparte, como para hacerme una idea más cabal al respecto). 

Una de las tantas preciosas escenas oníricas de este filme. 

martes, 1 de noviembre de 2016

Hayao Miyasaki y el Estudio Ghibli. Parte 9: Ponyo.


      Todo un clásico de la literatura maravillosa e infantil viene a ser el famoso cuento de Hans Christian Andersen La Sirenita, acerca de un ser de estas características (por supuesto que femenino), que se enamora de un humano de la superficie y desea convertirse en alguien como él para estar a su lado.  No todo el mundo ha leído el cuento original, pero sí maneja al menos la idea central de tal narración, quedándose con la imagen de la suavizada, pero entretenida versión animada de Disney, en la cual la protagonista se queda con su príncipe azul (al contrario del texto escrito que termina en tragedia).
      La historia recién mencionada es claramente una obra acerca del amor romántico, sobre los problemas de dos sujetos pertenecientes a dos mundos opuestos, que se aman pese a las tribulaciones que en un principio los separan; de este modo es una especie de reinterpretación, en plan “mágico” de la también célebre obra teatral de Romeo y Julieta de William Shakespeare.  Pues en 2008 el sensei Hayao Miyasaki estrenó su versión del texto de Andersen, titulado Ponyo en el Acantilado (de ahora en adelante, me referiré a esta cinta simplemente con el nombre de la coprotagonista, Ponyo).  Pues el cineasta japonés más bien se inspiró en la narración del europeo, que en hacer una copia nipona de esta, para contarnos un relato acerca de la estrecha amistad entre dos niños (una sirenita y un humano), del poder del amor que hay detrás de este importante lazo interpersonal y como siempre de entregarnos un precioso mensaje ecológico sobre el respeto y la admiración por la madre naturaleza (en especial el mar), entre otros aspectos a considerar en su guión.
      La criatura es una de las tantas hijas de un mago de las aguas y de nada menos que de la diosa femenina del océano, pero Ponyo se diferencia de sus hermanas por tener un espíritu inquieto e independiente, por lo que aprovecha un descuido de su padre para aventurarse por sí sola para llegar hasta las costas.  La sirenita más bien tiene forma de un pequeño pez con rostro más o menos humano, no obstante una vez que conoce a su amigo, Sosuke, su figura comienza a cambiar hasta tomar la forma humana.  Tanto el uno como el otro quedan encantados entre sí tras su encuentro, a tal punto que la pequeña decide enfrentarse a su sobreprotector padre (quien además no tiene una buena imagen de la humanidad), lo que gatilla el gran conflicto de este largometraje; no obstante como se trata del filme más orientado al público infantil de Miyasaki, desde la época de Mi Vecino Totoro, el tema de la oposición del padre a que su hija tome su propio rumbo, es abordado con humor y una gran cuota de ternura.  En todo caso Fujimoto, el padre, es alguien de buen corazón, razón por la cual como solo quiere lo mejor para su descendencia (la felicidad y la realización personal), hacia el final admite que no puede oponerse a algo tan puro, como el amor que existe entre los dos muchachos.
      El sentido de la familia, la relación entre padres e hijos, como también la que existe entre esposos, se encuentra presente por igual en el caso del niño.  Sus padres son cariñosos y son dichosos con lo que hacen: el padre trabaja en un barco en un cargo importante y la madre atiende a un grupo de adorables ancianitas en un centro para adultos mayores.  Ambos se presentan como progenitores benignos, que permiten que su unigénito sea alguien auténtico, sin coartar su individualidad, detalles esenciales para que el chico haya llegado a impactar tanto en Ponyo.
       En paralelo nos encontramos con una anciana, que en apariencia es la típica cascarrabias de su edad,  Toki, quien hasta posee unos rasgos duros en el rostro que la hacen parecer una vieja amargada; no obstante en realidad adora a Sosuke y se preocupa por él.  De hecho, resulta ser un detalle precioso del argumento, que pese a que las habitantes del asilo en su mayoría apenas pueden caminar y usan sillas de ruedas, son mujeres que no han perdido la capacidad de reír, ni el sentido de la admiración.  Por otro lado, el trato cariñoso que tienen el niño y su madre con este grupo de mujeres, sin dudas propio de una relación íntima, es un ejemplo más del tono optimista de esta cinta y que nos invita a tratarnos por sobre todo con consideración; asimismo ello se ve en el resto de los personajes que aquí aparecen, aunque sea por un breve tiempo: todos se tratan con respeto y amabilidad, por consiguiente todos se ven felices.
