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sábado, 15 de abril de 2017

Y pese al horror…el amor y la fe prevalecen por sobre todo.


      Cuando el mundo cristiano conmemora por estas fechas la Semana Santa, relacionada con la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, a más de algún creyente le podría resultar poco acertado de mi parte, un católico (aunque tampoco soy muy “pechoño” que digamos), haber escrito y subido en estos días un post acerca de El Exorcista.  Pues para buena parte de la gente, en especial de aquellos que se han quedado con las espantosas imágenes de la niña poseída del filme homónimo, se trata solo de una historia de espanto y en la que el demonio no deja de asomar su cuernuda cabeza, de modo que supuestamente nada tiene que ver con el tiempo de reflexión por el que estamos pasando…Y sin embargo les digo de corazón “¡Están equivocados!”, pues al hablar de estos títulos (tanto la novela como el filme), estamos en realidad frente a unas obras que no pueden ser más religiosas y que bajo los terribles acontecimientos que abordan, vienen a ser toda una glorificación al poder del amor y la fe, que sin dudas son virtudes capaces de superar con creces la presencia del mal más primigenio.
      Tengo recuerdos muy potentes relacionados con la película de William Friedkin, de 1973, sobre la novela de William Peter Blatty (nacido en 1928 y fallecido tan solo este mismo 2017, el 12 de enero).  No tenía ni 10 años de edad, cuando estrenaron (para variar con bastante atraso) la cinta en la televisión abierta acá en Chile.  Estábamos en los años ochenta y me vi varias veces el comercial en la tele (en este tiempo ni pensábamos en la palabra tráiler, que en la actualidad tanto se ocupa por los hispanoparlantes) y la imagen de la chica poseída que gritaba “¡Y yo soy el diablo!” con su rostro monstruoso, para luego vomitar un montón de asquerosidad verde (que deben saber era nada menos que puré de arvejas) por largo tiempo me siguió.  Por supuesto mis papás no me dejaron verla, no obstante deseos morbosos de niño me embargaban y una mañana llamé por teléfono al canal y le dije lo siguiente a la operadora que me atendió:
      - Quisiera pedir que dieran El Exorcista de día, para que los niños no nos asustemos y podamos verla.
      - Podría ser- Me contestó la operadora muy protocolar, quien de seguro estaba acostumbrada a estas infantiles peticiones.  Y con ello yo me quedé bastante tranquilo y feliz.
      También se me viene a la memoria que por aquellos días, le pregunté a una de mis profesoras qué era un exorcista, pues nunca antes me había encontrado con esa palabra.   Nunca voy a olvidar su respuesta:
      - Es una persona mala.- Todavía tengo la duda de si en realidad era alguien ignorante en el tema, que además el adjetivo que usó no podía ser más simplón o más bien no quería complicarse con algo que no le gustaba como para conversar o bien le parecía que no era algo para tratarlo con un alumno menor de edad (y quizás hasta pensaba que no le iba a entender).  Quién sabe, aunque a la luz de mi experiencia en la docencia, conozco a un montón de colegas que pecan de iletrados en muchas cosas.
     
