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domingo, 15 de noviembre de 2015

Ciencia ficción humorística llevada a su máxima expresión.


      Bien se puede decir que Trueque Mental (Mindswap, 1965) es la novela más famosa de su prolífico autor, Robert Sheckley, o al menos una de sus más populares.  Breve como el resto de sus títulos escritos en este formato, pues en español posee poco más de 200 páginas, es un librito lleno de las disparatadas aventuras de su protagonista por los más diversos mundos.   Asimismo su personaje central, un aburrido hombre de oficina, quien decide darse unas relajadas vacaciones usando una muy especial modalidad a la que puede acceder, realiza su periplo cambiando de un cuerpo a otro y todo esto gracias al huésped con el que ha hecho el trato respectivo.  Pues en los tiempos de este terrícola del futuro, se pueden conocer otros lugares y culturas, precisamente traspasando la conciencia de un organismo inteligente a otro, como quien intercambia la casa con alguien en las mismas condiciones.  De este modo el viaje realizado, los únicos límites que posee es hasta dónde quiera llegar la persona y hasta qué está dispuesto para vivir las más nuevas experiencias posibles (pues como era obvio, la mayoría de las veces el cuerpo que se da en préstamo, corresponde a una raza por completo rara y diferente para uno).  Esta misma característica del “trueque mental”, permite al autor jugar con su imaginación y crear para esta ocasión, las especies más curiosas con las que el lector se puede encontrar.
    Como se trata de una obra de Sheckley, el argumento central que en un colega suyo podría dar paso a una narración más “seria” y/o dramática, acá se transforma en el vehículo ideal para iniciar una serie de enredos, hechos inauditos, chistes y otros elementos habituales en los títulos propios del género de humor.  Pues apenas el protagonista llega al lugar que tenía destinado conocer (nada menos que Marte), se da cuenta que ha sido engañado y que asimismo debe recuperar su propio cuerpo, puesto que a partir de ahora su vida está en peligro tras la orden de “desalojo”; a menos que logre depositar su conciencia en otro “recipiente” que sirva para ello…Es así como comienza un salto a otro, en los más diversos organismos alienígenas.  Entremedio conoce a un detective privado al que contrata, a sabiendas que este nunca ha logrado resolver los casos que se le han entregado, trabaja como recolector de huevos de una criatura de la que ni sabe su apariencia, se ve obligado a llevar consigo una supuesta bomba que podría matarlo y hasta se llega a enamorar de la fémina más rara que podría llegar a conocer (el momento en que ambos amantes “trágicos” se conocen, sin vacilaciones resulta de lo más cómico).

    “— Qué posibilidades cree que tenemos de recuperar mi cuerpo? —Inmejorables —respondió el detective Urdorf—. Estoy convencido de que encontraremos su cuerpo muy pronto. De hecho, me atrevería a decir que tengo la seguridad de que lo conseguiremos. Y no lo digo basándome solo en su caso, del que todavía sé muy poco, sino en el análisis de las estadísticas con las que contamos.
     — ¿Y están a nuestro favor?       —preguntó Marvin.
     — Sin lugar a dudas. Tenga en cuenta que soy un detective cualificado, versado en los métodos más innovadores y con un índice de eficiencia triple A. No obstante, no he resuelto ni un solo caso en los cinco años que llevo en el cuerpo.            
     — ¿Ni uno? — Ni uno —afirmó Urdorf con convicción—. ¿No le parece interesante?
     — Sí, supongo —respondió Marvin—. Pero entonces, ¿eso significa que...?
     — Lo único que quiere decir —interrumpió el detective— es que una de las rachas de mala suerte más largas que he presenciado está a punto de romperse”.

