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| Robert Sheckley. |
Hay bastantes Robert en el mundo de la llamada
“literatura de género”, como para hacer un buen listado con cada uno de ellos y
darse cuenta de que la ciencia ficción, el terror y la fantasía le deben
bastante a este nombre. Es así como
podemos mencionar entre estos autores, que han dejado sin duda una huella
indeleble en el arte de la narración, a autores ya célebres como lo son Robert Bloch (basta con mencionar su más famosa novela, Psycho, en la que se basó
la famosa película Psicosis de Alfred Hitchcock), Robert McCammon (igual que el
anterior, destacado novelista y cuentista de horror, entre cuyas obras se
encuentra El Buque de la Noche), Robert Jordan (creador de la extensa
saga de fantasía de La Rueda del Tiempo), Robert Heinlein (el cual junto con
Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, forma parte del triunvirato de escritores de la
Edad de Oro de la ciencia ficción más destacados y que a su vez escribió nada
menos que Odisea 2001, entre otros grandes títulos), Robert Howard (¿Quién no
conoce a su personaje más emblemático, Conan el Bárbaro?), Robert Silvenberg (uno
más con una extensa lista y un montón de premios), Robert J. Sawyer (cuyas
novelas del ciclo del Paralaje Neanderthal, son
hoy en día todo un referente en la ciencia ficción de los últimos años), mientras que en lengua castellana tenemos a mi compatriota Roberto Ampuero (si bien a diferencia de los anteriores, se destaca por ser autor de novelas policiales, siendo el creador del simpatiquísimo detective privado Cayetano Brulé)…Y
Robert Sheckley, a quien está
dedicada esta entrada. ¿Me falta alguien
más a quien mencionar?

Robert Sheckley fue lo que bien podría llamarse un artista prolífico y
apasionado por lo que hacía, al punto de que no solo escribió más de 100
novelas y cuentos; pues digno de admiración se dedicó a la escritura hasta su
último aliento, cuando cayó inconsciente sobre su máquina de escribir en
diciembre de 2005 y cuando en aquel entonces ya era un anciano de 77 años
(nació el 19 de julio de 1928 y falleció el 9 de diciembre de 2005). Su obra destaca mayormente en la narrativa
breve, ya que según los estudiosos de ella en los textos de mayor envergadura
como novelas, muchas veces no lograba manejar las tramas extendidas y
desarrollarlas a cabalidad. Pues si bien
a su haber existen varias novelas de su autoría, consideradas verdaderos
clásicos del género como
Trueque Mental, debido
justamente a su incapacidad para desarrollar
mejor el argumento de tal formato, tendía a contar estas historias a través de
acontecimientos episódicos y más bien propios del cuento. De este modo sus mejores relatos, se encuentran
en medio de su vasta producción dedicada
a dichos textos de menor extensión. Es
por esta misma razón que colegas suyos tan renombrados en la actualidad, como
Neil Gaiman, lo tienen entre sus maestros, en lo que a la cuentística se
refiere y al punto de que el inglés recién mencionado, incluso llegó a
dedicarle su libro
Objetos Frágiles y admitió en sus páginas que deseaba escribir
como él. Otra particularidad de su obra,
es la fuerte crítica social subyacente en ella, al más puro estilo de la sátira,
gracias al uso de un humor fino y a través del cual por medio de la virtud
extrapolativa de la ciencia ficción, el autor denunció los males del mundo
contemporáneo (abuso de poder, la corrupción, endiosamiento de la violencia,
etc.). Para sorpresa de muchos, pese a
su fama y trayectoria, que incluyó ser durante un tiempo director de la
prestigiosa revista de divulgación científica y también dedicada a la ciencia
ficción
Omni (la cual entrega anualmente un importante premio a las
obras de este tipo), este escritor nunca en vida recibió galardones norteamericanos
a diferencia de muchos de sus colegas; solo ya en el ocaso de su vida, se le
quiso dar un trofeo menor, el cual se negó a recibir por orgullo debido a la
ingratitud con la que se le trató. Por
otro lado, ya en las últimas décadas de su vida apenas fue considerado por las
editoriales gringas, siendo que con anterioridad aportó bastante en revistas
especializadas con sus cuentos y luego ya en el formato de la novela, gracias
al contrato con varias empresas del rubro; por lo tanto sus últimas dos obras
que datan de 2000 y 2001 respectivamente, solo vieron la luz de manera
profesional en Europa, continente donde sí se le tuvo en consideración
invitándolo a varias convenciones, sacando diversas publicaciones de sus
títulos en volúmenes compilatorios, como también otorgándole sus propios
premios. Otro aspecto a considerar en su
trabajo, son sus numerosas colaboraciones con otros escritores, ya sea tanto en
cuentos como en novelas, encontrándose títulos suyos junto a Harlan Ellison,
Roger Zelazny y Harry Harrison. En
cuanto a adaptaciones cinematográficas de sus textos, se puede mencionar
La
Décima Víctima (1965), basada en su cuento
La Séptima Víctima,
película que contó con actores cotizados
del momento como Marcelo Mastroianni y Ursula Andress; también cabe
recordar
Freejack (1992) con sir Anthony Hopkins y el astro del rock
Mick Jagger, sobre su novela
Inmortality, Inc.