Portada del libro que reproduce el afiche de la película.
    Creo que ya era un adulto cuando por fin pude ver el dichoso largometraje, en VHS. Con posterioridad gracias al reestreno, que venía con el “Corte del Director” y la cinta remasterizada, muy feliz me la repetí, dentro de un cine abarrotado y de noche, lo que disfruté más que nunca.  Recuerdo que me molesté mucho, cuando buena parte del auditorio se ponía a reír, luego de dar sus saltos en las butacas en más de una escena; una clara muestra de la incapacidad de las personas, para reconocer el real significado de una emoción tan intensa como el miedo.
     Publicada en 1971, trata en pocas palabras de una niña de 12 años, que es poseída por un demonio, razón por la cual la única manera de liberarse en cuerpo y alma de esta criatura, es teniendo un exorcismo.  No obstante el hecho de llevar a cabo este sacramento, tal como queda demostrado en el texto (tanto como en la película y en la vida real) no es algo de llegar y hacerlo, ya que muchos sacerdotes no creen en este tipo de procedimientos, pues supuestamente todo se trata de problemas psiquiátricos.  De este modo su argumento va más allá del acto de expulsar al invasor.  Es así que buena parte de texto aborda el dilema de aceptar que hay fuerzas extraordinarias en juego, tanto por parte de quienes rodean a la víctima, como por quienes llevarán a cabo el exorcismo.  Por otro lado, para que sea llevado a efecto el exorcismo, es requisito romper con los prejuicios que niegan la existencia de este mismo mundo espiritual…Y ello no es algo fácil entre personas de mente estrecha.
       Basada supuestamente en un caso verídico, del cual entró en conocimiento el autor, quien según contó supo había sido efectuado por un cura jesuita a una muchacha de la misma edad, su trama posee varios aspectos interesantes a tener presente:
       En primer lugar la familia que sufre este incidente, está solo compuesta por una madre separada y su hija, quienes viven junto a un matrimonio ya anciano, que trabajan para ambas y una joven secretaria que además hace de niñera de Regan, la chiquilla que se verá afectada.  El padre se encuentra en el extranjero y es una figura ausente.  Pese a todo madre e hija son felices, siendo la progenitora una destacada actriz y su retoño una preadolescente vivaz, que ha demostrado tener varias aptitudes intelectuales.  La separación de los padres a simple vista, podría parecer que fue lo llevó a que Regan desarrollara algún tipo de esquizofrenia e incluso personalidades múltiples; sin embargo tal como queda demostrado, la razón del mundo moderno es incapaz de dar respuestas y soluciones, a algo mucho más antiguo que la misma Humanidad. 
       Es así que solo gracias a la incondicionalidad de la matriarca, quien hasta antes de la tragedia no era una creyente, logra dar con la medicina efectiva para el mal que acosa a su pequeña.  De este modo Chris, la madre, es la primera de los dos personajes principales que deben sobrepasar su propia incredulidad, para aceptar lo que en realidad está sucediendo.  Tras ello se puede afirmar sin dudas, que gracias al amor de esta mujer, la chica tiene una verdadera oportunidad de salir adelante.  No obstante como todo buen progenitor, Chris debe pasar su propio infierno para velar por la felicidad de su descendencia, aun cuando ello signifique renunciar a varias cosas y a exponerse ella misma al peligro.
       Las tribulaciones de la actriz, poseen su reflejo en Karl, su empleado, quien vive algo parecido con su propia hija, ya adulta y drogadicta y a la cual pese a todo no ha abandonado.  Impactante viene a ser el hecho, de que aunque el mal de Regan sea “superior” al de la hija de Karl, el primero sea el único de los dos en superarse (pues en parte la niña no es responsable de lo que le ha pasado, mientras que en el otro caso, no estamos hablando de una víctima inocente, si no que de alguien que por sí mismo se haya en sus deplorables condiciones).  Lamentablemente esta línea argumental fue obviada de la película.
       Con respecto a la profesión de Ellen, atrae el hecho de que sea alguien de los medios de Hollywood, algo que pese al glamour de todo ello; puesto que pocas veces es abordado de esta manera, un protagonista con tales características en un drama de este estilo.  En todo caso debe saberse, que el escritor conocía bastante este medio, ya que era un connotado guionista de filmes para el cine estadounidense.  Pese a la fama que ostenta el personaje, se nos describe como alguien sin aires de diva, sencilla y muy amiga de sus amigos.  Tenerla a ella como una de las afectadas, nos demuestra que cualquiera puede pasar por el horror, ya sea el cotidiano como el sobrenatural, de modo que nunca estamos por completo seguros.  Pues solo la fuerza de nuestros corazones puede contra los males de este mundo (y el otro), algo que queda evidenciado en esta fémina y su contrapartida dentro de la obra.