     El libro tiene sus momentos, muchos de ellos capaces de hacer reír sin duda a uno, no obstante en ocasiones el paso de una situación a otra resulta demasiado rápido; ello implica un estilo distinto en la manera de narrar, que según cada uno podría tener un efecto agradable o no, por la manera de cómo Sheckley nos sorprende con tanta “locura” en la distintas permutaciones de la escritura.  Los cambios de escenario y modalidad narrativa, llegan a su punto máximo, cuando utilizando el lenguaje propio de la narrativa cortesana, el novelista hace que el viajero viva toda una aventura como si fuese un personaje salido de un título de antaño; quizás uno de los aspectos más hilarantes de ello sea la descripción, sin relevancia alguna, del ambiente en el que transcurren estos capítulos (amén del lenguaje tan estilizado y usado por quienes aquí aparecen).
      Luego de los capítulos que precian de ser los más “barrocos” del libro, en los cuales el lector llega a olvidarse de que el protagonista “habita” un cuerpo monstruoso y todo lo que lo rodea para nada es propio del mundo humano, el texto puede resultar poco ameno para bastante gente, pues ya no se trata de situaciones absurdas y paródicas, sino que por completo surrealistas… ¡En pocas palabras a partir de este momento el relato no tiene pies ni cabeza!  No obstante es cuando se llega a esta parte del libro, que el protagonista por fin consigue su objetivo, pero ello sucede de la manera más ilógica posible y apenas se entiende.
     Considerando su rápido comienzo, que consigue de inmediato el interés del público, todo lo que sucede luego y en tan pocas páginas, con algunos personajes y situaciones de lo más estrafalarios, el mencionado desenlace sin duda que puede decepcionar.  De este modo solo aquellos que hayan leído varios libros más de Sheckley, pueden afirmar con convicción si es en realidad esta obra merecedora de tantos elogios, incluso dentro de la vasta obra de su autor y que ha hecho que gente como el también destacado escritor de ciencia ficción Brian Aldiss, la haya elogiado tanto.   No es un texto de crítica social (a menos que se considere la presencia de los representante de la ley y el orden, aquí aparecidos, como una manera del escritor de burlarse de la ineptitud de sus símiles reales), sino que un mero divertimento, aunque no apto para todo el mundo.

     “— En serio, lo siento. Te estaría muy agradecido si pudieras traducirnos lo que dice.
      — Está bien —dijo el huevo de gánzer, aún malhumorado—. Dice que no te entiende.
      — ¿Ah, no? Pero si me he explicado bastante bien.
      — Él cree que no —aseguró el huevo de gánzer—. Más te vale usar la métrica si quieres que te comprenda.
      — ¿Yo? ¡Imposible! —dijo Marvin, sintiendo la repulsión típica de cualquier terrícola ante la sola idea de hablar en verso—. ¡No puedo! Otis, quizá tu...
      — ¡Ni hablar! —exclamó Otis, alarmado—. ¿Qué te crees que soy? ¿Un marica?”

jueves, 1 de octubre de 2015

Robert Sheckley, un autor clásico de ciencia ficción al que vale la pena conocer.

Robert Sheckley.

    Hay bastantes Robert en el mundo de la llamada “literatura de género”, como para hacer un buen listado con cada uno de ellos y darse cuenta de que la ciencia ficción, el terror y la fantasía le deben bastante a este nombre.  Es así como podemos mencionar entre estos autores, que han dejado sin duda una huella indeleble en el arte de la narración, a autores ya célebres como lo son Robert Bloch (basta con mencionar su más famosa novela, Psycho, en la que se basó la famosa película Psicosis de Alfred Hitchcock), Robert McCammon (igual que el anterior, destacado novelista y cuentista de horror, entre cuyas obras se encuentra El Buque de la Noche), Robert Jordan (creador de la extensa saga de fantasía de La Rueda del Tiempo), Robert Heinlein (el cual junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, forma parte del triunvirato de escritores de la Edad de Oro de la ciencia ficción más destacados y que a su vez escribió nada menos que Odisea 2001, entre otros grandes títulos), Robert Howard (¿Quién no conoce a su personaje más emblemático, Conan el Bárbaro?), Robert Silvenberg (uno más con una extensa lista y un montón de premios), Robert J. Sawyer (cuyas novelas del ciclo del Paralaje Neanderthal, son hoy en día todo un referente en la ciencia ficción de los últimos años), mientras que en lengua castellana tenemos a mi compatriota Roberto Ampuero (si bien a diferencia de los anteriores, se destaca por ser autor de novelas policiales, siendo el creador del simpatiquísimo detective privado Cayetano Brulé)…Y Robert Sheckley, a quien está dedicada esta entrada.  ¿Me falta alguien más a quien mencionar?
    