Mañana
será así (1960) corresponde a la novela que hoy día me lleva a escribir
y cuyo nombre en inglés es por completo diferente a su traducción en la lengua
de Cervantes: The Status Civilization.
Texto breve que en castellano posee poco más de 200 páginas, se lee de
manera rápida gracias a su narración entretenida y que acapara la atención del
lector desde el principio, quien puede ocupar unas cuantas horas o a lo más
unos días en acabarlo. Trata sobre un
hombre al que condenan a vivir en un planeta prisión, alejado de la Tierra y
del cual según se dice no hay manera cómo escapar. Al protagonista le han borrado gran parte de
su memoria, quedando muy pocos rastros de ello, siendo que lo único de lo que
tiene certeza es que todo ha sido su castigo por haber matado a otra persona. El sitio al que llega en una nave junto a un
grupo de otros reclusos, no posee ni rejas, ni es una cárcel en el sentido
estricto de la palabra; pues la verdad sobre este mundo es que es gobernado por
los propios prisioneros, con un sistema de castas según el grado de criminalidad
de sus ciudadanos; a su vez la única manera de ascender socialmente en él, es
practicando los actos más atroces de la humanidad (en especial el
homicidio). No obstante por mucho que
uno suba en el escalafón social de Omega, siempre debe andar con cuidado,
puesto que solo unos pocos ostentan el verdadero poder y siempre hay quien
desea pisar a su prójimo para salir adelante.
Por lo tanto el protagonista debe aprender por su cuenta a sobrevivir en
su nuevo hogar y para su suerte no le resulta tan difícil, si bien desde un
principio demuestra no ser un criminal de sangre fría, a diferencia de la
mayoría de quienes lo rodean…Es en todo esto que el libro demuestra pertenecer
a aquellas historias sobre un hombre inocente y que de manera injusta se ve
obligado a vivir tras las rejas, lugar en el que conoce lo peor de sus
congéneres, pero donde igual es posible la existencia de algún tipo de lealtad
y amistad, como, por ende, de optar a las esperanzas.
“En Omega, la ley es suprema.
Oculta y revelada, sagrada y profana, la ley gobierna las acciones de todos los
ciudadanos, desde los más inferiores en lo inferior hasta los más altos de lo
alto. Sin la ley, no podría haber privilegios para aquellos, que hacen la ley;
por consiguiente la ley era absolutamente necesaria. Sin la ley y su austero
cumplimiento, Omega sería un tremendo caos en el cual los derechos del hombre
se extenderían tan sólo hasta donde y hasta lo que él personalmente pudiera
imponer. Esta anarquía significaría el final de la sociedad de Omega; y en
particular, significaría el final de aquellos ciudadanos decanos pertenecientes
a las clases gobernantes que habían ido aumentando de categoría, pero cuya
habilidad en el manejo de las armas había pasado hacía tiempo la cumbre.
Por consiguiente la ley era necesaria.