La edición argentina más recordada
en esta parte del mundo...y la que yo poseo.
       Y es cuando debo hablar del padre Damien Karras, el más complejo de entre todos los personajes que aquí aparecen, si es que no además el más potente de todos ellos (rol que se juega con otro sacerdote jesuita, del cual ya me referiré dentro de poco).  Psiquiatra de profesión, es descrito como un hombre recio, guapo y varonil, deportista además, quien apenas tiene apariencia de miembro del clero (en contra de la imagen estereotipada que tienen muchos al respecto).  Y es justamente la sofisticación de este individuo, su peor debilidad, ya que el hombre pasa por una crisis de fe, a la que se le agrega la culpa por sentir que ha abandonado a su madre, la que vive casi en la indigencia, pese a sus visitas y a quien hace lo posible por ayudarla.  Es así que al cruzarse su camino con Chris y Regan, obtiene una nueva oportunidad para recuperar lo que ha perdido, ya que sin dudas los signos y presagios que se le ponen frente a los ojos, son algo que nadie debería negar (y menos un servidor de Dios).  
      El proceso de conversión por el que pasa este sujeto, quien se presenta tan humano en sus flaquezas y pese a ello viene a ser alguien carismático, resulta ser uno de los puntos fuertes de esta novela.  No podemos olvidar que estamos frente a un libro, que aborda con creces el tema de la fe y el papel que esta cumple en nuestra existencia (pues dicho don tal como expone la novela, viene a ser uno de los mayores elementos que nos da aliento para vivir, algo que queda demostrado acá no solo con Karras). 

      “Se acordaba de desahucios, de humillaciones, de haber vuelto a su casa con una novia de séptimo grado, para hallar a su madre revolviendo el cubo de la basura de la esquina, en espera de encontrar algo. Subió la escalera y abrió la puerta como si fuera una herida delicada. Olor a comida. A dulzaina podredumbre. Se acordaba de las visitas a mistress Choirelli en su pequeño apartamento con los dieciocho gatos. Se agarró a la barandilla y subió, vencido por un repentino cansancio, que se filtraba en su interior y que él sabía que provenía de un sentimiento de culpa.”

       Destacable además viene a ser el nombre de este personaje, sacado por supuesto de la figura de San Damián (en su versión al español), el sacerdote que por años vivió en la isla de Molokai (en Hawai, Estados Unidos), mártir que sucumbió al mismo flagelo de la lepra que asolaba en el lugar al que fue enviado para velar por esta colonia y que había sido convertida en un lugar donde mandaban a morir a los infectados con dicho mal, quienes se encontraban sometidos a la barbarie. Por supuesto que Karras guarda varios paralelos con el santo varón, ya que el tocayo de quien aparece en El Exorcista también pasó por su propia crisis de fe y obviamente el infierno en la tierra al que le tocó llegar, era una clara manifestación de las mismas fuerzas malignas que en esta obra está descritas de manera más sobrenatural (en el libro se hace mención directa al nombre del padre Karras).
     Asimismo está el padre Lankester Merrin, un sacerdote anciano también jesuita y quien viene a ser el personaje que abrió esta historia, en el prometedor Prólogo, ambientado en Irak del Norte.  El exótico y antiguo país que aquí se nos describe, nos muestra que en todo lugar el mal existe, pues Merrin en este sitio logra percibir su presencia, que sin dudas tal como postula la novela, es algo que va más allá del actuar egoísta de los hombres: existe un mal tan antiguo y puro, que contamina todo aquello que no tiene las defensas espirituales para oponérsele, el cual desea para sí todo aquello que es hermoso y puro, como Regan.
       A diferencia de Karras, Merrin es un hombre de fe inquebrantable, lo que en parte es el efecto de la misma sabiduría que dan los años.  No obstante también resulta significativo el hecho de que en su juventud, tal como se cuenta en esta obra, practicó un exorcismo en África; por ende, sus mismos nexos con el mundo de las tradiciones más ancestrales, le permite ver más allá del reducido campo científico, en el que se mueve su compañero Damien.  Tras el Prólogo, Merrin no vuelve a aparecer hasta poco antes del exorcismo y pesa a su larga ausencia en el relato, su figura no deja de ser atractiva, despertando en el lector simpatía.  Su llegada a la casa donde transcurren los acontecimientos, es descrita por la genial pluma de Blatty, de una manera más que sugerente, algo que en la misma película fue realizado con esmero.