      Siendo que Ponyo y su padre (por no mencionar a su mamá) son seres ligados estrechamente a la naturaleza, y Sosuke y su familia viven en armonía con esta misma (respetando por sobre todo el mar), este filme comparte con muchos otros de su creador, la idea de que la única manera de que la humanidad pueda prevalecer es manteniendo su entorno natural protegido; por esta misma razón ambientándose la historia en un puerto, en general este sitio se ve limpio y sin la contaminación y fealdad que habitualmente encontramos en estos sitios.  Al respecto no se puede olvidar la figura de Grandmammare, la sabia deidad esposa de Fujimoto, quien se presenta como un ser hermoso, además de llegar al corazón de todos de una forma inolvidable (el encuentro entre las dos madres, la de Ponyo y la de Sosuke, es un breve momento inolvidable).
     La estética de esta obra sobresale dentro de otras de su autor, porque muchos de sus fondos recuerdan sin dudas las pinturas expresionistas de Vincent Van Goh.  Tampoco puede olvidarse la manera de cómo se muestra la fauna marina en este largometraje, con varias criaturas extrañas y otras prehistóricas, además de otras de fácil reconocimiento; en todo caso todos estos seres toman un cariz por completo pacífico, incluso los monstruitos creados por el mago para “rescatar” a su hijita.
      Dentro de las escenas más preciosas de este recomendable título, nos encontramos con el comienzo, cuando vemos a Fujimoto hacer uso de su magia en el fondo del mar y somos testigos de la graciosa escapada de Ponyo.  Luego nos encontramos con la carrera encima de las olas de la misma Ponyo, mientras sigue a Sosuke y a su madre que viajan en su auto, mientras se desata una increíble tormenta.  Hermoso, por igual, resulta ser el regalo que les hace el propio Fujimoto a las ancianitas.
       En lo que viene a ser el acompañamiento musical del siempre formidable Jao Hisaishi, el compositor habitual de estas películas, destaca su precioso tema de los créditos de apertura, con la voz de una soprano al más puro estilo lirico que ya oímos en trabajos suyos como La Princesa Mononoke.  De igual cabe mencionarse la canción con voces infantiles, recuerda a otras composiciones suyas, como el famoso tema de la ya mencionada Mi Vecino Totoro.
       En suma, con Ponyo nos encontramos con un filme para ver en familia, del gusto de grandes y chicos; en todo caso estos últimos resultan ser el público ideal, debido a su calidad artística, que se aleja de la violencia habitual y los rígidos estereotipos  a los que están acostumbrados los niños hoy en día ; por ejemplo, hay ausencia de villanos, porque la maldad no existe en esta obra, pero sí los malos entendidos y que bien pueden solucionarse (tal como deja claro el argumento) cuando existe buena voluntad entre todos y el amor prevalece por sobre los prejuicios.

lunes, 3 de octubre de 2016

Hayao Miyasaki y el Estudio Ghibli. Parte 8: El Castillo Ambulante.


      Corresponde a la única cinta de Hayao Miyasaki, cuyo guión no es completamente sacado de una idea original suya, si bien como siempre el libreto lo escribió él mismo.  Pues para esta preciosa cinta, sin duda una de sus mejores obras, compró los derechos de la novela de fantasía del mismo nombre de la autora británica Diana Wynne Jones.  Al respecto no hay que admirarse que Miyasaki haya optado por una obra extranjera, occidental más encima, para hacer un nuevo filme, puesto que basta con recordar otros trabajos suyos de clara ambientación europea (y fíjense en el detalle, nunca gringos).
     El filme que data del año 2004 y que ha ganado un montón de premios, así como el favor de la crítica y el público en todo el mundo, vuelve a abordar temas caros a la filmografía del director.  En primer lugar nos encontramos con una historia donde la magia resulta ser algo primordial, un elemento que para los personajes resulta ser “normal”, incluso para los humanos comunes y corrientes, quienes en el argumento tienen conciencia de la existencia de sujetos de grandes poderes y a los que respetan como también temen según sea el caso.  Por otro lado, una vez más hayamos a una protagonista femenina de gran peso, una mujer que no solo nos resulta entrañable, sino que debido a sus propias virtudes (valentía, modestia, dulzura y gran capacidad de amar, para perdonar y de resiliencia) sin vacilaciones puede considerarse entre las mejores heroínas de Miyasaki.
