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miércoles, 14 de agosto de 2019

Historia Real y Ficticia en una novela de Rivera Letelier.


1. El libro.

      En el transcurso de la primera mitad del siglo XX, apareció en Chile la figura del llamado Cristo del Elqui, un personaje curioso de connotaciones mesiánicas, que anduvo vagando por el país y dando su prédica religiosa, con lo que no le faltaron adeptos, ni detractores. Desconocido por muchos de sus compatriotas, el autor lo rescató del olvido con su curiosa estampa, para aprovechar de regresar al viejo mundo de la pampa salitrera (escenario y tema recurrente en su obra) y seguir con su presentación personal de la chilenidad.
     Publicada por primera vez en 2010 ganadora del primer lugar del Premio Alfaguara de Novela (en el que compitió usando un pseudónimo), no solo tiene de protagonista a este llamativo sujeto, sino que lo hace unirse a un personaje por completo de su creación: Madalena Mercado, en quien rescata a un leiv motiv tradicional en la literatura y al que ya había utilizado en su libro, tal vez más famoso (La Reina Isabel cantaba Rancheras), y que viene a ser nada menos que la prostituta de buen corazón.
      El texto abarca la llegada del coprotagonista masculino a la paupérrima oficina salitrera de La Piojo, lugar en el cual se encuentran muchos de los más humildes entre los calicheros y sus familias. Allí vive quien se supone tendría que ser su compañera ideal, para realizar su peregrinación evangelizadora, una extraña mezcla entre puta y beata devota de la Virgen del Carmen. Es así que el hombre debe hacer lo que pueda para convencerla de irse con él, pese a la resistencia de los solteros del lugar que la adoran y de otros pormenores a los que tendrá que enfrentarse.

2. Características de la novela.

      Como es habitual en la narrativa del autor, nos encontramos con la ambientación y descripción del mundo de las salitreras del norte de Chile, tan bien delineado por alguien que las conoció en carne propia durante su juventud. De este modo sus personajes típicos, entre trabajadores, dueñas de casa, comerciantes, gringos y otros deambulan una vez más a través de sus páginas, enseñándonos su cultura, tradiciones y lenguaje. Pero, además, en este caso concreto el artista regresa a la narrativa histórica, luego de su primer acercamiento en Santa María de las Flores Negras (sobre la infame matanza de la Escuela Pública de Santa María), para usar como vehículo de su historia al ya mencionado Cristo del Elqui.
       El humor no deja de estar presente en este título, que dentro de la idiosincrasia nacional no falta la picardía y en especial aquella relacionada con el terreno sexual. Caba recordar que uno de los dos personajes principales es una prostituta, así que muchas de las situaciones más jocosas, extrañas e incluso surrealistas tienen relación con ella...y con el mismo misionero, quien pese a sus delirios religiosos y humildad no ha perdido su libido. 
      Agarrándonos de lo dicho más arriba, a lo largo del libro suceden algunos eventos extraordinarios, que si bien no corresponden al mundo sobrenatural, sí irrumpen dentro de la cotidianidad no quebrándola, pero sí como una confirmación de que situaciones como una cama en plena pampa descubierta y dentro de ella la puta beata atendiendo a sus "feligreses", son propias de un clima surrealista. Tampoco hay que olvidar las excentricidades del profeta, con sus actos más desfachatados, la verdad, que representa mucho de la fe y el llamado sincretismo religioso, habituales no solo en los sectores más populares de nuestro país.
       El texto sirve además para referirse a las injusticias sociales, donde los oprimidos son los muchas veces ignorantes obreros, sometidos acá al régimen de sus jefes y tan lejanos a ellos como los mismos extranjeros dueños de los recursos naturales y que como vampiros llegan a adueñarse de las tierras allende al mar. Es así que donde hay solidaridad, fraternidad y esperanza entre los más pobres, entre los privilegiados vemos a personas carentes de empatía y, casi de forma maniquea, ninguno de ellos logra mostrar algún ápice de humanidad (ni siquiera el único sacerdote católico del lugar, un tipo con más de un esqueleto en el armario).
       Retomando al personaje del padre Sigfrido (llamado como el héroe mitológico vikingo...y del cual nada tiene en comparación), la fe institucionalizada no sale bien frente al carisma popular del Cristo del Elqui. De este modo, donde hay calor humano y esperanza entre gente como el misionero y la puta beata, así como entre la gente sencilla que cree en el Cristo del Elqui, la Iglesia se ve como una organización lejana al pueblo y preocupada por el qué dirán (si no solo queda recordar, la carta del Cardenal Caro, otro personaje histórico chileno, que pone de cita el autor al comienzo del libro y que puede ser interpretada como otra intolerancia al fervor popular).
       Como tal vez ya habrá quedado claro más arriba, nos encontramos por igual con un fuerte componente dramático en esta obra, que no solo tiene que ver con la dureza a la que se enfrenta la gente de la pampa (muchas veces llevada por medio de engaños a este lugar, tal como da testimonio el narrador), si no que por medio de ciertos flashbacks dedicados a Madalena. La risa y la diversión solo son parte de nuestra vida, que detrás de cada uno de nosotros hay una historia digna de ser contada, muchas veces con hiel de por medio; por esto mismo, incluso alguien tan estrafalario como la "puta beata", merece nuestra atención más allá de la curiosidad, que nos puede provocar en una primera instancia.
       Al parecer (que por mucho que me guste cómo escribe el autor, no he leído tanto de él, si bien tengo aún guardaditos como 5 libros suyos más esperándome) las narraciones de Rivera Letelier forman parte de un mundo compartido. Ello se hace comprensible, si se tiene en cuenta que todas sus obras o la mayoría de ellas, transcurren en la pampa salitrera. De este modo en el tomo que hoy nos reúne, aparece uno de sus personajes previos, el vendedor de pájaros que fue introducido en Mi Nombre es Malarrosa y que luego tuvo su propia aventura titulada tal como su actividad mercantil; asimismo, se menciona a la protagonista del anterior volumen citado.