      “Abrió la puerta, dejando sólo una rendija, y escudriñó en la oscuridad; una fina llovizna le salpicó los ojos. El ala del sombrero del hombre le oscurecía la cara.
      —Buenas noches. ¿Qué desea?
      — ¿Mistress MacNeil? -le llegó una voz desde las sombras, voz amable, refinada, pletórica.
      Cuando él hizo ademán de quitarse el sombrero, Chris le indicó que pasara, y luego, de repente, se encontró mirando aquellos ojos que la invadían, que brillaban inteligentes y cariñosamente comprensivos, con una serenidad que emanaba de su cuerpo y que la penetraba como un río de tibias aguas medicinales cuya fuente estaba en él y en algo más allá de él, cuyo fluir era contenido, pero impetuoso e interminable a la vez.
      —Soy el padre Merrin.”

      El cuarto o quinto personaje humano de importancia dentro de la novela (si no nos olvidamos de Regan, quien en todo caso durante casi toda la novela estuvo ausente, mientras su cuerpo era usado por una entidad maligna) corresponde al detective William Kinderman, quien lleva a cabo una investigación policial.  Pues una espantosa muerte, al parecer tiene relación con todo lo que está pasando.  Este es un hombre de salud precaria, en apariencia de pocas luces y que sin embargo también posee una inteligencia prodigiosa, a la que se le agregan una perspicacia y una labia, que lo vuelven alguien muy interesante.  Amable y amistoso, es un gran amante del cine.  Sus diálogos vienen a ser algunos de los momentos más agradables del libro.  Como representante de la ley humana, la cual en el mejor de los casos pretende el orden y la justicia, tal como la misma verdad de aquello que está vedado al resto de la gente (La verdad los hará libres, Juan 8:31), persigue lo mismo que los jesuitas, quienes representan un espectro más grande del bien.  Respecto a todo esto, cabe detenerse en que queda consignado que Kinderman es alguien de fe religiosa y en determinado momento del libro, también se hace sus cuestionamientos personales, aunque en su caso tienen que ver con lo que es realmente justo en este mundo; pues la justicia al menos en el sentido más trascendente de la palabra no es ciega y hay circunstancias que superan a la ley regulada por los hombres (como la misma que a él le toca vivir).  De este modo, Kinderman logra vislumbrar que hay una justicia mayor a la que él sirve como profesional.
      En contraposición a todos los de arriba, que sin dudas son personas virtuosas enfrentadas al mal en sus varias formas (sobrenatural y terrenal respectivamente), se encuentra el director de cine Burke Dennings, con quien trabaja Chris y el que es uno de sus amigos más queridos (resulta ambigua la relación en cuanto a si ambos son o fueron amantes, en determinado momento).  El tipo es un alcohólico, que abusa del lenguaje coprolálico y que en general resulta ser alguien difícil de llevar, debido a su personalidad grosera.  Pese a todo, tiene el afecto de la actriz, así como de la secretaria de esta.  En el filme además es representado como un hombre mucho mayor que la madre de Regan, cercano a los cincuenta (mal llevados eso sí) y poco atractivo, lo que acentúa su figura desagradable.  La incorporación a la trama de uno de estos genios artísticos, carentes de inteligencia emocional, es otra señal del conocimiento del autor del mundo de Hollywood; por otro lado, este sujeto viene a ser un ejemplo más de las variantes de la miseria humana (y bastante terrenal) y que podemos encontrar acá a la par de la presencia de lo demoniaco.
       En cuanto a los varios momentos en los que el diablo se manifiesta en la novela, todo comienza primero con pequeños detalles, como ruidos en la buhardilla y supuestamente producidos por ratas, supuestos terrores nocturnos por parte de Regan, cambios de humor en esta misma y groserías, hasta que la posesión se hace efectiva.  Una vez que el demonio toma por completo dominio de la chica, ello otorga a la lectura pasajes en realidad sorprendentes, los que son narrados con maestría.  Debe saberse al respecto, que el conocimiento popular y actual de los efectos de la posesión diabólica, se deben en gran parte al éxito de esta obra, ayudada por supuesto por el filme, que ha conseguido con los años asentarse en el inconsciente colectivo de las masas.