Pero Omega era también una sociedad
criminal, compuesta enteramente por individuos que habían roto las leyes en la
Tierra.
Era una sociedad que, en el análisis final,
daba importancia al esfuerzo individual. Era una sociedad en la que el rey era
el que infligía la ley; una sociedad en la que los crímenes no eran tan sólo
consentidos sino también admirados e incluso premiados. Una sociedad en la que
la desviación de las reglas era juzgada solamente en su grado dé éxito.
Y esto daba como resultado la paradoja de
una sociedad criminal con leyes absolutas que estaban hechas para ser rotas”.
Hasta
aquí la novela juega con este tipo de tramas, donde un antecedente literario de
gran calibre puede ser El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas; puesto que
en ambos casos se trata de un individuo extraordinario, quien demuestra su
valía de espíritu, aun cuando todo tendría que ir en su contra considerando sus
circunstancias. No obstante Sheckley
agrega un primer elemento nuevo en el argumento y que bien atiendo a temas
caros de la ciencia ficción, si bien simbolizan un aspecto más de nuestra
humanidad: la existencia de mutantes en el planeta, quienes viven alejados
(aunque no por completo) del resto de los habitantes de Omega. Estos sujetos representan al hombre condenado
a otro tipo de destierro, al que sufre en carne propia la incomprensión de los
demás por ser distinto, ya que la mayoría es incapaz de aceptar la diferencia
por simple intolerancia o miedo a la diversidad. Por supuesto que algunos de estos mutantes poseen
poderes, otro elemento destacable en este género literario y es así como al
menos uno de ellos, cumple un papel importante dentro del destino de nuestro
héroe. Uno de los diálogos entre uno de
estos y el personaje principal, es un ejemplo de la clara crítica que hace el
autor a la segregación social, considerando además que cuando fue escrita esta
obra, Estados Unidos estaba por pasar un periodo importante de revueltas,
debido a los conflictos con la minoría negra en sus tierras.

Entre
medio de todo esto, el protagonista se ve obligado a participar de un cruel
juego y donde se espera que todos sus participantes mueran. Es en este momento de la narración, en el
cual el autor se permite jugar con otra convención propia de estas obras: la
descripción de una flora y fauna extraterrestre, la cual resulta ser tanto
exótica, como también mortal para el ser humano. Luego entra en conocimiento de la existencia
de un grupo de personas, que desea desestabilizar el régimen del planeta, puesto
que no todos en él cumplen con el perfil
que en un principio se esperaba de sus habitantes. Es entonces que se revela la verdadera
identidad de esta segunda “minoría” del planeta, cuando además se evidencia otra
parte del discurso ácido del autor: pues ahora no solo son los distintos de
apariencia los relegados al ostracismo, sino que también todos aquellos que se
niegan a atenerse a los modelos preestablecidos de la mayoría (y todo esto
cobra mayor sentido, una vez que el protagonista descubre la verdad del origen
de Omega).
Hasta
lo mencionado, corresponde a lo que bien puede ser llamado como la primera
parte de la novela, la cual posee sus propias subdivisiones, según el
acontecimiento principal en el que se ve inmiscuido su protagonista. De este modo a lo largo de sus varios y
cortos capítulos, vamos conociendo a la par de Will Barrent, distintos detalles
acerca de la nueva vida en la que se encuentra.
Si el libro posee esta primera parte, que en todo caso no lleva nombre,
ni está separada de la siguiente de alguna forma más señalada, por supuesto que
entonces debe poseer una segunda y bien esta corresponde en cierta medida a la
otra mitad del libro. Pues el héroe debe
realizar un viaje del cual no sabe si conseguirá su objetivo y por ello mismo
una vez más su vida estará en peligro.
Es cuando el libro pasa de ser una novela “de cárcel” y aventuras, a
convertirse en otro tipo de historia y en la cual su autor no evade la
oportunidad de criticar ahora los sistemas ideológicos políticos y/o
gubernamentales, supuestamente perfectos, es decir, los totalitarismos y más si
se disfrazan con un aparente paternalismo por parte de sus líderes a la comunidad.