     No obstante esta vez podemos detenernos en el hecho de que Sophie, quien en realidad es la coprotagonista de la trama, a diferencia de sus predecesoras no es una niña, ni una adolescente.  Pues en esta ocasión estamos hablando de un adulto, alguien bastante joven eso sí, quien tan solo tiene dieciocho años.  Ello resulta ser una marca importante para el resto de la historia, ya que sin dudas se puede afirmar que uno de los temas de la cinta viene a ser el de la responsabilidad, con la cual los mayores llevamos nuestras decisiones y vidas; por lo tanto que tan temprano haya tomado las riendas de su existencia, la contrasta con otros personajes de este filme, que con más años a cuestas viven una ilusión que se convierte en su propio karma.  Lo anterior, debido a que las acciones tanto de Sophie como de otros dos personajes destacados (uno de ellos su coprotagonista), se presentan como las fuerzas que desencadenan consecuencias positivas o negativas, según la seriedad con la que toman sus propias decisiones.
     El otro personaje principal viene a ser el mago Howl, un apuesto y agradable (aunque solitario y con unos cuantos esqueletos en el armario) sujeto, cuyo destino se cruza con el de Sophie y entre quienes nace un inolvidable romance.  Desde Porco Rosso que no teníamos un amorío adulto entre los títulos de Miyasaki, no obstante en este caso el peso argumental se sostiene tanto en la dama como en el varón, puesto que los dos tienen la misma relevancia dentro de la trama.  Por otro lado, a diferencia de la historia del aviador, en esta ocasión nos encontramos con una historia de amor que logra conseguir la plenitud.  Todo esto es posible, solo gracias a la lucha que tiene uno de sus protagonistas, para que el otro pueda amar en realidad, dejando de lado las miserias que no le permiten ser feliz en realidad.  De este modo el romance se presenta como una manifestación del heroísmo, pues solo gracias a un amor de este calibre es posible salvar un alma condenada (he aquí el viejo tema de la “amante ángel” del romanticismo, donde solo un corazón puro puede redimir a quien no se encuentra en armonía consigo mismo y con los demás).
     Por otro lado, nos encontramos con la antagonista de todo esto, al menos durante la primera mitad del metraje y quien viene a ser la responsable de que la muchacha y el mago tengan un segundo encuentro que será decisivo para ambos, para quienes los rodean y para el mismo mundo en el que ellos viven.  La Bruja Calamidad (llamada así al menos en la versión para Latinoamérica), quien solo desea satisfacer sus propios apetitos y celosa por no poder tener el corazón de quien ama egoístamente, Howl, maldice a Sophie, porque esta sin proponérselo logró acaparar la atención del hechicero. Es así que la condena a convertirse en una anciana de más de ochenta años, razón por la cual la víctima decide abandonar secretamente su hogar para buscar un remedio para su mal.  Lo que ignora la Bruja, es que su gran acto de maldad al final provoca consecuencias que a ella misma terminan por alcanzarla, aunque de una forma inesperada, tanto para ella como para los demás personajes.
      En su viaje Sophie se encuentra con un extraño ser, un espantapájaros con vida e inteligencia propia, al cual le pone el nombre de Cabeza de Nabo y quien en agradecimiento porque ella lo rescató de una trampa en la que estaba, se convierte en un valioso amigo para ella.  De este modo la lleva hasta el castillo que le da el nombre a la cinta, una increíble construcción mágica ambulante y con aspecto entre mecánico y orgánico, que es el hogar de Howl y de otros dos llamativos personajes.  En ese sitio encuentra asilo y allí llega a conocer en profundidad a quien de luego llega a enamorarse, cambiando además la propia vida del hechicero para siempre.
      Los otros dos habitantes originales del castillo que acogen a la heroína, si bien a principios a regañadientes y luego terminan por adorarla en un muy emotivo desarrollo de las relaciones interpersonales, vienen a ser el demonio Calcifer y el niño aprendiz de mago Marco.  Calcifer tiene sus propios secretos (algunos que él mismo ignora) y se encuentra profundamente ligado a Howl; todo esto se revela de la manera más maravillosa hacia el intenso clímax, que sin dudas viene a ser uno de los dramatizados con mayor delicadeza y belleza, en todo lo que hemos visto de Hayao Miyasaki.  En cuanto a Marco, gracias a su figura queda en evidencia el aspecto más maternal de Sophie (preciosa viene a ser la escena en la que el pequeño, llorando, abraza a su amiga pidiéndole que no los deje).  El chico pese a sus talentos mágicos, no deja de ser un ejemplo realista de personaje infantil, tal cual otros retratados por Miyasaki con esta edad y que se alejan de los estereotipos o las caricaturas que los tratan con simpleza o como meros recursos humorísticos.