     “Al abrir la puerta, una vaharada de aire frío y hediondo hizo tambalearse a Karras. Karl se había acurrucado, en una silla, en un ángulo de la habitación. Vestido con cazadora color verde oliva, desteñida, volvióse, expectante, hacia Karras. Rápidamente, el jesuita dirigió la mirada al demonio. Los ojos, llameantes de furor, estaban fijos más allá, detrás de él, en el vestíbulo: en Merrin.
       Karras se adelantó, al tiempo que Merrin entraba lentamente, alto y erguido, hasta quedar al lado de la cama. Allí se detuvo y bajó la vista hacia el odio.
       Una reprimida quietud pesaba sobre el dormitorio. A continuación, Regan sacó su lengua negruzca, como de lobo, y se lamió los labios partidos e hinchados. El ruido era semejante al de una mano que alisa un pergamino arrugado.
       —Bueno, ¡orgullosa porquería! -rugió el demonio-. ¡Al fin! ¡Al fin has venido!
       El anciano sacerdote levantó una mano e hizo la señal de la cruz sobre la cama; luego repitió el gesto por toda la habitación. Volviéndose, quitó el corcho del frasco con el agua bendita.
       — ¡Ah, sí! ¡Ahora viene la orina sagrada! -exclamó el demonio con voz ronca.
      Merrin levantó el hisopo, y la cara del demonio se contrajo, lívida.
       — ¡Ah!, pero, ¿vas a hacerlo? -rugió-. “¿Vas a hacerlo?”
      Merrin empezó a agitar el hisopo. El demonio levantó violentamente la cabeza; la boca y los músculos del cuello le temblaban con furia.
      — ¡Sí, salpica! ¡Salpica, Merrin! ¡Empápanos! ¡Inúndanos en tu sudor!¡Tu sudor está santificado, San Merrin!
      —“¡Silencio! ¡Cállate!”
      Las palabras saltaron como dardos. Karras retrocedió y desvió la mirada hacia un lado, maravillado ante la firmeza de Merrin, que miraba a Regan de una manera fija y dominante. Y el demonio se calló. Le devolvió la mirada. Pero ahora los ojos eran vacilantes.”

      Un dato curioso y a la vez un detalle que quizás a muchos se le ha escapado, no así a quienes más se manejan en este tema, es que Regan antes de ser poseída gustaba de jugar con un tablero espiritista, también llamado Ouija.  Según el experto padre Gabriele Amorth, exorcista oficial de Roma, este tipo de objetos viene a ser uno de los medios que tienen los demonios para asolar a los incautos, razón por la cual no es recomendable usarlos.  Que haya aparecido este artilugio en el libro (y la película), demuestra el conocimiento profundo del escritor al respecto, quien investigó durante años para realizar un trabajo final con serios asideros en la realidad.  Es así que primero nos encontramos con una perspectiva desde la psiquiatría y de otras ramas de la medicina del tema (representada por todos los doctores que consulta Chris antes de pedir ayuda a la Iglesia y también por el racional padre Karras, antes de aceptar esta faceta del mundo espiritual);  y luego nos encontramos con la otra postura: la de la fe, que por increíble que parezca no comparten todos los miembros del clero católico, siendo por supuesto el padre Merrin su mejor exponente como verdadero creyente.
      No se puede dejar de lado los momentos de esta obra dedicados al satanismo y las llamadas Misas Negras, que son descritos como una señal monstruosa de la misma oscuridad, que abunda en el corazón de algunas personas.  Lo más terrible de todo esto, viene a ser que no se trata en esta ocasión de espíritus malignos; sino que de seres de carne y hueso, quienes odian todo lo que es sagrado y además cometen atroces crímenes en sus ritos, tales como profanación, violaciones y asesinato.
       Otro aspecto a valorar dentro de este libro, viene a ser el respeto y amor hacia la orden de los jesuitas, que se puede percibir en sus páginas y que se extiende en general hacia la Iglesia Católica.  Debe saberse que William P. Blatty estudió con los jesuitas desde muy pequeño y los conoció bastante bien como para poder retratarlos de una manera, que si bien los ensalza, no deja de mostrarlos con miembros del resto de la humanidad: capaces de reír y llorar como cualquiera, con temores y alegrías, además de necesidades y debilidades, tales como su aprecio por la amistad, el gusto por los cigarrillos (el padre Karras) y el amor por el conocimiento.


Trailer del Montaje del Director de El Exorcista.

       En 1973 se estrenó con gran éxito de crítica y de público la versión cinematográfica, que tal como ya se dijo más arriba fue dirigida por William Friedkin, siendo que además contó con el guión adaptado del propio Blatty (labor que le otorgó un Oscar).  Considerada una de las mejores cintas de la historia y no solo del género de terror, se trata de un largometraje que aún hoy en día provoca sobresaltos en su auditorio.  La calidad de este pieza del arte mundial, se debe además a las sobresalientes actuaciones de sus actores principales, entre los que destacan Ellen Bustyn como Chris, Jason Miller como el padre Karras y en especial la precoz Linda Blair en el papel de Regan (otra actriz infantil que se desperdició como tantas otras), además del ya veterano Max von Sydow haciendo del padre Merrin, uno de sus papeles más célebres.  No se pueden dejar de lado los efectos especiales mecánicos y de maquillaje, usados en el largometraje, bastante efectivos y que en su momento fueron innovadores.  De igual manera se debe destacar su fotografía, que no deja de hacernos creer estar frente a las fuerzas de la oscuridad, ya sea tanto en exteriores como en interiores, de día (en especial durante el prólogo en Irak) o de noche.  Con una escasa y/o paupérrima banda sonora original a cargo de Jack Nitzsche, en materia de temas musicales fue el uso de un fragmento de Campanas Tubulares del inglés Mike Oldfield, la composición que terminó por asentarse en la memoria de la gente como el gran tema musical de esta cinta.  En el año 2000 se reestrenó con 10 minutos más de metraje, siendo que la escena “nueva” más destacable que posee esta nueva edición, es la de Regan bajando la escalera de su casa y poseída, en lo que se llama la “escena de la araña”.
      No se puede dejar de lado otro detalle que deja claro el poder del séptimo arte para influenciar en las masas.  Y es que gracias a la película, la imagen del demonio Pazuzu que aparece una y otra vez en la cinta, ha quedado marcada como una inequívoca representación del mal.  Sobre esto y la impronta que ha dejado el filme El Exorcista, no se puede olvidar el homenaje/parodia aparecido en un episodio de la serie animada Futurama, donde sale un monstruo llamado justamente Pazuzu.

