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Mi "rival" era joven y algo rubio y me recordaba a Ricardo, un compañero que tuve en la Media. Con él estaba su novia, una hermosa chica de pelo largo. Este me ofreció al llegar al destino unos dos panes hechos por él, que uno era redondo y chiquitito (del tamaño de mi puño) y se veía suculento, pero me lo guardaba, porque pensaba que podía estar envenenado.
Entré al dormitorio en el que duermo a escoger uno de los dos sables que tengo en mi colección, los que estaban sobre una repisa. Uno era muy corto para mi gusto y la "hoja" no lograba mantenerse grande (estas son plegables en los juguetes que tengo). A la otra no le prendía la luz y/o no sonaba bien. En cambio, la de mi contrincante era estupenda.
Yo le rogaba a una deidad, que no estoy seguro de si era Dios, que me funcionara una de mis dos pertenencias y tomaba de la repisa la vieja Biblia Latinoamericana de tapa burdeo, que tuve por décadas desde mi juventud como asistente activo a la Iglesia, pero que hace un par de años se la regalé a mi sobrinito Bruno, a pedido suyo. No obstante, el tomo se me cayó y la tapa se rompió en varios fragmentos. La dejé sobre la cama, mientras esperaba que el milagro de que me funcionara una de mis armas de juguete se realizara.
Me había puesto encima una especie de capa Jedi negra, como hecha de bolsa de plástico para la basura. Estaba toda arrugada y llena de polvo.
Entonces llegó Ema, la hija-michi "menor" de mi pololo Edgar y mi regalona de las dos gatitas que posee. Venía a hacerme compañía y ella mismo me lo dijo, subiéndose a mi hombro para consolarme por la desesperación en la que estaba; también me preguntó si estaba bien ubicada, que le costó un poco subir debido a la mugre de mi prenda. Pero yo estaba feliz por la lealtad de la minina, a la que tanto adoro.
Por alguna razón quería ir a una fonda, en este caso, a un centro donde al aire libre hay varios locales de comida y bebestibles chilenos aprovechando la celebración de Fiestas Patrias (el también llamado 18 de septiembre). Iba solo y en el camino, que creo iba volando y muy rápido, veía unas construcciones grandes de color gris, de cemento o concreto (algún material similar) que sostenían un ferrocarril tipo "metro", que recorría la ciudad por sobre el nivel del suelo. El paisaje era monótono, con feas construcciones para la gente, en las cuales poco color había.
Llegué hasta donde se amontonaban las casas y edificios con tanta falta de elegancia y/o sentido del arte, conversando con la gente de allí, que igual era amable, preguntándoles cómo llegar a mi destino. Entre estas personas había un grupo de niños, que uno de ellos era un simpático alumno que tengo (Cristóbal es su nombre), quien me advirtió de un grupo de malhechores del lugar, que avasayaban a los lugareños, exigiéndoles dinero, sino los mataban. Uno de ellos había muerto y le harían un funeral "narco", para lo cual le pedían a los pobladores un "aporte" en dinero y así honrar al caído. Cristóbal me advirtió que tuviera cuidado con ellos y que desembolsara cierta suma si no quería morir. Al rato los vi llegar, con unos trajes tipo bomberos y unas máscaras de gas (contemplarlos con esa indumentaria, me pareció una falta de respeto a los buenos bomberos). Una mujer con dicho equipo, aunque mostrando su rostro, cobraba el tributo; de esta pude ver en sus ojos la vergüenza que pasaba al hacer esto, pues la estaban obligando a ello. No obstante, saqué mi billetera y me di algo de plata.
Al rato seguí mi camino y esta vez era evidente que volaba usando solo el impulso de mi propio cuerpo. Así fue cómo me encontré con otro tipo de delincuentes, unos que también podían surcar el aire, aunque usando una especie de armadura que manejaban para ello, la cual dejaba al descubierto buena parte de su cuerpo (se parecían al aparato que ocupa Orion de los Nuevos Dioses, personaje de DC Comics). Uno de ellos llevaba una especie de indumentaria tipo Conan el Bárbaro, incluyendo pelo largo y casco con cuernos. Yo me escondía de ellos entre las columnas, que sostenían el susodicho tren suspendido a metros del suelo, mirándolos con odio y pensado en atacarlos usando rayos de mis ojos, parecidos a los de Superman, que sabía poseía.
No obstante, no hubo pelea y tampoco llegué a la fonda. En cambio, me vine al colegio donde trabajo este año y allí me entrevisté con la Inspectora General (una señora que me desagrada bastante) y quién amablemente me preguntó cómo me había ido, a lo que le dije que mal, debido a los delincuentes con los que me encontré.