     Otros dos personajes entrañables aparecen en esta obra.  Por un lado tenemos a Madame Sulimann, una preciosa anciana que fue la maestra de Howl y a quien le recrimina que este haya seguido sus propios pasos, que ella considera lo han pervertido.  Esta mujer tiene un papel muy destacado en la guerra, que se está dando entre el país en el que vive los personajes y una nación vecina, así como también viene a ser esencial para el destino de su antiguo discípulo, el de Sophie y el de la propia Bruja Calamidad.  Luego de que esta última “desaparece” como la gran mala de la historia, Madame Sulimann se convierte en la supuesta otra antagonista, no obstante mucho más poderosa que la otra (aunque como mucho de lo que sucede con los personajes de este filme, su papel viene a romper con todo lo esperado en un argumento del género).   Luego tenemos al perro de Sulimann, Heen, otro ser mágico, mudo e inteligente (recordemos a Cabeza de Nabo), quien llega hasta Sophie como su espía y que al final decide quedarse con esta y con los demás.  La actitud del animal deja de manifiesto, que Sophie ha llegado a construir en el Castillo Ambulante una verdadera familia y donde se puede vivir de manera sencilla aunque feliz (todos son aceptados en este lugar, sin importar viejas rencillas, ni otras diferencias).
     
     Como ya se ha hablado acerca de la presencia del amor en el argumento, en especial en lo que se refiere al tema romántico, debe aclararse que en realidad este sentimiento impregna toda la cinta.  Pues el amor es el verdadero elemento “mágico” que puede subsanar todo mal.  Es así que Sophie no solo logra ganarse el corazón de Howl, salvándolo del hoyo en el que había caído, debido a su propio pecado de soberbia, sino que además consigue el aprecio de Cabeza de Nabo, Heen y Marco, además de ayudar a que la Bruja Calamidad consiga su propia redención.  De igual manera la grandeza de su corazón conmueve a Madame Sullimann, inspirándola para que acaba de una vez con los conflictos bélicos que asolan la zona.   Por otro lado, viene a ser el mismo amor que siente Sophie por Howl, el que la salva del hechizo perpetrado por su antigua enemiga (“El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable. El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie. No es orgulloso. No es grosero ni egoísta. No se enoja por cualquier cosa. No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho. No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad. El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo.” Primera Carta a los Corintios, capítulo 13, versículos 4 al 7).  
       Tal cual podemos encontrarnos en otros ejemplos de la filmografía de Hayao Miyasaki, El Castillo Ambulante se encuentra llena de momentos hermosos, filmados con un lirismo que bien dejan claro la calidad de su cine y que enaltecen el anime como una expresión artística de respeto.  Entre estas escenas claves (aparte de la ya mencionada, que incluye al niño Marco) podemos nombrar la subida por las escaleras entre Sophie y la Bruja Calamidad, para concertar una cita con Madame Sullimann, con el posterior castigo a la malvada hechicera (bastante gracioso todo ello, como dramático en su conclusión).  De igual manera tan solo el descanso que se dan Sophie, Marco y Cabeza de Nabo a las orillas de un bello lago, es una pieza de tal poesía visual, que sin dudas a más de uno debe sobrecogerlo; a su vez las palabras de agradecimiento de Sophie, por estar en dicho lugar, nos dan un ejemplo de cómo debemos apreciar lo que tenemos a nuestro alrededor.  El lamento de Howl por el cambio del color de su cabello, cuando Sophie por primera vez descubre las mañas de este y el sueño que tiene con posterioridad la protagonista, son otros ejemplos de la delicadeza del sensei para representar los trasfondos del corazón humano.  No obstante es el viaje al pasado que hace Sophie, que le permite conocer el secreto de Howl, quizás una de las escenas más sublimes de todo lo hecho por este artista japonés.