Robert Sheckley fue lo que bien podría llamarse un artista prolífico y apasionado por lo que hacía, al punto de que no solo escribió más de 100 novelas y cuentos; pues digno de admiración se dedicó a la escritura hasta su último aliento, cuando cayó inconsciente sobre su máquina de escribir en diciembre de 2005 y cuando en aquel entonces ya era un anciano de 77 años (nació el 19 de julio de 1928 y falleció el 9 de diciembre de 2005).   Su obra destaca mayormente en la narrativa breve, ya que según los estudiosos de ella en los textos de mayor envergadura como novelas, muchas veces no lograba manejar las tramas extendidas y desarrollarlas a cabalidad.  Pues si bien a su haber existen varias novelas de su autoría, consideradas verdaderos clásicos del género como Trueque Mental, debido justamente  a su incapacidad para desarrollar mejor el argumento de tal formato, tendía a contar estas historias a través de acontecimientos episódicos y más bien propios del cuento.  De este modo sus mejores relatos, se encuentran en medio de  su vasta producción dedicada a dichos textos de menor extensión.  Es por esta misma razón que colegas suyos tan renombrados en la actualidad, como Neil Gaiman, lo tienen entre sus maestros, en lo que a la cuentística se refiere y al punto de que el inglés recién mencionado, incluso llegó a dedicarle su libro Objetos Frágiles y admitió en sus páginas que deseaba escribir como él.   Otra particularidad de su obra, es la fuerte crítica social subyacente en ella, al más puro estilo de la sátira, gracias al uso de un humor fino y a través del cual por medio de la virtud extrapolativa de la ciencia ficción, el autor denunció los males del mundo contemporáneo (abuso de poder, la corrupción, endiosamiento de la violencia, etc.).    Para sorpresa de muchos, pese a su fama y trayectoria, que incluyó ser durante un tiempo director de la prestigiosa revista de divulgación científica y también dedicada a la ciencia ficción Omni (la cual entrega anualmente un importante premio a las obras de este tipo), este escritor nunca en vida recibió galardones norteamericanos a diferencia de muchos de sus colegas; solo ya en el ocaso de su vida, se le quiso dar un trofeo menor, el cual se negó a recibir por orgullo debido a la ingratitud con la que se le trató.  Por otro lado, ya en las últimas décadas de su vida apenas fue considerado por las editoriales gringas, siendo que con anterioridad aportó bastante en revistas especializadas con sus cuentos y luego ya en el formato de la novela, gracias al contrato con varias empresas del rubro; por lo tanto sus últimas dos obras que datan de 2000 y 2001 respectivamente, solo vieron la luz de manera profesional en Europa, continente donde sí se le tuvo en consideración invitándolo a varias convenciones, sacando diversas publicaciones de sus títulos en volúmenes compilatorios, como también otorgándole sus propios premios.  Otro aspecto a considerar en su trabajo, son sus numerosas colaboraciones con otros escritores, ya sea tanto en cuentos como en novelas, encontrándose títulos suyos junto a Harlan Ellison, Roger Zelazny y Harry Harrison.   En cuanto a adaptaciones cinematográficas de sus textos, se puede mencionar La Décima Víctima (1965), basada en su cuento La Séptima Víctima, película que contó con actores cotizados  del momento como Marcelo Mastroianni y Ursula Andress; también cabe recordar Freejack (1992) con sir Anthony Hopkins y el astro del rock Mick Jagger, sobre su novela Inmortality, Inc.
    Mañana será así (1960) corresponde a la novela que hoy día me lleva a escribir y cuyo nombre en inglés es por completo diferente a su traducción en la lengua de Cervantes: The Status Civilization.  Texto breve que en castellano posee poco más de 200 páginas, se lee de manera rápida gracias a su narración entretenida y que acapara la atención del lector desde el principio, quien puede ocupar unas cuantas horas o a lo más unos días en acabarlo.  Trata sobre un hombre al que condenan a vivir en un planeta prisión, alejado de la Tierra y del cual según se dice no hay manera cómo escapar.  Al protagonista le han borrado gran parte de su memoria, quedando muy pocos rastros de ello, siendo que lo único de lo que tiene certeza es que todo ha sido su castigo por haber matado a otra persona.  El sitio al que llega en una nave junto a un grupo de otros reclusos, no posee ni rejas, ni es una cárcel en el sentido estricto de la palabra; pues la verdad sobre este mundo es que es gobernado por los propios prisioneros, con un sistema de castas según el grado de criminalidad de sus ciudadanos; a su vez la única manera de ascender socialmente en él, es practicando los actos más atroces de la humanidad (en especial el homicidio).  No obstante por mucho que uno suba en el escalafón social de Omega, siempre debe andar con cuidado, puesto que solo unos pocos ostentan el verdadero poder y siempre hay quien desea pisar a su prójimo para salir adelante.  Por lo tanto el protagonista debe aprender por su cuenta a sobrevivir en su nuevo hogar y para su suerte no le resulta tan difícil, si bien desde un principio demuestra no ser un criminal de sangre fría, a diferencia de la mayoría de quienes lo rodean…Es en todo esto que el libro demuestra pertenecer a aquellas historias sobre un hombre inocente y que de manera injusta se ve obligado a vivir tras las rejas, lugar en el que conoce lo peor de sus congéneres, pero donde igual es posible la existencia de algún tipo de lealtad y amistad, como, por ende, de optar a las esperanzas. 