Así es como esta obra se convierte ahora en un exponente del subgénero
de la antiutopía, ya que el ex presidiario se encuentra con un nuevo mundo,
donde aparentemente todos son felices, puesto que han renunciado a su libre
albedrío y con ello a la oportunidad de disentir a gusto del resto (y por ende,
ser plenos mientras más se acerca uno a su propia idea de felicidad). Por tanto ahora la lucha es contra otro
sistema injusto, el cual si en apariencia pareciese ser benigno, ha estancado a
los seres humanos en su búsqueda de la verdadera prosperidad.
La
crítica social es fuerte en Mañana será así y en ella no salen
bien paradas las instituciones, a las cuales Sheckley denuncia en su defectos,
a la hora de controlar a la gente con mentiras y absurdos. No obstante esto lo hace como es su costumbre,
haciendo uso de la sátira y es así como uno de los momentos más hilarantes de
la novela, resulta ser cuando aparece un curioso personaje que encarna todo lo
ridículo y falso de la religión que profesan los habitantes de Omega:
“—El Mal —dijo el sacerdote,
después de haberse colocado confortablemente en el mejor sillón de Barrent— es
esa fuerza que llevamos dentro y que inspira a los hombres a realizar actos de
fuerza y resistencia. El culto al mal es esencialmente el culto a uno mismo y
por consiguiente el único culto verdadero. El mismo al que se adora es el ser
social ideal; el hombre está contento en su nicho en la sociedad, pero está
preparado para agarrar cualquier oportunidad que pueda servirle de avance; el
hombre que encuentra la muerte con dignidad, que mata sin sentir el vicio
degradante de la piedad. El Mal es cruel, puesto que esto es un reflejo
verídico del universo desamparado e insensato. El Mal es eterno e invariable,
aunque venga a nosotros en diversas formas de vida proteiforme.
— ¿Tomaría una copa de vino, Tío? —preguntó
Barrent.
— Gracias, es usted muy amable —respondió
Tío Ingemar—. ¿Cómo va el negocio?
— Bien. Algo flojo esta semana.
— La gente no se toma ya el mismo interés
en los venenos —dijo el sacerdote, bebiendo poco a poco la bebida que le había
ofrecido Barrent—. No es como cuando yo era un chiquillo, recién degradado y
trasladado desde la Tierra. Sin embargo, le estaba hablando del Mal.
—Sí, Tío.
—Adoramos al Mal —dijo Tío
Ingemar— en la personificación del Negro, ese espectro cornudo y horrible de
nuestros días y noches. En el Negro encontramos los siete pecados capitales, los
cuarenta crímenes y los ciento un delitos. No hay crimen que el Negro no haya
realizado, impecablemente, como corresponde a su naturaleza. Por consiguiente
nosotros seres imperfectos nos modelamos de acuerdo con sus perfecciones. Y a
veces, el Negro nos premia apareciéndose ante nosotros con la terrible belleza
de su encendida carne. Sí, Sobrino, en realidad yo he tenido el privilegio de
poder verle. Hace dos años apareció en el final de los Juegos y también se
apareció el año anterior”.
Considerando que el libro fue escrito y publicado en los albores de la
década de los sesenta, en plena Revolución de las Flores y del movimiento
hippie, se puede también destacar el papel que cumplen acá las drogas
alucinógenas, como un medio para realizar otro tipo de “viajes”, conseguir
cierto autoconocimiento, como por igual evadirse de la realidad. Tal como en otros momentos de la lectura, el
escritor describe la única experiencia de su personaje principal al respecto,
con una soltura narrativa que no deja de impresionar por su prosa y que aún en
medio de toda la imaginación de su ficción, donde una vez más se puede
encontrar el disfraz con el cual la ciencia ficción representa la realidad, que
todo resulta más que verosímil (en este caso, con el tema de la drogadicción y
el uso “institucionalizado” de estupefacientes).
Por
último, cabe detenerse en el nombre del planeta prisión, Omega (la última letra
del alfabeto griego y que a su vez representa la idea de “fin” o “término”), el
cual no puede estar mejor elegido para designar al último bastión de la
Humanidad y donde se supone están todos los parias de ella.