                                                   
                                                       Pazuzu en Futurama...¡Imperdible!

domingo, 10 de julio de 2016

¿Acaso la certeza de que existe el Diablo, puede probar que efectivamente Dios está por sobre todo lo demás?


     La película de 2005 El Exorcismo de Emily Rose, inspirada en uno de los pocos casos de posesión demoniaca documentados seriamente, dejó un mensaje que en mi caso particular me llegó bastante al corazón: El mal dentro de toda su villanía es una herramienta que nos permite darnos cuenta que existe un mundo más allá de lo tangible, pues si existe una fuerza maligna de corte sobrenatural, es porque obviamente posee su contrapartida, la del bien y bajo ella se encuentra la mismísima presencia de Dios, la que por supuesto es superior a la de cualquier manifestación espiritual negativa.  Por lo tanto es ante la certeza de que hay algo más allá de lo que nuestros pobres sentidos pueden apreciar, aún debido a la intervención de una fuerza maligna, que nuestra fe en el Creador puede reafirmarse más que nunca.
      No obstante llegar a tal certeza y/o revelación, aun cuando es una buena nueva abierta para quien quiera escuchar y ver, en el mundo actual no llega a ser atendida por todos y solo unos pocos logran (logramos) reconocer su verdad.  De este modo filmes como el arriba mencionado y el que ahora me inspira a escribir, solo por unos cuantos consiguen ser apreciados como obras de un marcado acento religioso (o al menos metafísico)…Mientras que para el resto solo se trata de una historia más de terror, hecha solamente para entretener y asustar.
      En el año 2013 se estrenó una nueva cinta por aquel entonces, que abordaba temas tan populares en el género de horror, como lo son las casas embrujadas, las posesiones demoniacas y la existencia de “detectives paranormales”, encargados de corregir los entuertos producidos por estas presencias incorpóreas malignas.   Basada en uno de los tantos casos estudiados del famoso matrimonio de investigadores de lo sobrenatural, de Lorraine y Ed Warrren, trató acerca de una familia que era acosada por la maldición de una bruja.  Titulada como El Conjuro, fue dirigida por el cineasta de origen malayo James Wan, quien desde su auspicioso debut en 2004 con el hoy del culto (y muy gore) título de Saw, que llegó a tener nada menos que seis secuelas (todas producidas por él mismo), ha llegado a hacerse una carrera respetable en el mundo del género fantástico; detrás además de otros largometrajes tan elogiados como Death Silence (2007) e Insidious (2010), ha logrado ser el seleccionado por DC para dirigir la esperada primera cinta sobre Acuaman, a debutar en 2018.
      Uno de los plus a la hora de apreciar esta película, viene a ser su reparto que tuvo entre sus  filas a todo un grupo de actores talentosos; es así que podemos hallar aquí a gente como Vera Farmiga y Patrick Wilson, haciendo de la pareja compuesta por los Warren, además de Lili Taylor (¡ìdola!) y Ron Livinston, como el otro matrimonio de la trama y a quienes junto a sus hijas les toca pasar por el acoso de un espíritu satánico.  Pues sin duda que la suma de todos estos, ayuda a que la atmósfera ominosa de una película “hecha a la antigua” se consiga con creces, ya que se afirma más en lo que sugiere y en el trabajo actoral de sus intérpretes, que en el abuso de efectos especiales y en la truculencia exagerada (estos últimos elementos tan sobrevalorados en el séptimo arte actual).  Por otro lado, incluso originó una precuela acerca de la siniestra muñeca Ananbelle (2014), aparecida al comienzo y que con solo unos minutos en pantalla, logró quedarse en la retina y la memoria del público, que pidió saber más sobre ella.
      Es así que considerando el éxito de la primera aventura para la pantalla grande de los Warren y que en el mundo real tuvieron varios casos más de interés, que este mismo año se realizó una secuela bajo el nombre de El Conjuro 2: El Poltergeist de Enfield.  Dirigida por el propio Wan, quien volvió a contar con la Farmiga y Wilson en los papeles estelares, trata sobre otra de las experiencias de esta pareja de exorcistas, demónologos y cazadores de fantasmas, quienes en esta ocasión se enfrentaron a un caso todavía mucho más tenebroso que el anterior.
     El largometraje parte con una declaración de la propia Lorraine Warren, bastante relevante para otorgarle su sentido a esta otra historia, ya que bajo sus palabras se pueden encontrar diversos aspectos significativos y que a lo largo de este texto se abordarán, aunque sin querer caer en el spoiler.   Las escenas de miedo, que incluyen un flashback sacado del filme anterior y otras que poseen connotaciones de premonición, sin duda que impactan por su intensidad dramática; es así que esta segunda parte llega a ser mucho más aterradora que su predecesora.
     Un detalle que bien puede llamar la atención para los conocedores del cine clásico del género, por cuanto además aquí se descubre el nexo real de los Warren con un célebre suceso tomado por Hollywood, viene a ser que el mismo comienzo del argumento parte en la casa conocida como Amitivylle y cuyas particulares ventanas pueden ser reconocidas por los espectadores más duchos al respecto.
     Luego de la introducción que de algún modo sigue los patrones de la primera película, nos enteramos de que para cumplir su rol como singulares “justicieros” del mundo sobrenatural, marido y mujer deben realizar un viaje hasta el otro lado del océano, a nada menos que Inglaterra (tierra de famosos entes sobrenaturales, según la tradición oral y literaria), para ayudar a otra familia que en este caso supuestamente sufre el yugo de la opresión de un fantasma.  El hecho de que la acción transcurra en un territorio que no sea el suyo, en una cultura hasta cierto punto diferente a la gringa, le otorga una arista aún más heroica a los protagonistas, por cuanto deben enfrentarse a otros inconvenientes que al parecer no habían tenido en el pasado.
      Si en la primera entrega de esta trilogía se nos mostraba a una familia “modelo”, compuesta por madre, padre e hijas como víctimas del mal, esta vez los oprimidos vienen a ser un grupo familiar que no solo ya no son estadounidenses típicos de “clase media”, sino que se trata de personas de recursos más humildes y que además ha pasado por la separación de sus progenitores, de modo que los pequeños viven solo junto a su esforzada madre; por otro lado, ahora los niños son de ambos sexos, a diferencia del matrimonio anterior que solo tenía hijas.  Considerando que en El Conjuro 1 y 2 son familias aquellos que deben recurrir al socorro de  los Warren (quienes forman otra comunidad con única hija incluida), se puede reconocer la relevancia que posee esta institución dentro de los filmes correspondientes.  Por otro lado, la amenaza bajo la cual se encuentran los Perron y los Hodson (las familias protagonistas de estas dos cintas), más los mismos Warren, al ser objetos de la atención de fuerzas siniestras, va muy de la mano con la creencia de que el mal busca minar toda manifestación de lo bueno que hay entre los seres humanos; de este modo, el guión de ambas obras deja clara la importancia de la familia unida para vencer todo tipo de inconvenientes, incluso aquellos de origen sobrenatural.
      Sumado a lo anterior, cabe destacar el papel que se le otorga a la fe misma, tanto en quienes confiamos, como en las convicciones religiosas.  Los propios Warren son sujetos de notoria religiosidad y además desde la película número uno, queda clara su relación con la Iglesia Católica, que los tiene como representantes laicos suyos oficiales ante fenómenos paranormales.  Lorraine tras sus visiones al comienzo de la cinta, se da cuenta que lo que quieren sus enemigos es socavar su propia fe en Dios, de tal modo a través de ella, así como de otros personajes, se representa la batalla espiritual en la cual están en juego las almas humanas, ya que se encuentran en medio de la eterna guerra entre el bien y el mal (si no basta con tener en cuenta el aspecto que toma aquí el demonio, para atentar contra la mujer y los suyos, burlándose de todo lo que es sagrado).  Al respecto, es que nuevamente queda declarado que el libre albedrío y la voluntad de permanecer firmes frente a la tentación, son algunas de las armas para derrotar a la oscuridad.
     Tal como ya se dijo en este texto, El Conjuro 2 supera a su antecesora, consiguiendo más de una vez atemorizar al público (y ello independientemente de si este es creyente o no).  Sin duda hay imágenes y escenas memorables, efectivas y donde el uso de una fotografía cuidada, más unos efectos sonoros aterradores, ayudan a crear la sensación de ser testigos de un episodio de la vida real en verdad sombrío.  A su vez posee una leve cuota de humor que no entorpece el lado más serio de su trama.  La dirección de arte vuelve a estar soberbia a la hora de transportarnos a los recordados años setenta, esforzándose más todavía por el hecho de que la mayor parte del metraje transcurre en los típicos barrios ingleses, tan conocidos gracias a tantas películas y seriales.  El único aspecto eso sí que podría haber mejorado, podría ser el de su poca inspirada banda sonora, que de nuevo corrió a cargo de Joseph Bishara, quien para nada consigue hacerle honor al resto de los profesionales, que trabajaron en esta más que recomendable película.