 

3. El nombre del libro.

      Un título llamativo como este, en una primera instancia puede confundir al lector, cuando al principio de la novela se narra la supuesta resurrección de un obrero por parte del protagonista. No obstante, la razón de su nombre más bien corresponde a un simbolismo, si se considera lo que sucede en ella.
      Tras una serie de eventos que los marcaron en su niñez, tanto el llamado Cristo del Elqui como también Madalena Mercado, se "reinventaron" para seguir con sus vidas y de ese modo pudieron darle un sentido a esta, llegando además a volverse importantes para un gran grupo de personas. Es así que en un lugar tan agreste, como la pampa salitrera, ellos y sus feligreses no solo deben aprender a sobrevivir, si no que levantarse de entre sus miserias ("resucitar" metafóricamente) para ojalá mantenerse estoicos, frente a los avatares de la vida y entre medio tocar en parte la idea de la felicidad.

4. Personajes.

* El Cristo del Elqui: Nacido como Domingo Zárate Vega, es con quien parte esta obra, un sujeto por completo ave raris y quien, en todo caso, no es el único de su especie que protagoniza esta obra, que en la literatura del escritor y en la vida misma siempre habrán personas como él (y en especial si se considera a ciertos líderes religiosos o fanáticos como él, por lo general verdaderos locos).
      El creador lo retrata en apariencia tal y como sale en las fotos que se conservan de él: barba y cabelleras largas y desgreñadas, vistiendo una prenda única negra tipo sotana y calzando sandalias hechas de neumático por él mismo...Su apariencia austera, en su caso, no resulta ser una mera pantalla y es que en verdad este hombre lleva una vida de trashumante sin deseos de vanagloria, ni algún tipo de poder; que solo le interesa compartir con la gente su doctrina de salvación. De espíritu amable, posee una lengua de oro, que uno no se esperaría en un tipo de orígenes humildes como este y alejado de los bienes terrenales (bueno, autodidactas como él y maestros del idioma abundan, tal como el mismo Rivera Letelier), manejando la Biblia con claro conocimiento de esta y dando sus máximas con gentileza, algunas en verdad ciertas y otras graciosas debido a la ignorancia detrás de ella y que, sin embargo, llega a decir con tanta convicción; a lo último, se suman sus conocimientos sobre hierbas medicinales, que el lector se pregunta cuáles son ciertos y cuáles carentes de real sentido científico (y cabe mencionar que este tipo de creencias, bien forman parte de la tradición popular que tanto busca representar el escritor). Llama la atención y cómico resulta ser, el atractivo que despierta en muchas mujeres este hombre, tan desaliñado y que, no obstante, tiene que ver con la obsesión de la gente por las figuras de poder.
      Frente a su carácter extraordinario y personalidad que pese a su sencillez logra conseguir el aprecio de muchos, resulta ser no solo común en muchas cosas, sino hasta vulgar (aunque nunca con malicia). Su complejidad como iluminado, loco y sujeto tan terrenal en sus costumbres, lo convierte en alguien entrañable para el lector.

* Madalena Mercado: Su nombre le hace creer al peregrino que es la mujer ideal para tener de discípula y apoyo en su cruzada evangelizadora, que bien le recuerda a la Magdalena del Nuevo Testamento, quien antes de convertirse fue una persona de "vida licenciosa" y luego gran devota de Cristo. Pero el llamado Cristo del Elqui también la quiere para satisfacer sus deseos sexuales, que es la única gran debilidad que tiene. 
      La única prostituta de La Piojo, demuestra poseer un gran corazón y es querida por sus llamados "feligreses". Cuando llega hasta ella quien la desea como compañera, no le niega sus atenciones como creyente y como mujer, si bien esta tiene su propio objetivo y ello se hace saber en la novela como una de sus revelaciones más impactantes.

* Don Anónimo: Con este se completa una especie de trinidad, formada por tres individuos de personalidad estrafalaria y cuyos destinos se unen por un tiempo para contarnos una historia inolvidable.
       Corresponde este a un anciano (a menos que me equivoque, nunca llegamos a saber su edad), que llegó junto a un tren cargado de desquiciados de un manicomio y traídos también por engaño a trabajar a las salitreras. El hombre vive junto a Madalena, quien le dio cobijo tras haber perdido su empleo, una vez que la locura lo embargó. De carácter pacífico, salvo cuando por accidente ingiere alcohol, es como la mascota del lugar, puesto que es tolerado y protegido por la mayor parte de los habitantes.
      Su manía consiste en barrer y limpiar todo, incluyendo el desierto; lo que implica enterrar aquello que encuentra, entre simple basura, joyas y hasta cadáveres, de entre animales y personas.