      Como en otras ocasiones la música de Jao Hisaishi, no puede ignorarse a la hora de apreciar esta película.  En esta ocasión compuso melodías que remiten a la época en la que transcurre esta historia y que nos rememoran un pasado hipotético, de un mundo pasado europeo del siglo XIX, en el que la magia sin dudas que existe. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

Hayao Miyasaki y el Estudio Ghibli. Parte 7: El Viaje de Chihiro.



    Comienzo mi post sobre este filme de 2001, diciendo que tengo un especial cariño por él, siendo además mi película favorita de todo el estudio Ghibli y, por supuesto, de su director Hayao Miyasaki.  Recuerdo que cuando supe de ella, que había ganado nada menos que el prestigioso Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín a la mejor película, de inmediato quise verla, pues ya conocía de sobra a su director gracias a todos los otros títulos a los que les he dedicado sus propias entradas en mi blog (además, hace rato que las tenía en el por entonces aún vigente formato del VHS). 
      Era una época en la cual Internet aún no se masificaba por acá y la única manera de conseguir este tipo de estrenos, que ni siquiera se pensaba en que fuesen estrenados en los cines nacionales, era a través de copias piratas en el mercado “informal”; cuando los DVD importados que llegaban por aquel entonces, eran o bien escasos o bien caros.   De este modo la primera versión que tuve de esta cinta, fue en el ya olvidado formato del VCD, alternativa barata de esos años para el DVD ¿La recuerdan? Y lo que significaba que las obras de más de una hora de duración, estuviesen contenidas en mínimos dos discos. 
     Luego para mi sorpresa, en un evento de anime que se hacía semanalmente en una sala de cine arte, exhibieron esta película que por entonces solo la conocía con su nombre en japonés, Sen to Chihiro, exhibida en su lengua original y subtitulada al castellano (tal como la tenía en digital para verla en casa).  Ante la oportunidad de apreciarla en pantalla grande, no dudé en repetírmela con una mejor calidad que la que yo poseía.  Fue una hermosa tarde otoñal de sábado, bastante fría, en que asistí a la función junto a mi querido amigo Marcelo López,  a la que nos acompañó además una amiga suya (cuyo nombre ni me acuerdo); todo esto fue antes de una junta de nuestro grupo de Acronía, razón por la cual recuerdo con mucha nostalgia esa ocasión.  Meses después como algo inaudito, la exhibieron comercialmente en mi país y esta vez doblada, de ahí a que se conociera acá como El Viaje de Chihiro.
      Con el tiempo me la conseguí en DVD pirata y ahora solo me falta comprármela en blu-ray original, para completar mi colección de Miyasaki en este formato (bueno, también me falta ver y tener El Viento se levanta, que no supe que existía hasta que comencé esta serie de entradas).
Así se llamó la película en su versión al inglés.
     Dejando de lado los recuerdos, me paso a contar de qué trata esta preciosa obra.   Chihiro es una niña común y corriente, que no destaca ni por una personalidad extraordinaria, ni por tener talentos sobresalientes, inteligencia o belleza; de hecho, incluso se puede decir que es una chica con bajo autoestima e infeliz, en especial porque se ve obligada a seguir a sus padres en el cambio de casa y que le significa dejar atrás a sus amistados y a todo el mundo que ya conoce (y que le dan seguridad).  Esta descripción de la protagonista, es posible hacerla en comparación con el resto de los personajes femeninos de Miyasaki, de otros filmes suyos, y con lo que se puede observar con su comportamiento en los primeros minutos de esta cinta (se queja todo el rato, se autoconpadece, etc.)  No obstante su vida da un giro de 180º, cuando sus padres se encuentran perdidos en lo que viene a ser su viaje al nuevo hogar, llegando a un bosque del que nada saben.  Pues en este lugar hay una especie de túnel y tras pasar por él, hayan un pueblo aparentemente deshabitado; aquí encuentran una especie de tiendas, donde hay todo tipo de suculenta comida, la que devoran sin vergüenza sus progenitores.  Lo que no tienen idea, es que las delicias pertenecen nada menos que a los dioses (quienes siguiendo con la teología sintoísta del director/guionista, una vez que aparecen en escena, corresponden claramente a manifestaciones de la naturaleza), por lo que han cometido sacrilegio y lo que por supuesto les traerá el correspondiente castigo.  Como la comida es preparada por la bruja Yubaba y su enorme corte de ayudantes no humanos, quienes trabajan atendiendo a las deidades en el “spa” que pertenece a la hechicera y donde van a vacacionar dichas entidades, le toca a Yubaba efectuar la condena.  Esta no puede ser más simbólica, ya que los convierte en cerdos carentes de todo uso de razón (cabe recordarse el amor del sensei por estos animales, si bien en este caso no poseen las connotaciones más o menos positivas de su cerdo más famoso: Porco Rosso).