domingo, 9 de junio de 2013

La historia de terror como un medio para ilustrar el corazón humano.


      Existe la equivocada idea (bastante prejuiciosa por cierto) de que la literatura de terror, el cine de este género, las seriales y los cómics de este tipo corresponden a historias que solo pretenden asustar, sin mayor contenido que violencia gráfica y morbo; incluso se les ha tildado de obras que incitan a la criminalidad y hasta al satanismo con tanto personaje de naturaleza maligna.  Lo anterior corresponde a una lectura pueril y desinformada, de modo que el que hace dicha crítica se encuentra enceguecido por una postura puritana y apenas se ha preocupado de ahondar en los temas presentes de dichas tramas, como también en la caracterización de sus personajes.
     El elemento terrorífico data desde la tradición oral de los mitos y las leyendas en todas las culturas y épocas; de este modo la fascinación por lo siniestro ha ido formando parte de nuestra tradición como sociedad e inconciente colectivo, producto esto de la dualidad entre curiosidad y temor por lo extraño, como por lo desconocido.  Así es cómo tras el paso de la literatura oral a la escrita, numerosos han sido los fabuladores que se han interesado en recoger en sus textos los distintos tipos de personajes propios de estas narraciones, tales como fantasmas, demonios, duendes, vampiros, hombres lobos y zombies; a su vez han ido adaptando a los tiempos venideros este tipo de criaturas bajo la imagen de mutantes, extraterrestres y otras criaturas como la imaginación permita usar y recrear.   Todos estos seres ligados al miedo debido a su particular naturaleza,  representan a su manera distintos aspectos de nuestra propia humanidad: así el vampiro es una proyección del deseo de la inmortalidad, en otras palabras, de la soberbia por sobre las propias debilidades humanas; el hombre lobo es un símbolo del bestialismo destructor que llevamos dentro; el zombie corresponde a la irracionalidad avasallante en especial de las masas consumistas e ignorantes…y los demonios, pues bien, tienen relación con algunos de los aspectos más retorcidos de nuestra mortalidad, como además son el cúmulo del temor a todo aquello que pueda escapar al control que podamos tener al alero de la ciencia y la protección de la fe religiosa (bien existen otros monstruos por ahí que nos atemorizan, pero todos estos a la larga no son otra cosa que manifestaciones de las tantas debilidades humanas).
     Desde la Antigüedad, en las historias de más añeja tradición, personajes heroicos se enfrentan a este tipo de seres malignos, haciendo uso tanto de su valentía, ingenio y, muy importante, del poder de la luz que les entregan sus convicciones religiosas; estas últimas les permiten discernir entre lo bueno y lo malo.  Así es cómo estos personajes arquetípicos tales como Hércules, Simbad el marino, el Rey Arturo, el Mio Cid y muchos más, logran derrotar a lo siniestro gracias a todo lo positivo que existe dentro de ellos, ya que a su vez estos individuos extraordinarios representan lo mejor de sus propias comunidades.  Luego la literatura heredera de esta tradición maravillosa, fantástica y épica se nutrió de tales elementos para llegar a contar historias en las cuales la lucha entre el bien y el mal se repetía una y otra vez; numerosos relatos, donde la mayoría de las veces los protagonistas contaban con su virtud para derrotar a tanto enemigo.  Por ende, se puede demostrar que tanto los relatos de tradición oral, como los escritos clásicos y contemporáneos no carecen de un profundo sentido valórico e incluso religioso (en otras palabras, es solo cuestión de saber mirar hacia dónde se dirige la historia y apreciar la características del conflicto y la personalidades de sus protagonistas para comprobar lo expuesto arriba).
    Teniendo en cuenta todo lo anterior, podemos detenernos en un filme de terror que aún dentro de su aspecto más ominoso y efectista, bien exuda un fuerte sentido religioso; donde además el tema de la fe religiosa cobra un papel destacado, para mostrarnos cómo ésta es esencial en la vida de los seres humanos: me estoy refiriendo a la película El Exorcismo de Emily Rose de Scott Derrickson, que data del año 2005 y se encuentra inspirada levemente en un caso real de la década de los setenta en Alemania.
      El filme cuenta del exorcismo practicado a una joven universitaria que termina con la espantosa muerte de la poseída, razón por la cual el sacerdote quien le practica dicho rito, es acusado de asesinato por negligencia y encarcelado; no obstante una exitosa abogada agnóstica es designada por su bufete para defenderlo.  Es entonces cuando la mujer al conocer al hombre de fe y comenzar a investigar, como a su vez durante sus conversaciones con éste, inicia lo que Joseph Campbell llama un viaje espiritual; todo esto la transformará en una mujer distinta, luego de que obtenga sus propias experiencias con el mundo de lo sobrenatural.
    