Fotografía del verdadero Cristo del Elqui.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El Realismo Mágico llega a la Pampa Chilena.


     Durante el transcurso del año 2008, el ya consagrado escritor chileno Hernán Rivera Letelier publicó su novena novela titulada Mi Nombre es Malarrosa.  Pues como es habitual en su literatura, volvió a retratar el desaparecido mundo de las pampas salitreras de principios del siglo pasado, ubicando su argumento en los años cuando comenzaron a cerrarse estas comunidades tras la creación del salitre sintético; no obstante tal como queda detallado en la trama de este hermoso libro, sus habitantes y sociedad siguieron con su vida hasta que el sistema no pudo más y al final no les quedó otra que emigrar; de este modo una parte importante de la historia nacional, quedó fijada para siempre en esas áridas tierras pobladas por gente esforzada y maravillosa y la que gracias al trabajo de artistas como Rivera Letelier podemos llegar a conocer mejor.  Por otro lado, significativo viene a ser que en esta ocasión, el escritor hace uso del realismo mágico para contarnos la crónica de sus personajes, a través de la presencia de pequeños detalles sobrenaturales en la vida cotidiana y la que estos toman como algo normal dentro de sus vidas (características propias de este subgénero, que tiene entre sus máximos exponentes a Gabriel García Márquez y a Isabel Allende).
      De rápida lectura y de extensión breve como muchos de sus trabajos (no alcanza a llegar a las trescientas páginas), se trata de una obra en la que el drama y el humor se conjugan una vez más, a la par de personajes entrañables descritos con verdadero amor de su autor hacia ellos, quien sin duda los hace creíbles y queribles para el lector pese a sus debilidades.  Además una vez más nos encontramos con el tema de la chilenidad, caro a nuestra literatura, por cuanto no solo se habla acá de una parte relevante de nuestro pasado como pueblo, mencionándose personajes históricos y hechos precisos de la historia nacional, sino que el mismo lenguaje empleado en los diálogos sirve como identificación de la idiosincrasia patria (en cuanto a los términos coloquiales usados acá); de igual modo las costumbres quedan de manifiesto en las páginas de este librito que en más de una ocasión nos regala momentos inolvidables.

