Continúo compartiendo con ustedes sueños que he tenido y estos son del año pasado también.
Le pedí a mi cuñado Pato que lo llevara a urgencias, quien lo hizo y se fue solo con Leito en su vehículo (que en el sueño era una van y no su camioneta del mundo real). Yo llegué por mi cuenta al centro médico y aproveché de escribir por WhatsApp al hermano de Leo para avisarle de la situación de su familiar y que en la vigilia es mujer (la versión onírica era René, el hermano de mi otro amigo Miguel).
En un momento nos acompañaban mi hermana Jenny y mis sobrinitos Amilcar y Bruno. Para entonces llovía a cántaros (en mis sueños abunda ese clima, que me encanta).
A susodicho ya lo habían atendido y dado de alta, el cual se volvía con nosotros a casa muy tranquilo. Pero se me había quedado mi mochila en Urgencias, así que tuvimos que irnos de vuelta a buscarla.
En la calle, a pocos metros de donde estaba, unos jóvenes hacían disturbios, tipo barricadas. Llegaron los carabineros y yo me escondí dentro del edificio al que debía entrar, porque sabía que me podían llevar preso por estar en cueros; y en efecto entró uno de los agentes y me pilló, aunque este andaba de civil. Le dije que andaba así porque andaba apurado y no alcancé a vestirme; el hombre era apuesto y simpático, que llevaba una barbita de días que lo hacía verse muy varonil. Terminamos conversando amigablemente.
En un momento se desató una tormenta, con aluvión incluido, un verdadero río tormentoso. Le ofrecí salvarle la vida a mi nuevo amigo (¿O conquista?) y ahora convertido en Hijo Rojo, con mi querido traje del Superman comunista, lo tomaba de la mano y me lo llevaba volando. Y así fue que en el horizonte de la turbulencia, vimos a un Viejito Pascuero que se estaba ahogando, a quien fui a rescatar junto a mi compañero.
Luego a los dos anteriores les hice una demostración de mis superpoderes: Doblé con mis manos una barra de acero, luego la derretí con mis rayos de calor y, por último, a un vaso le apliqué mi aliento polar.

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