     “En Omega, la ley es suprema. Oculta y revelada, sagrada y profana, la ley gobierna las acciones de todos los ciudadanos, desde los más inferiores en lo inferior hasta los más altos de lo alto. Sin la ley, no podría haber privilegios para aquellos, que hacen la ley; por consiguiente la ley era absolutamente necesaria. Sin la ley y su austero cumplimiento, Omega sería un tremendo caos en el cual los derechos del hombre se extenderían tan sólo hasta donde y hasta lo que él personalmente pudiera imponer. Esta anarquía significaría el final de la sociedad de Omega; y en particular, significaría el final de aquellos ciudadanos decanos pertenecientes a las clases gobernantes que habían ido aumentando de categoría, pero cuya habilidad en el manejo de las armas había pasado hacía tiempo la cumbre.
    Por consiguiente la ley era necesaria.
    Pero Omega era también una sociedad criminal, compuesta enteramente por individuos que habían roto las leyes en la Tierra.
    Era una sociedad que, en el análisis final, daba importancia al esfuerzo individual. Era una sociedad en la que el rey era el que infligía la ley; una sociedad en la que los crímenes no eran tan sólo consentidos sino también admirados e incluso premiados. Una sociedad en la que la desviación de las reglas era juzgada solamente en su grado dé éxito.
    Y esto daba como resultado la paradoja de una sociedad criminal con leyes absolutas que estaban hechas para ser rotas”.

     Hasta aquí la novela juega con este tipo de tramas, donde un antecedente literario de gran calibre puede ser El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas; puesto que en ambos casos se trata de un individuo extraordinario, quien demuestra su valía de espíritu, aun cuando todo tendría que ir en su contra considerando sus circunstancias.  No obstante Sheckley agrega un primer elemento nuevo en el argumento y que bien atiendo a temas caros de la ciencia ficción, si bien simbolizan un aspecto más de nuestra humanidad: la existencia de mutantes en el planeta, quienes viven alejados (aunque no por completo) del resto de los habitantes de Omega.  Estos sujetos representan al hombre condenado a otro tipo de destierro, al que sufre en carne propia la incomprensión de los demás por ser distinto, ya que la mayoría es incapaz de aceptar la diferencia por simple intolerancia o miedo a la diversidad.  Por supuesto que algunos de estos mutantes poseen poderes, otro elemento destacable en este género literario y es así como al menos uno de ellos, cumple un papel importante dentro del destino de nuestro héroe.  Uno de los diálogos entre uno de estos y el personaje principal, es un ejemplo de la clara crítica que hace el autor a la segregación social, considerando además que cuando fue escrita esta obra, Estados Unidos estaba por pasar un periodo importante de revueltas, debido a los conflictos con la minoría negra en sus tierras.
   
Entre medio de todo esto, el protagonista se ve obligado a participar de un cruel juego y donde se espera que todos sus participantes mueran.  Es en este momento de la narración, en el cual el autor se permite jugar con otra convención propia de estas obras: la descripción de una flora y fauna extraterrestre, la cual resulta ser tanto exótica, como también mortal para el ser humano.   Luego entra en conocimiento de la existencia de un grupo de personas, que desea desestabilizar el régimen del planeta, puesto que no todos en él  cumplen con el perfil que en un principio se esperaba de sus habitantes.  Es entonces que se revela la verdadera identidad de esta segunda “minoría” del planeta, cuando además se evidencia otra parte del discurso ácido del autor: pues ahora no solo son los distintos de apariencia los relegados al ostracismo, sino que también todos aquellos que se niegan a atenerse a los modelos preestablecidos de la mayoría (y todo esto cobra mayor sentido, una vez que el protagonista descubre la verdad del origen de Omega).      
     Hasta lo mencionado, corresponde a lo que bien puede ser llamado como la primera parte de la novela, la cual posee sus propias subdivisiones, según el acontecimiento principal en el que se ve inmiscuido su protagonista.   De este modo a lo largo de sus varios y cortos capítulos, vamos conociendo a la par de Will Barrent, distintos detalles acerca de la nueva vida en la que se encuentra.  Si el libro posee esta primera parte, que en todo caso no lleva nombre, ni está separada de la siguiente de alguna forma más señalada, por supuesto que entonces debe poseer una segunda y bien esta corresponde en cierta medida a la otra mitad del libro.  Pues el héroe debe realizar un viaje del cual no sabe si conseguirá su objetivo y por ello mismo una vez más su vida estará en peligro.  Es cuando el libro pasa de ser una novela “de cárcel” y aventuras, a convertirse en otro tipo de historia y en la cual su autor no evade la oportunidad de criticar ahora los sistemas ideológicos políticos y/o gubernamentales, supuestamente perfectos, es decir, los totalitarismos y más si se disfrazan con un aparente paternalismo por parte de sus líderes a  la comunidad.  Así es como esta obra se convierte ahora en un exponente del subgénero de la antiutopía, ya que el ex presidiario se encuentra con un nuevo mundo, donde aparentemente todos son felices, puesto que han renunciado a su libre albedrío y con ello a la oportunidad de disentir a gusto del resto (y por ende, ser plenos mientras más se acerca uno a su propia idea de felicidad).  Por tanto ahora la lucha es contra otro sistema injusto, el cual si en apariencia pareciese ser benigno, ha estancado a los seres humanos en su búsqueda de la verdadera prosperidad. 
    La crítica social es fuerte en Mañana será así y en ella no salen bien paradas las instituciones, a las cuales Sheckley denuncia en su defectos, a la hora de controlar a la gente con mentiras y absurdos.  No obstante esto lo hace como es su costumbre, haciendo uso de la sátira y es así como uno de los momentos más hilarantes de la novela, resulta ser cuando aparece un curioso personaje que encarna todo lo ridículo y falso de la religión que profesan los habitantes de Omega:

    “—El Mal —dijo el sacerdote, después de haberse colocado confortablemente en el mejor sillón de Barrent— es esa fuerza que llevamos dentro y que inspira a los hombres a realizar actos de fuerza y resistencia. El culto al mal es esencialmente el culto a uno mismo y por consiguiente el único culto verdadero. El mismo al que se adora es el ser social ideal; el hombre está contento en su nicho en la sociedad, pero está preparado para agarrar cualquier oportunidad que pueda servirle de avance; el hombre que encuentra la muerte con dignidad, que mata sin sentir el vicio degradante de la piedad. El Mal es cruel, puesto que esto es un reflejo verídico del universo desamparado e insensato. El Mal es eterno e invariable, aunque venga a nosotros en diversas formas de vida proteiforme.
    — ¿Tomaría una copa de vino, Tío? —preguntó Barrent.
    — Gracias, es usted muy amable —respondió Tío Ingemar—. ¿Cómo va el negocio?
    — Bien. Algo flojo esta semana.
    — La gente no se toma ya el mismo interés en los venenos —dijo el sacerdote, bebiendo poco a poco la bebida que le había ofrecido Barrent—. No es como cuando yo era un chiquillo, recién degradado y trasladado desde la Tierra. Sin embargo, le estaba hablando del Mal.
—Sí, Tío.
—Adoramos al Mal —dijo Tío Ingemar— en la personificación del Negro, ese espectro cornudo y horrible de nuestros días y noches. En el Negro encontramos los siete pecados capitales, los cuarenta crímenes y los ciento un delitos. No hay crimen que el Negro no haya realizado, impecablemente, como corresponde a su naturaleza. Por consiguiente nosotros seres imperfectos nos modelamos de acuerdo con sus perfecciones. Y a veces, el Negro nos premia apareciéndose ante nosotros con la terrible belleza de su encendida carne. Sí, Sobrino, en realidad yo he tenido el privilegio de poder verle. Hace dos años apareció en el final de los Juegos y también se apareció el año anterior”.

    Considerando que el libro fue escrito y publicado en los albores de la década de los sesenta, en plena Revolución de las Flores y del movimiento hippie, se puede también destacar el papel que cumplen acá las drogas alucinógenas, como un medio para realizar otro tipo de “viajes”, conseguir cierto autoconocimiento, como por igual evadirse de la realidad.  Tal como en otros momentos de la lectura, el escritor describe la única experiencia de su personaje principal al respecto, con una soltura narrativa que no deja de impresionar por su prosa y que aún en medio de toda la imaginación de su ficción, donde una vez más se puede encontrar el disfraz con el cual la ciencia ficción representa la realidad, que todo resulta más que verosímil (en este caso, con el tema de la drogadicción y el uso “institucionalizado” de estupefacientes).
    Por último, cabe detenerse en el nombre del planeta prisión, Omega (la última letra del alfabeto griego y que a su vez representa la idea de “fin” o “término”), el cual no puede estar mejor elegido para designar al último bastión de la Humanidad y donde se supone están todos los parias de ella.  

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