      “Y es que Saladino Robles, desde niño, jugara a lo que jugara, perdía: a las chapitas, a las bolitas, al volantín, a lo que fuera, siempre, indefectiblemente, terminaba perdiendo. Tanta era su mala pata que, ya de adulto, la primera vez que se decidió a dejar el juego (cuando conoció, se enamoró y se casó con su difunta esposa) para entrar a trabajar honradamente en la oficina San Gregorio, apenas alcanzó a durar cuatro años y ocurrió lo de la matanza. No quería aceptar lo que decía Oliverio Trébol sobre que la mala suerte, lo mismo que la buena, viene como un lunar de nacimiento.
       «Y no se quita ni con lejía, amigo Salado».
       Después se enteró de que la mayoría de los jugadores profesionales llevaban encima un talismán, o amuleto, o fetiche, algo para atraer la buena suerte. Entonces probó con varios. Primero se consiguió una pata de conejo que era lo más conocido. Y no dio resultado. Después ensayó con una imagen de San Constancio (por eso de que «el que la sigue la consigue»). Y tampoco. Aconsejado por un viejo minero, probó con una piedra de pirita. Fue en vano. Una vez encontró en el desierto una vainilla de bala de fusil de la guerra del 79, y alguien le insinuó que se la colgara al cuello como escapulario. Pero la bala, al parecer, era de los que perdieron la guerra. Y no hubo caso. En las mesas de las cantinas se le oía quejarse de que él no había «nacido parado», como se decía de los suertudos”. [1]
       Tal como dice su nombre, la narración trata acera de Malarrosa, una niña muy singular que por circunstancias fortuitas llegó a llamarse así, lo cual podría decirse que definió su vida como se suponen hacen los nombres.  La chica tras conocer la desgracia a muy temprana edad (la espantosa matanza de obreros de la oficina San Gregorio, a manos de los soldados mandados por el mismo Presidente al que la gente del pueblo llevó al poder creyendo sus mentiras, Arturo Alessandri Palma, la muerte temprana en su vida de su madre y la presencia o ausencia de un padre obsesionado con los juegos de cartas y alcohólico), se ha vuelto una personita callada y muy inteligente; posee además un don muy especial, el de maquillar a muertos y vivos de manera sobresaliente, además sabe escuchar como muy pocos lo hacen.  Por otro lado, pese al pusilánime de progenitor que tiene, esta lo adora y a lo largo de la novela vemos cómo su amor por él dignifica a ambos y a otros que tienen la suerte de conocerla.
      Paralelo a la figura de la pequeña, nos encontramos con otros dos personajes que comparten el protagonismo y cuyas vidas están unidas: el primero de esto dos viene a ser el mismo padre de Malarrrosa, Saladino Robles, un hombre cuya existencia fue la de un perdedor y alfeñique que no valía nada, hasta que la afortunada intervención de su cría lo rescata de su destino de perdedor, ya que le regala un objeto prodigioso que lo lleva a convertirse en uno de los mejores jugadores de baraja de los que se haya tenido noticia.
     Luego está el mejor amigo de Saladino, el hombre con alma de niño y de gran nobleza Oliverio Trébol, hábil boxeador bastante cotizado por los adictos  a este sangriento deporte y a quien Malarrosa ama en secreto como a su enamorado platónico.  De físico imponente y la cara picada de viruelas, Oliverio quiere casi como a una hija a la chiquilla y la protege con su corazón, al igual que a su padre.  Por otro lado, este tipo llega a ser de esos que se enamoran hasta la médula, hasta que los hechos fortuitos lo hacen conocer a quien sería su amor más valioso, desde que tal como cuenta la narración, inició su pasión por ciertas mujeres a muy temprana edad.
Hernán Rivera Letelier.
     Pero no solo es este trío el que destaca en la novela, pues hay otros personajes que acaparan la atención de uno, como lo son la anciana que regenta el único colegio de Yungay, la señorita Isolina del Carmen Orozco Valverde, una de esas profesoras que creía en la pedagogía de “La letra con sangre entra” y de esas católicas viejas; pues esta pese a su personalidad seca, también adora a Malarrrosa y el sentimiento le es correspondido.
     Luego nos encontramos con un personaje que llega de manera inesperada al pueblo y a la atención del lector, el homosexual afeminado y transformista Morgano, quien llega a trabajar en uno de los dos prostíbulos que habían en Yungay, bajo el nombre artístico de Morgana la Flor Azul del Desierto; pues este cobra gran fama y éxito con su show de charlestón.  Al principio cuando se introduce a Morgano, llama la atención la supuesta homofobia con la cual el narrador se refiere a este con palabras, que hoy en día no son consideradas como políticamente correctas, tales como maricón y otras aún más despectivas; no obstante hay que contextualizar el vocabulario, pues se trata de una época en la cual aún no había aparecido los vocablos de gay y LGTB, cuando aún habían muchos prejuicios respecto a las minorías sexuales y faltaba aún mucho para eso del orgullo gay (bueno, para ser sinceros todavía quedan algunos, pero en menor medida).  No obstante pese a su rol tan estereotipado, Morgano se vuelve alguien querido entre quienes lo rodean y hasta da pie para una historia de amor que nadie se la veía venir.

      “El único respiro que se dieron los jugadores esa noche fue para asomarse a ver la actuación de Morgano. El salón principal estaba repleto. A la hora del espectáculo, el maricueca fue anunciado con el rimbombante nombre artístico de ¡Morgana, la Flor Azul del Desierto! Entonces, se apagaron las luces. Los hombres, como siempre ocurría en tales circunstancias, comenzaron a gritar, a golpear las mesas y a hacer escándalo.
Cuando se iluminó el escenario y apareció lo que apareció, fue apoteósico. Ninguno podía creer lo que veía. A nadie le entraba en la cabeza que esa maravilla que fulguraba ahí arriba fuera el mismo marica sin gracia que minutos antes se paseaba entre las mesas acarreando copas y botellas. La transfiguración era total. El sol que destellaba sobre el escenario era una mujer protuberante, sensual, bellísima: lucía una peluca plateada que le llovía sobre los hombros como una cascada de champagne, calzaba unos delicadísimos zapatos tacos de aguja que estilizaban y realzaban aún más su figura, y vestía un traje de terciopelo azul, constelado de lentejuelas, que se amoldaba a un cuerpo largo, delgado y sinuoso, como de serpiente. Apareció fumando en una larga boquilla de cristal, refulgiendo un tintineante ornamento de aretes, collares y pulseras. Sin música, en medio de un silencio casi de iglesia, con los hombres contemplándola con la boca abierta y los ojos de orate, se paseó por el escenario cimbreando sus caderas redondas, batiendo sus pestañas como abanicos y lanzando miradas que hacían ulular de ardor a los asistentes. Sin dejar de fumar y soplar besos con su boca roja, húmeda, acorazonada, se paseó un instante de un lado al otro del proscenio, se paseó con la confianza de un mago mostrando las mangas y el sombrero: nada por aquí, nada por acá; aquí no hay trucos ni engaños, todo lo que ven es auténtico, real, efectivo. Y, en verdad, allí no había ningún pelo de hombre, ningún órgano de varón, ningún olor a macho, sólo una mujer, una bella y legítima mujer, o el espejismo de la más bella hembra que ojos de pampino habían visto jamás por estas comarcas de desolación, se lo juro, paisita, por las recrestas”.