Uno de los momentos más impactantes de esta lograda cinta.
El sacerdote interpretado con una humanidad increíble por el inglés Tom Wilkinson (quien tiene a su haber tantas grandes películas en papeles de diversa índole, pudiendo desenvolverse en todos los géneros con gran solvencia y credibilidad), responde a la imagen que todo creyente desea de su cura: un hombre sabio en el conocimiento de sus propios defectos, pero que en su afán de servicio público es capaz de sobrepasar su propia fragilidad humana, sin dudar en llegar al sacrificio personal.  De este modo la cinta se detiene en la figura de esta persona, quien enfrentada a las fuerzas demoníacas pone en juego no solo su libertad, si no que su propia cordura y, lo que es más importante para él y todo practicante, su alma.  Uno de los detalles más significativos a lo largo del largometraje, resulta ser cuando se muestra al sacerdote como alguien humano tal cual el resto de la gente y que no vacila en demostrar su miedo frente al grave peligro al que se enfrenta (esto es cuando el mismo mal al que combate sin dudarlo, se le manifiesta con el objetivo de minar su fe); no obstante siempre se ayuda de sus creencias, las cuales le entregan las herramientas para recuperar el coraje que le permitan sobreponerse ante cualquier amenaza ya sea física, como espiritual.   
     La coprotagonista (bajo el trabajo de la increíble actriz Laura Linney, quien logra completarse muy bien con el ya mencionado Wilkinson), se muestra en un principio como la típica profesional eficiente en su rubro, deseosa de seguir escalando en la carrera por más poder: alguien inteligente, autosuficiente y osada.  Así es como dentro de su propio mundo, la seguridad que le otorga su oficio, en el cual los límites están claros bajo la mirada de la moderna sociedad occidental, entra en quiebre cuando: primero, se ve obligada a defender una causa en la que no cree (cabe recordar que no es una persona religiosa); y, segundo, cuando poco a poco comienza a adentrarse dentro de un terreno en el cual no es una experta y que la remece a tal punto, que llega a aceptar dentro de su vida la posibilidad de que existen fuerzas que se encuentran por sobre nuestras cabezas.
     Jennifer Carpenter fue quien asombró al público en su papel de la atribulada Emily Rose, siendo este el papel que la hizo famosa antes de su rol en la celebrada serie de televisión Dexter.   Siguiendo la tradición religiosa católica, la película la muestra como a una muchacha con connotaciones de santa, razón por la cual es la indicada para ser atacada por las huestes demoníacas para socavar su fe y ganar la posesión de su alma.  Es entonces que la casi principiante actriz logra demostrar su talento en las impactantes escenas de posesión y donde haciendo uso de su propia habilidad física para contorsionarse y deformar su bello rostro, no dejar impertérrito al espectador.
    Por último, dentro de los personajes importantes de esta obra, se encuentra la presencia del abogado acusador, quien acá está a cargo de un también convincente (aunque envejecido) Campbell Scott.  Éste como el sacerdote en tela de juicio, es un hombre religioso, pero no cristiano católico, si no evangélico, de modo que su fe (y sexo) lo diferencia en una primera instancia con la agnóstica abogada defensora.  No obstante el dogma de este individuo se basa en un paradigma mucho más racional que el hasta cierto punto místico catolicismo; de este modo en el filme se contrastan ambas maneras de vivir el cristianismo (uno más racional y el otro apoyado en la fuerte creencia de la existencia de un sustrato de connotaciones sobrenaturales y que bien pueden manifestarse dentro de nuestra realidad).
Scott Derickson el director.
     Teniendo en cuenta a los 4 personajes en los que se apoya el argumento, para contarnos una trama que se mueve tanto dentro de los terrenos de los filmes de juicios (donde los abogados se muestran como modernos héroes y defensores de la verdad y los inocentes) y del terror de carácter religioso y sobrenatural, resulta más que evidente que El Exorcismo de Emily Rose es una cinta que no ceja en abordar el papel que cumple la fe dentro de la moderna sociedad contemporánea; todo ello, puesto que como se logra mostrar en esta historia, los personajes femeninos ya mencionados llegan a un punto de su encrucijada en el cual deben elegir qué hacer con sus propias creencias y todo a partir de sus particulares experiencias: por ende, el acto de aceptar la preeminencia del mundo espiritual en sus vidas, las convierte en proyecciones de la lucha continua al respecto en los corazones de millones de personas a lo largo del mundo.
      Por lo tanto al hablarse de un largometraje que entre otros aspectos gira en torno a la posibilidad de que existe una dimensión de corte sobrenatural, idea que se contrapone a una más racionalista (que pretende ser objetiva), el guión hecho por el mismo director juega con el principio de incertidumbre frente a qué sucedió en realidad: ¿Estuvo poseída o no Emily Rose por fuerzas demoníacas o fue una víctima más de las supuestas creencias retrogradas? Frente a este último punto, si fuese así, su párroco sería culpable de la muerte de una jovencita claramente influenciable.   Es entonces que durante el juicio llevado a cabo en la cinta, se dramatizan ambas posibilidades, de modo que sean no solo los personajes, si no que también el público, quienes decidan qué verdad aceptar en su interior.  Si bien la misma película opta por mostrar que lo sobrenatural sí estuvo presente, gracias los diálogos y las reacciones de los protagonistas, se ha dado ya la entrada para que el debate sobre la calidad de la fe sea puesta en el tapete.   En este sentido cobra una gran relevancia el testimonio especializado que entrega durante el juicio una profesional universitaria, quien expone una interesante teoría científica sobre la veracidad de la experiencia religiosa esotérica.
      Considerando además que se está frente a una película de horror actual, el director no vacila en provocar angustia en su público, con escenas que alternan entre lo sutil y lo gráfico cuando se trata de ilustrar la presencia de lo diabólico (y en efecto lo consigue, pues su trabajo bien logra hacernos creer que lo hemos percibido, ya sea como testigos, como protagonistas).  Cuando Emily Rose es atacada por el mal, lo mismo que sucede con los personajes del sacerdote y la abogada, la película logra crear una sensación de indefensión tal que con solo pequeños detalles, que bien es posible que más de un sobresalto sea provocado en quien vea la cinta (como cuando aparecen sombras fantasmagóricas y se da una explicación sobre cuál es la verdadera “hora de las brujas”).  En cuanto a cuando se lleva a cabo el exorcismo mismo y Emily se haya poseída por completo, la efectividad de su representación supera al de un montón de películas del género que se jactan de sus presupuestos millonarios y de hacer uso de los efectos más aparatosos a su disposición (en este sentido, son los efectos sonoros y la misma actuación tan física de la Carpenter los que se “roban la película”, consiguiendo algunos de los instantes más aterradores de la filmografía mundial).
     Poco antes de sus créditos finales, la cinta termina con los típicos textos haciendo referencia a qué sucedió con los personajes de la supuesta historia real en la que se basó; esto resulta ser un artilugio dentro de la ficción misma para darle verosimilitud tal a la trama, a tal punto que una historia de este tipo bien pueda llegar a ser considerada como algo posible (aun cuando el caso original que la inspiró difiere bastante de lo mostrado en el filme).  Claramente cualquier persona de convicciones cercanas a lo expuesto por el director y los actores, no pondría en duda la veracidad de este tipo de eventos.
     Por último, la escena en la cual se escenifica el sueño/visión de la atormentada Emily Rose deja de manifiesto la concepción providencialista de muchas creencias religiosas, consistente en la noción de que Dios y las fuerzas divinas intervienen directamente en la vida de los seres humanos.  A su vez la mano divina se presenta en otro significativo momento del filme.  Es en este sentido, que cuando Scott Derrickson muestra con tal sublimidad el especial encuentro de Emily Rose con las fuerzas del bien, que la cinta otorga un mensaje de esperanza en medio de un mundo en el que pareciera que la fe religiosa se ha extinguido.

La inolvidable escena del exorcismo final de Emily Rose.

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