     Mientras tanto la pequeña es testigo con horror de lo que le ha pasado a su familia y ante ello se va a la enorme casa de baños termales de Yubaba, para pedirle trabajo durante el periodo en el que trata de hacer lo posible, para hacer que sus mayores recobren la normalidad.  En todo esto es ayudada por Haku, un agradable chico cercano a su edad, quien trabaja para la bruja y el cual esconde más de un secreto, si bien se trata claramente de alguien que solo quiere lo mejor para la niña.  La horrible mujerona que viene a ser la bruja, accede a darle hospicio a la chiquilla, siempre y cuando esta se vuelva una de sus empleadas; no obstante como Yubaba es sin dudas un ser manipulador, le exige otra condición a la joven: robarle su nombre, con lo cual será su dueña hasta que ella misma acceda a liberarla de su encantamiento.  Es por esta razón que reduce el ideograma japonés de su nombre a la mínima expresión (algo intraducible en español), por lo que solo le queda ser conocida como Sen.  Teniendo en cuenta el valor que le dan a los nombres muchas culturas, los cuales para varios pueblos poseen connotaciones mágicas, al hacerse dueña de ello Yubaba, le quita su derecho de nacimiento y alma. 
    No obstante es a raíz de todo esto, de que se le ha negado su humanidad y debe valérselas siendo tan indefensa entre seres sobrenaturales, que la ahora llamada Sen, llegará a convertirse en una persona mucho más plena de lo que antes fue y encontrando con ello el verdadero valor de su corazón.   De este modo toda su odisea viene a ser no solo algo físico y místico, tras pasar del mundo terrenal al de los dioses, sino que también se constituye en el camino interior, que significa la iluminación personal, el crecimiento espiritual y la redención.  Por lo tanto la patética Chihiro, ahora Sen, del principio de esta película hasta llegar a su poética conclusión, ya no es la misma persona y eso es uno de los puntos más hermosos de este título: pues podemos llegar a ser mejores personas, tras aprender de las duras pruebas de la vida y, por otro lado, debemos saber que nunca estamos solos.
      Siendo que los personajes principales de esta preciosa historia son Sen y Haku, los secundarios se encuentran sin duda entre los más maravillosos y entrañables de buena parte de la filmografía del cineasta.   Teniendo en cuenta que Yubaba se muestra desde un principio como la “villana” de esta película (quien como luego quedará demostrado, sí es capaz de amar), destaca su impresionante figura monstruosa, como una mujer inmensa y gruesa, de gran cabeza con rasgos desproporcionados (especial atención a su gran nariz, tan característica de las vieja imágenes de las brujas narigonas y con verruga); es así que esta apariencia suya, representa sin dudas su corazón mezquino y, por supuesto, que infunde temor.  Debe saberse que su nombre está inspirado en un legendario personaje del folclor ruso, la ominosa bruja Baba Yaga.  Asimismo la malvada hechicera tiene su propio secreto: posee una hermana gemela, también una poderosa bruja, llamada Zeniba.  Pues la una es el opuesto de la otra, tal cual el reflejo en un espejo, ya que esta otra resulta ser una mujer dulce, sabia y sencilla, quien en vez de vivir en la opulencia de su gemela, prefiere hacerlo en una preciosa casita aislada en medio de un bosque.  No puede dejarse de mencionar cómo cambia la expresividad entre las dos hermanas, ya que mientras Yubaba evidencia su pobreza espiritual en sus duros rasgos, Zeniba encarna la dulzura de su ser en varios instantes de su intervención.
    
     Por otro lado, nos encontramos con el hijo de Yubaba, Bo, un inmenso bebé parlante que en un principio se muestra como el evidente vástago de su madre: un pequeño consentido y falto de empatía, quien solo piensa en su propia satisfacción, sin importarle los demás.  Este es acompañado por tres igualmente monstruosas y gargantuescas cabezas saltarinas mudas, supuestamente también de naturaleza agresiva, quienes lo cuidan; a ellos se les agrega un pájaro cuya cabeza es igual a la de Yubaba.  Pues cuando aparece su tía Zeniba, de quien Bo nada sabía de su existencia, molesta por sus berrinches lo transforma en un ratoncito mudo, pero con raciocinio y al pájaro lo convierte en un pajarillo.  Es entonces que así como Sen llega a tener su propia oportunidad de crecer, Bo y el ave llegan a tener su epifanía, al punto de que de ser sujetos desagradables, aprenden humildad y llegan a hacerse simpáticos (incluso sin tener que usar palabra alguna, algo que solo puede conseguir un maestro como Miyasaki, otorgándole esta humanidad a los personajes más inverosímiles).