     También dentro de los curiosos personajes que aquí pululan, se pueden mencionar al excéntrico fabricante de ataúdes don Uldorico, un callado hombre que siempre anda vestido de oscuro y llevando una huincha para medir a sus futuros clientes; a su vez está Rosalino del Valle, más conocido como el Vendedor de Pájaros (a quien luego le haría el autor su propia novela en 2014 y llamada justamente El Vendedor de Pájaros), un sujeto que llega a la pampa cargado con sus jaulas, en las que trae a sus aves de varias razas y colores para venderlas a quien se  interese por ellas; e Imperio Zenobia, la dueña del Poncho Roto, el último prostíbulo que cierra en Yungay, quien trata a sus empleadas como hijas  y es el alma de la vida social del pueblo.  Por supuesto que hay otros que podría poner en esta lista, no obstante dejo al posible futuro lector que los vaya descubriendo por su cuenta, para que no pierda el placer de la novedad.
     La matrona mencionada arriba, nos trae la presencia de las prostitutas, tan destacadas en la narrativa de Rivera Letelier desde el título que le dio la celebridad en Chile y el extranjero: La Reina Isabel cantaba Rancheras (1994); de hecho, esta famosa meretriz es mencionada casi al final del texto.  Pues acá nos volvemos a encontrar con la puta de buen corazón y que en el caso de las aparecidas en esta obra, resultan ser mujeres que dan una alegría a los sacrificados mineros del salitre que vas más allá del hecho del plano erótico; es así que en esta faceta tan humana y cordial suya, muchas de estas se hacen grandes amigas de Malarrosa, a quien acogen sin vacilaciones, incluyendo la misma regenta del lupanar.
      Muy relacionado con el mundo de la prostitución, aparece el tema de la sexualidad y que toma un cariz imprevisto en Malarrosa, quien a sus jóvenes trece años posee una figura y una belleza que ya algunos admiran y desean.  Es cuando el libro se pone algo “polémico” en términos más conservadores, pues en determinado momento de la narración la chica toma conciencia de esta faceta suya y decide sacar provecho de ello; pues bien, esto contrasta con la imagen angelical que en un principio nos dan de ella, una luz de esperanza para su padre y su querido Oliverio y que forma parte de su naturaleza de alguien extraordinario.
        Un simbolismo bastante recurrente a largo de esta historia, viene a ser la idea del espejismo, no tanto como algo engañoso, sino que como algo incorpóreo y pasajero.  Pues en repetidas ocasiones Malarrosa percibe desde su atenta mirada, esta cualidad del mundo en que vive, algo que nosotros como lectores cultos del siglo XXI tenemos claro que tiene sus días contados y que la belleza de esas tierras áridas que representa toda su gente, pronto ya no tendrá cabida.  Espejismo es Morgano que siendo hombre se convierte en la falsa mujer, una de las más deseadas de toda la pampa; espejismo es también la propia Malarrosa, que obligada por su padre viste como niño para que no la miren más de la cuenta; otro espejismo es la imagen de vida que otorga la niña a los muertos que maquilla; y espejismo es por igual Saladino, quien poco a poco va convirtiéndose o disfrazándose del hombre al que le robó su suerte.

        “Y eso mismito era Yungay: un espejismo aparecido en lo más duro del desierto de Atacama, producto de la ambición desmedida de un general llamado José María Pinto Pereira, quien a principios de siglo pidió esos terrenos al gobierno como una manifestación minera”.

      “«Don Lucindo dice que quieren hacernos creer a nosotros mismos, los sobrevivientes, que somos el espejismo de un espejismo», dijo formal el niño. «Que por eso la gente se niega a llamar Renacimiento a la oficina y sigue nombrándola San Gregorio, como una forma de demostrar a los asesinos que nadie se ha olvidado de los caídos»

      Una vez que llegamos al precioso final, que podríamos tildar de agridulce, se nos regala un breve epílogo (y que en mi caso no fue de mi gusto, pues hubiese preferido que el escritor hubiese dejado todo como estaba antes de leerlo) y que de igual modo juega con esta idea del espejismo, ya que lo que acá se cuenta no queda claro de si es real o solo es un rumor.  Es así que queda a cada uno decidir cuál fue el verdadero destino de Malarrosa.




[1] Marco en negrita las palabras y/o expresiones  propias del español de Chile.


Preciosa portada de una edición extranjera.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Homenaje al poder de las historias, al cine…y a la Pampa.


      Desde tiempos inmemoriales las narraciones de todo tipo han acaparado la atención de la gente, maravillándola con las aventuras y desventuras de sus personas, como proyectándose en estos mismos gracias a sus propios sueños y pesadillas.  Las historias tienen la capacidad de reflejar como ninguna otra expresión cultural, el carácter de la comunidad de las que se han originado y, también, la misma esencia de su autor; de este modo han habido más de un caso en los cuales gracias a este tipo de obras, que se ha logrado reconstruir el pasado y las costumbres de un pueblo ya extinguido.  La verdad es que a la hora de buscar la razón de que dicha manifestación de nuestra humanidad sea tan popular y se mantenga con el paso del tiempo, encontrándose en cada una de las culturas conocidas, nos llevaría a confeccionar una lista demasiado larga.
    Originalmente el arte de la narración comenzó con la tradición oral.  Quien se encargaba de recopilarlas, memorizarlas y compartirlas con el resto de las personas, si no era visto como alguien de atributos religiosos para los suyos, al menos siempre era abordado con admiración y respeto, gracias a su capacidad para llevar a los oyentes a otra realidad, a otro mundo a través de su discurso.  Cuando la palabra se hizo escrita y luego nacieron diversas formas de mantener registro de ello, la piedra, el papel, el formato electrónico, el rol de quien se dedicara a esta labor se popularizó más que nunca y lo que antes fuera un oficio o un cargo sagrado, ahora se convirtió en profesión (¡y más rentable que nunca!).
     Con el correr del tiempo los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos, se fusionaron con las formas más antiguas de hacer arte y, por consiguiente, de fabular.  El antiguo teatro dio paso a nuevas expresiones de la creatividad humana y fue entonces que hace poco más de un siglo nació el cine.   No tuvo que pasar mucho tiempo para que el llamado séptimo arte acaparara con sus virtudes la atención de millones de personas, gracias a su gran capacidad para ofrecer ilusiones y magia, popularizándose como ninguna otra expresión para fabular.
     La Pampa salitrera, esa extensa y agreste extensión de tierra desértica, pero llena de tesoros minerales, que forma parte de un importante fragmento de nuestro pasado como país…durante décadas le dio grandes dividendos económicos a Chile, hasta que con la invención del salitre sintético primero y luego con la crisis económica gringa de los años veinte, quedó mayoritariamente abandonada.  Fue entonces que los numerosos pueblos que se fundaron y que conocieron la fortuna durante su periodo de esplendor, se despoblaron y se convirtieron en zonas inhóspitas, hasta que mucho después fueron recuperados en parte como patrimonio de nuestra herencia cultural.  Solo en parte.
    Sólo una persona podía reunir en sí misma y en su labor literaria estos tres elementos: el arte de contar historias, el cine y la Pampa, para crear una obrita (lo de obrita va porque en realidad se lee en un par de horas, aunque con mucho divertimento y emoción) que luego de leerla resulta difícil que no se quede en nuestra memoria y en corazón.  Su nombre es Hernán Rivera Letelier y con orgullo puedo afirmar que también es chileno, como yo (como tú y como muchos de ustedes).
    
II

   
Hernán Rivera Letelier.
     Nacido el 11 de julio de 1950 en la ciudad de Talca, ha pasado gran parte de su vida viviendo en el Norte del país, conociendo de primera mano lo que significa la vida del minero, del obrero y del pobre.  Durante su juventud se dedicó a viajar por el Chile y otras naciones del Cono Sur.  La precariedad de su situación económica hizo que sus estudios de enseñanza básica los terminara ya de adulto y que su educación formal llegara sólo hasta eso, ya que desde muy pequeño tuvo que trabajar en un montón de actividades, puesto que la educación era un “lujo” que por aquellos años hombres y mujeres como él no podían permitirse.  Y no obstante pese a su falta de preparación académica, se convirtió en uno de los escritores chilenos de mayor trascendencia nacional e internacional en la actualidad, siguiendo la impronta de autores de prestigio; compatriotas suyos como Gabriela Mistral y Manuel Rojas, quienes se encumbraron desde sus humildes orígenes y que a base de talento nato se convirtieron en maestros de la lengua castellana literaria.
     Tal cual muchos de sus colegas, Rivera Letelier escribe sobre lo que conoce y en su caso en concreto algo de lo que sí sabe muy bien es acerca del mundo de la Pampa salitrera, a la que describe en todo su esplendor con sus maravillas y miserias, sus personajes típicos y su posterior decadencia. Es así que ya van casi 20 libros dedicados a este lugar, llevando a buena parte del mundo las historias de una zona que hasta antes de su internacionalización apenas se sabía de ella.  La fama del autor ha llegado a tales niveles, que hoy en día se encuentra entre los autores criollos vivos más leídos y famosos en buena parte del mundo, siendo traducidas sus obras a un montón de idiomas (grupo selecto de artistas nacionales en los que se encuentran gente como Isabel Allende y Roberto Ampuero).
    Su narrativa se caracteriza por la inclusión de un humor chispeante, en parte gracias a la creación de personajes de gran carisma y herederos muchos de ellos del esperpento, subgénero creado por el escritor español Ramón del Valle-Inclán y consistente en la incorporación de seres caricaturescos y grotescos (usando además la técnica del feísmo), a lo que Roberto le da su propia forma.  No obstante pese a los elementos hilarantes en sus argumentos, no deja de lado un dramatismo que le otorga a su obra un aire de sublimidad, que al final a sus lecturas las hace más realistas que cómicas.  Un tema recurrente en sus títulos es el de la búsqueda de la identidad nacional, la llamada chilenidad, tan caro a muchos otros literatos del país; de este modo muchos de sus diálogos se encuentran llenos de modismos (chilenismos) y coloquialismos, si bien el resto de la narración no deja de ser culta formal, aunque abundan en ella la adjetivización, al punto de crear adjetivos nuevos tal como el mismo Valle-Inclán gustaba hacer.
      Su primer gran éxito corresponde a su obra más famosa, La Reina Isabel cantaba Rancheras, la cual data del año 1994 y que le otorgó en esta ocasión premios de importancia (antes ya había ganado varios certámenes menores).  Éste no fue su debut literario, si no el tercero de su producción, no obstante los otros dos fueron editados de forma casi artesanal y en muy pocas tiradas.  Una obra con un nombre tan curioso se explica en su trama de la forma más simpática y original: ésta Reina Isabel no es ninguna de las soberanas de Gran Bretaña, ni de otra parte, si no que es la más celebrada y querida prostituta de la Pampa salitrera, quien tal como dice el título, gustaba de cantar rancheras…hasta que se murió.  De este modo la novela cuenta lo que ocurrió cuando sus compañeras de oficio y antiguos clientes deciden hacerle un funeral digno de ella.  El libro es sin dudas atrayente desde su primera página y sentó las bases de lo que sería el resto de la obra de Letelier.  Mucho se ha hablado de llevar al séptimo arte este título, no obstante todo se ha quedado en ascuas, como ha sucedido con gran parte de las intenciones de adaptar para la pantalla grande otras de sus obras; sin embargo sí le han hecho numerosas adaptaciones para el teatro y no en Chile solamente, las que han sido bastante aplaudidas.
    Dentro de su trayectoria cabe destacar una novela suya de carácter histórico, Santa María de las Flores Negras, en la cual veló por documentar literariamente uno de los hechos más tristemente recordados de la cronologia chilena: la matanza de miles de obreros del salitre y de sus familias en la Escuela Santa María de Iquique.  Es así como esta obra suya que data de 2002, contó el drama de esta gente que en un intento de defender sus derechos a tener un trato digno por parte de sus patrones, murió acribillada por órdenes de su mismo gobierno el 21 de diciembre de 1907.  El libro en su honda humanidad, sin caer en facilismos sentimentalistas, demostró una faceta aún más artística por parte de su autor, consolidándolo como escritor.
   Considerando el atractivo de las obras de Ampuero, su éxito de crítica y público, así como también las posibilidades cinematográficas de sus trabajos, hace rato ya que se deseaban plasmar varias de ellas al celuloide; es así que luego de varios intentos fallidos (en parte por la falta de interés y de orientación literaria de las producciones nacionales) por fin este año se estaría estrenando la primera cinta basada la trayectoria de este destacado autor: Fatamorgana de Amor con Banda de Música , la que en todo caso es una coproducción europea. A ver qué tal les sale el filme.