     Luego nos encontramos con el personaje más famoso y carismático de este filme: Sin Cara.  Otro ser que pese a ser de igual manera mudo, no puede ser más expresivo, despertando en el espectador compasión ante su soledad y todo el proceso que pasa a lo largo de esta cinta: de ser un sujeto tímido y un paria entre los suyos, se vuelve alguien corrompido por las satisfacciones banales de la “fama”, ante su deseo de pertenencia y encontrar a alguien para quien ser necesario, hasta que nuevamente recobra la cordura (si bien gracias a la propia Sen)  De este modo Sin Cara viene a ser otro personaje que evoluciona, hasta encontrar su verdadero lugar en el mundo (y en todo esto, en la conversión de todos estos, un papel fundamental viene a ser nada menos que el amor, el que dignifica y los heroíza según corresponda). 
      Esta película quizás posea algunos de los momentos más hermosos y liricos del cine de Miyasaki para Ghibli, tanto en el plano argumental como en el estético (esto último, referido a los aspectos visuales).  De este modo se pueden mencionar la escena en la que Sen por fin logra desahogarse, tras pasar al mundo de los dioses, con lágrimas que le permiten comenzar a encontrar las fuerzas necesarias para sobrevivir en ese lugar; de igual manera resulta inolvidable cuando Sen debe socorrer a un dios acuático por su propia cuenta y las consecuencias que ello trae; lo mismo viene a suceder con la persecución de Sin Cara a la niña, ahora transformado en un monstruo; en el mismo tono, destaca el enfrentamiento entre Haku y la magia de Zeniba, con lo cual Sen descubre la verdadera apariencia de su amigo; la intimista visita a la casa de la propia Zeniba, resulta sin dudas bastante emotiva, en parte gracias a la cuota de ternura que le otorga la bruja buena a la trama, a la vida de Sen y a quienes la acompañan en su periplo.  Por último la liberación de Haku del hechizo de Yubaba, a más de uno de seguro debe sacarle una que otra lágrima (debo confesar que este momento vez que lo veo, me sobrecoge). 
      No se puede dejar de lado el detalle de la ambientación totalmente nipona de esta cinta, partiendo por la protagonista y sus padres, cuyos rostros orientales son propios de este pueblo, siendo además japoneses del mundo moderno y actual, lo que no es gratuito en lo que concierne al argumento.  Lo anterior queda declarado, porque cuando pisan la tierra sobrenatural, lo hacen en un sitio cuyas edificaciones son a la usanza del Japón tradicional, siendo que además sus habitantes visten con ropas costumbristas del país.  Esta oposición entre el Japón actual que ha olvidado sus raíces (recuérdese que los padres comen sin respeto alguno el banquete de los dioses) y el mundo ancestral y/o espiritual, convergen en la figura de Sen y quien solo logra salir de su miseria, cuando con su conducta hace suya toda esta experiencia por la que pasa.
   El final de todo si bien puede ser considerado como “feliz”, escapa a los convencionalismos hollywoodenses; pues se trata de un desenlace tal como nos tienen acostumbrados los fabulistas japoneses, con historias más grandes que la vida y sin caer en el discurso moralista facilista, sino que al contrario, invitándonos a la más honda reflexión.
      El bello espectáculo para los sentidos y el alma que viene a ser disfrutar esta joyita del cine, que es capaz de hacerse universal por los grandes temas que aborda y la belleza de sus imágenes, se completa una vez más con la música de Jao Hisaishi, quien desde los primeros segundos otorga esas melodías sublimes y que sus seguidores esperamos siempre en sus colaboraciones con Hayao Miyasaki. Por otra parte, la sentida canción de los créditos finales, cierra con bastante emotividad todo el viaje, por el cual hemos acompañado a Chihiro/Sen a largo de esta película.

Preciosa imagen del viaje hecho por Sen y sus compañeros para salvarle la vida a Haku.
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