Oficina salitrera a comienzos de siglo pasado.
III

     Desde un principio La Contadora de Película es un engaño por partida doble.  Primero porque si no fuera por la fama y fortuna de su autor no se “vendería” al público como novela, puesto que en su extensión apenas alcanza para novela corta; de modo que si se tratara de otro autor, esta historia bien calzaría como parte de una colección de cuentos, ya sea del mismo artista o en una antología de la obra de varios autores.  No obstante como ya está comprobado que hasta la lista del supermercado de Rivera Letelier vende, los editores y éste mismo han osado con publicarla en solitario y en un tomo que aparenta mayor longitud de lo que corresponde en realidad (usando letra grande y dejando varios espacios y páginas en blanco entre un episodio y otro, los que a su vez resultan bastante breves).  No obstante este recurso mercantilista es perdonable a la luz de la reconocible calidad literaria del librito en cuestión.
     En segundo término, el embuste en el que se traduce esta obra atiende al tono liviano con el que comienza el texto y que hace que uno crea que se trata de una narración que sólo pretende divertir, si bien escrita de forma impecable; ello debido en gran parte al buen humor con el que la narradora, la misma protagonista de este libro, empieza a hablar de sí misma, de la gente que la rodea y del lugar en que vive: una oficina salitrera.  Si bien estas primeras páginas, casi la mitad de su breve extensión, poseen este ritmo que media entre los anecdótico, la nostalgia pura de un mundo que ya fue y se traducen en un verdadero tributo al encanto de los viejos cinematográficos y de las glorias del cine de antaño, en la narración se van entregado pequeños detalles que terminan dejando de lado la cuasi comedia costumbrista, para adentrarnos en un verdadero drama sobre las penumbras del corazón humano.  De tal modo, esta pequeña perla de la narrativa chilena actual se adentra en los temas de la soledad, la pobreza, la pérdida de la inocencia mancillada y el abuso de poder, temas que lamentablemente en muchas ocasiones se encuentran ligados entre sí, siendo algunas veces causas y efectos unos de los otros.  No obstante el librito mismo muestra en su parte más grata, el ingenio de los más humildes para enfrentarse a la adversidad, así como rescata a algunos personajes propios de la idiosincrasia nacional (como los mismos “contadores de películas” y la gente de los pueblos, en este caso, de las ya desaparecidas salitreras).  He aquí una muestra del cariz más alegre de la primera parte de esta obra:

     “En la familia éramos cinco hermanos. Cuatro hombres y yo. Los cinco hacíamos una escala real perfecta, en tamaño y edades. Yo era la menor. ¿Se imaginan lo que significa crecer en una casa con puros hermanos varones? Nunca jugué a las muñecas. En cambio, era campeona para las bolitas y el juego de palitroques. Y a matar lagartijas en las calicheras no me ganaba nadie. Donde ponía el ojo, paf, lagartija muerta.
     Andaba a pata pelada todo el santo día, fumaba a escondidas, llevaba una gorra de visera y hasta había aprendido a mear parada
     Se mea parada, se orina acuclillada.
     Y lo hacía en cualquier parte de la pampa, tal como mis hermanos. Incluso en las competencias de quien llegaba más lejos a veces les ganaba por más de una cuarta. Y en contra del viento.
     Cuando cumplí los siete años entré a la escuela. Aparte del sacrificio de tener que usar polleras, me costó un kilo acostumbrarme a orinar como las señoritas.
     Me costó más que aprender a leer”.

     El argumento narrado en primera persona por su propia protagonista, quien da título a la obra, trata acerca de una niña pequeña, la cual oficia de “contadora de películas” en un principio sin mayores pretensiones para su familia (padre y hermanos todos varones),  luego amigos de ésta y por último sus vecinos y buena parte de las personas del lugar.  Su labor consiste en contar las películas que ve en el único cine del pueblo en que vive, lo que hace utilizando los métodos más ingeniosos de la narración oral, a lo que se suma su gusto por el histrionismo y simpatía; pobres y no tan pobres acceden a los servicios de la muchacha, quien con su trabajo logra aportar para la economía de los suyos.  Cuando todo parece ir bien, las desgracias comienzan a acumularse, primero entre su mismo núcleo familiar y luego en la misma protagonista, de modo que al final ésta quedará marcada cual heroína trágica de muchas de las cintas que gustaba ver.  Es así cómo debido a esta misma cuota melodramática, que la narración se torna angustiante, porque Rivera Letelitier golpea fuerte a su lector, haciéndonos que en pocas páginas nos encariñemos con la pequeña y su particular familia, para luego desear sólo que todo se enderece, de modo de no sufrir más el infortunio de todos ellos (y por ende, esperar el típico final feliz del Hollywood tan presente en el texto).  En cierto sentido La Contadora de Películas es toda una tragedia clásica, ya que su protagonista es una persona extraordinaria, cual Antígona o Hamlet, un espíritu noble, que se enfrenta a un destino inexorable y por ello superior a sus propias fuerzas mortales, puesto que finalmente sucumbe al peso de éste por mucho que luche con toda su voluntad.  Asimismo la misma caída de la protagonista es la derrota de una pampa nortina orgullosa que, luego tal como la jovencita, es condenada a convertirse en una sombra de lo que fue y a ser olvidada por mucho que haya brillado aunque, tal como luciérnaga, de forma efímera.
     Dentro de las temáticas abordadas en la “novelita” destaca la idea del abandono en el que están sumidos varios de los personajes, empezando por su protagonista, quien proviene no sólo de una familia paupérrima, si no que de una de tipo disfuncional.  Si bien la marcó la figura de su madre que en muchos aspectos sobresalía entre las monótonas gentes de la comunidad, ésta la abandonó juntos a los suyos.  Por otro lado, el padre aunque es un sujeto cariñoso a su manera, está sumido en el alcohol, de modo que los hijos no siempre cuentan con su apoyo.  Luego los cuatro hermanos varones tomarán sus propios rumbos, rompiéndose el bello lazo que en un principio había entre todos ellos y su hermanita.  Por último, la misma niña queda tan desamparada, que la trama se vuelve cada vez más lacrimosa.  Es por esta razón que la soledad logra sentirse sin vacilaciones en la narración, en especial si se considera el particular clima árido de la Pampa salitrera.   Cuando ya parece que la tristeza, la falta de comunicación y el aislamiento no pueden calar más adentro, tanto en la narradora protagonista como en el lector, el escritor a través de su personaje nos da un último golpe, haciendo un salto en el tiempo hacia atrás en los acontecimientos; de este modo nos entrega una “escena” emotiva, aunque cruel, para representar mejor la miseria en la que se hayan sus personajes y quienes representan en sus desdichas el destino final de las mismas oficinas salitreras.
     Teniendo en cuenta que este libro es además un homenaje al séptimo arte y a su poder de llevar al público con sus fantasías a la ensoñación, éste se encuentra lleno de referencia a ello, como a muchos de sus artistas más destacados.  Si embargo no sólo trata acerca del cine gringo, si no que aquí toman un papel destacado las populares y tan queridas producciones aztecas, que en Chile llevan décadas acaparando la atención de las personas.  Ahora bien, no es la primera vez que Hernán Rivera Letelier les dedica a los mexicanos y a su arte (música y cine) un espacio en su narrativa, demostrando una vez más los fuertes lazos de amistad que existen entre estos dos países hermanos.  Ello además recalca aspectos de nuestra misma chilenidad, al mostrar los pasatiempos y preferencias del pueblo chileno, tal como bien sucede con el uso continuo de los sobrenombres o apodos, costumbre tan habitual en el país y que en parte heredamos de la Madre Patria (tema ya destacado en su celebrada novela La Reina Isabel Cantaba Rancheras).


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